Lo que quieres no se compra en tiendas

No quieres salir de tu casa pero tienes que hacerlo. Aún sabiendo que es el Buen Fin cometes el acto suicida de ir al centro de la ciudad. Llegas y consigues estacionar tu coche en Liverpool previa fila de quince automóviles. En la tienda, apenas ves de reojo los zapatos y disfrutas las muestras de perfume que te ofrecen. No quieres usar por nada y para nada tu tarjeta departamental. Lo que necesitas no se compra en tiendas. Sólo vas a que reparen el Ipad. Llegas a la Plaza de la Tecnología. Como siempre, te sientes fuera de lugar entre tantos aparatos y tanta gente que aparentemente sabe qué hacer con todas esas cosas que a ti te resultan extrañas. Dejas el aparato en el primer local que te recomiendan. Te da igual su reputación y el precio. Se tardarán dos horas, aproximadamente. Has llevado los Relatos de Virginia Woolf contigo. Tienes buena compañía. Caminas hacia Morelos buscando una banca para sentarte. Hace frío. Le agradeces a quien vive contigo que te haya sugerido llevar una chamarra. En la esquina de Morelos y Juárez un comerciante vende elotes asados. Has tenido antojo toda la semana, desde el lunes que fuiste a casa de tu madre. Hurgas en tu bolsa para ver si traes monedas. Tienes diecinueve pesos. Cuestan veinte. Le dices que si te perdona el peso que falta. El tipo accede.Le dices que no le ponga queso de plástico y que le ponga salsa de la que no pica mucho. Tienes un elote en la mano. Con tu elote en la mano buscas una banca. Misión un tanto imposible. Milagrosamente se desocupa una pronto y te sientas en la orilla. Comienzas a destrozar tu elote a mordidas. Al principio lo muerdes con coraje y antojo. Después masticas despacio, disfrutando cada grano. Más que comerlo, lo estás degustando. Te lo imaginas con un pesto o con vinagre balsámico. Una imagen viene a tu mente. Los dientecitos intactos paseando por tus intestinos. Sigues masticando. Una madre con su bebé en brazos se sienta enseguida de ti. El bebé le lanza una mordida a tu elote. Sonríes. Sabes que no puedes darle. Ves pasar a la gente. A Flexi le está yendo bien, a juzgar por la cantidad de bolsas que desfilan delante de ti en la mano de las personas. Las comienzas a contar. Probablemente están a 2 x 1. Casi todos llevan dos bolsas. C&A regala globos de helio a los niños. Una mujer con espléndido sobrepeso habla por celular con una amiga. Amenaza al mundo: “Sólo me falta comprarme un leg innnn” le pone tantas enes a la palabra que piensas que es su inconsciente diciéndole “No te atrevas”. Debería estar prohibida su venta a las personas con sobrepeso. Tú incluida. Sigues observando, comiendo tu elote. Alguien habla por una cabina telefónica. “Quiero comprar algo, pero no sé qué”. No le dices nada. Sólo la ves. Sigues saboreando tu elote. Cuatro adolescentes no saben qué hacer con su abuela, nadie quiere cuidarla mientras su madre va de compras. Tú sabes en qué acaba esa película, cuando nadie querrá cuidar a la abuela en su agonía. Las ves con lástima. Las ves con ternura. Simplemente las ves.La bondad del elotero le dio suerte. Te ha perdonado el peso y ahora tiene una fila esperando sus delicias. Compartes una sonrisa con él. Terminas tu elote. Buscas con la mirada un bote de basura. No hay ninguno cerca. Quizá lo más próximo sea el cesto de basura del cajero automático, para el cual también hay fila y está a veinte metros o más. Desistes. Te quedas con tu olote en la mano. No sabes qué hacer. Si te levantas perderás tu lugar. Si te quedas ahí, ¿qué haras con la basura? Decides tirarlo después. Mientras lo pones debajo de la banca. Piensas si así has juzgado antes a quienes dejan basura bajo las bancas. Quizá sólo estaban esperando que pasara algo y mientras cuidaban su lugar para que no se los ganaran. Quizá algunas veces te has apresurado al juzgar. El ir y venir de la gente te hipnotiza. Te quedas sólo mirándolos y de pronto sabes que no estás ahí. Te cuesta regresar a la tierra. Te has ido por unos minutos a un delicioso vacío imaginativo, nostálgico. Tanto estímulo te ha adormecido. Comienzas a escribir este texto en el aire. Sigues viendo a la gente con sus compras. Te gusta que haya dinero rodando. Te asusta pensar en los créditos y en Hacienda. No puedes evitar pensar en el dólar. En la tienda más próxima ponen a Los Hombres G. Summer grita Voy a pasármelo bien y te vas hasta 1989. Octubre de 1989.  Sigues en tu viaje. Vuelves al presente. Aterrizas en Noviembre del 2016 sentada en una banca de Morelos leyendo a Virginia Woolf. Adoras a Clarissa. Caminas con ella por Londres. Piensas en Flush. Quieres leer toda su obra. No subrayarás el libro a pesar de que te gustan mucho algunas frases. Ves a alguien conocido. Te levantas a saludarlo. Le haces señas, gestos. La miopía te ha engañado. No es quien pensabas. Te disculpas. La vergüenza hace que se te quite el frío. Es igualito. Regresas a la banca y tomas tu olote. Has perdido tu lugar. Buscas un basurero. Mandas un WhatsApp a la hermana del noconocido. Se burla de ti y consigues reír un rato. Huérfana de banca, te pones a caminar. Tiras el olote. Nuevamente ves  al noconocido esperando el camión afuera de Parisina. Aparentas tomarte una selfie con los gestos más estúpidos. Como si fuera importante una selfie en Interplaza. Consigues la foto. La mandas por WhatsApp. ¡Es igualito! Te lo dije. Se termina la pila de tu celular mientras tú haces chisme. No te importa. Regresas a la Plaza de la Tecnología por el Ipad. Han pasado ya más de dos horas. Tuvo arreglo. Le compras una funda y un protector de pantalla. Tarde, quizá, pero así previenes una nueva destrucción. Pagas lo que te piden. Vuelves por tu auto. Liverpool está intransitable. La gente sigue en sus compras caminando sobre los fantasmas de Salinas y Rocha. La gente sigue su vida. El peso sigue su extraordinaria caída. Vives desdoblada este sábado en el centro. Sí, admítelo. Sólo querías decir un par de palabras. Es verdad. La extrañas.

Lorena Sanmillán

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