Vendo mi primogenitura…

14322547_10154102266437950_4927735842595603554_n…no, yo no vendo mis lentejas por nada.

Las lentejas tienen algún recuerdo muy profundo y trascendente que no alcanzo a ver con la conciencia. A nivel sensorial, nunca siento algo igual cuando como otra cosa. Aunque no sigo a pie juntillas la receta de mi madre, sus sabores me transportan a un momento perdido en el tiempo.

Quizá fue lo único que comí ese día. Quizá eran vacaciones. Quizá Manuela estaba contenta. Quizá al ofrecerme una cucharada me dio también un poco de ternura. Quizá inauguré un sabor. Quizá me cumplieron un antojo. Quizá me sentí amada. Quizá estrenamos platos. Quizá sólo se trata de que cambiamos por un día el sabor de los frijoles. Quizá nos las trajeron de regalo. Quizá alguno de mis hermanos me cedió su porción. Quizá estábamos de visita en casa de mi tía. Quizá me sirvieron primero que a los demás y me sentí importante. Quizá mi abuela las preparaba riquísimas. Quizá es la rebeldía de saber que al comerlas hacíamos una travesura probando un platillo tan denostado por ser moneda de cambio para una primogenitura. Quizá sólo es uno de los guiños que tiene mi gula.


No sé qué haya detrás, pero hoy lo revivo en cada cucharada. Me siento sibarita al disfrutarlas. Lloro de felicidad comiendo un humilde plato de lentejas preparadas por mí.

Lorena Sanmillán

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