Los Ángeles ’84: El matemático. Andersen.

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Entonces llegó Los Ángeles ’84. Ya estaban los Juegos Olímpicos más cerca de México. Fue en el verano antes de comenzar el sexto año de primaria. Corría en la Asarco pateando una pelota, la multitud de chicharras cantaba y yo sentía que me aplaudían.  La salud de mi abuela Barbarita comenzó a deteriorarse. Las visitas a su casa y a la casa de mi tía Lupe se hicieron más frecuentes. En medio de todo este contexto, era importante sentarnos a ver los Juegos Olímpicos. La mejor transmisión era la de el Canal 13, Imevisión, con José Ramón Fernández. La cercanía con México volvía más accesibles las transmisiones de televisión pues debido a los husos horarios ahora sí podíamos verlos en directo.

De la ceremonia de inauguración no recuerdo gran cosa, excepto que la mascota “El tío Sam” no me hacía gracia alguna. Seguía añorando la ternura de Misha.

Cómo olvidar el momento en que Raúl González, “El matemático” ganaba la Medalla de Oro en la competencia de 50 Km de caminata y además establecía Récord Olímpico. Era la prueba que dominaba más. Lo había intentado en Munich, Montreal y Moscú, pero no lo había logrado. En esta ocasión además llegó de súper líder y dio la vuelta olímpica al estadio en completa soledad. Todo el triunfo era para él. Era su segunda medalla en los mismos Juegos, días antes había ganado una de plata al llegar en segundo lugar en la prueba de 20 Km, superado por otro mexicano: Ernesto Canto.

La medalla de oro estuvo expuesta en el extinto Salón de la Fama de Monterrey en las instalaciones de la Cervecería Cuauhtémoc, es decir, frente a mi casa. Iba mucho ahí, al Museo de Monterrey y de pasaba me colaba a ver la medalla y creo recordar que también estaba el uniforme y los tenis. ¿Dónde estarán ahora que lo han cerrado?

El gran momento dramático fue para Gabrielle Andersen, atleta Suiza. Era la primera vez que se correría el maratón femenino. Llegó al estadio y el público la recibió de pie, aplaudiendo su esfuerzo, su determinación. Así la acompañaron en la agónica vuelta que dio con pasos erráticos, cansada, deshidratada, desorientada,  acalambrada, pero con la firme convicción de terminar la prueba. Desfalleciéndose cruzó la meta. Se lo propuso y lo consiguió.

Gabrielle Andersen Maratón de LA ’84

Andersen, a sus 39 años, nunca se rindió, a pesar de que varias veces le dijeron que lo hiciera. “Esta es mi única y última oportunidad. Continuaré corriendo hasta terminar” repetía para sí misma, mientras sus músculos apenas le respondían, dando un paso tras otro encaminándose hacia la meta. Llegó en el lugar 37 de 44 participantes. Gracias a este suceso se adaptó el reglamento con un artículo que lleva su nombre para que los atletas puedan recibir atención médica sin ser descalificados.

En aquél momento no comprendí la magnitud de aquello. No sabía lo es correr ni por un minuto, mucho menos por varias horas. Hoy la vuelvo a ver con una óptica distinta. Hoy soy capaz de comprender todo el esfuerzo que hay detrás de ello. Y sé que yo también puedo hacerlo. Yo quiero correr un maratón. Yo voy a correr un maratón. Después me pondré la meta de correr en Marathon. El gran sueño sólo se consigue si todos los días trabajas para él y nunca te rindes.

Lorena Sanmillán

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