El jilguero. Donna Tart. XXI

Con muchas dudas, y por ello intrigada, me encamino hacia el final de la lectura. Historia de equívocos, pero sin ellos, ¿cómo estar en los enredos? Theo está en Amsterdam. Se aproxima Navidad. Perdió el cuadro, recuperó el cuadro y lo volvió a perder. A ver qué más sucede ahora. ¿Volverá a Nueva York? Desde fuera es fácil ver las soluciones. Además es necesario comprender el momentum en que los personajes toman sus decisiones. No puede volver tan fácilmente porque no tiene el pasaporte. ¿Si está tan enfermo, ¿por qué no se atiende? Theo piensa en el suicidio e imagina las cartas que escribirá para despedirse. Si yo lo hiciera, ¿escribiría cartas? ¿a quién? ¿Es su única salida? Por las fechas, se escucha a lo lejos El cascanueces. La atmósfera se cubre de música. El cascanueces y su amor imposible. Un abrazo ruso para su final con drogas y alcohol. Duerme y sueña con su madre. Un sueño contado a partir de los sentimientos, un encuentro muy grato quizá precisamente por lo fantástico del suceso. Es el día de Navidad. Boris aparece en el cuarto de hotel, justo cuando Theo ha tomado algunas resoluciones. ¿Cómo se ordenan tantas cosas en la mente? Boris, caótico, trae consigo el caos final. Por la forma convulsa en la que se alimenta, me da hambre y voy y me sirvo algo para seguir leyendo. Reaparece el cuadro y sucede con él algo que por obvio resulta inesperado. Boris se pone filosófico mientras devora el salmón y degusta la champaña. Página 1103

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