Amor del bueno

Voy en el coche. Llevo a mis perras a ver a mamá, su abuela. Mientras manejo, pienso en los pendientes que tengo. El semáforo en rojo decreta una pausa en el trayecto. En la radio canta Reyli. Siento una mirada. Twitter aúlla, como lo hace cuando llama la atención e intenta comunicarse. La escucho en segundo plano. Sigo con mis pensamientos. Tantas cosas por hacer. Vuelvo a sentir la mirada sobre mí. Volteo hacia la derecha. Una familia nos saluda, están encantados con la perra. Sonrío y devuelvo el saludo. La conductora levanta sus pulgares, felicitándome. Verde. Avanzamos. Coincidimos de nuevo en el siguiente semáforo. Twitter aúlla más fuerte. Lakmé -antisocial- va echada en actitud de “No me molesten”. Bajo el vidrio para que vean mejor a la Twitter. La conductora baja el vidrio y yo hago lo propio. Nos saludamos. ¡Qué bonito! Es perra, le digo. ¡Qué bonita!, corrige, disculpándose. ¡Qué elegante! ¿Van de paseo? Sí, vamos a ver a mi madre. ¡Qué lindo! ¡Van con la abuela! La familia entera está conmovida con el animal que va en mi coche, la chulean, la piropean y la otra, nalgas prontas, sigue aullando, agradeciendo el detalle. Olvido los pendientes y me concentro en el momento, trémula de ternura. Verde otra vez. Nos despedimos sonrientes y canto con Reyli: Nadie le apostaba a que yo fuera tan feliz -con dos animales en mi coche- pero cupido se apiadó de mí.

Lorena Sanmillán

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