Aprende

Manuela me pregunta más de ocho veces a qué horas entro y cuánto dura mi clase. Más de ocho veces -con infinita paciencia- le contesto lo mismo. Tres o cuatro horas, mamá. La obligo a desafiar su casi nula memoria reciente. ¿A qué horas entro, Manuela? Pergeña en su mente. Al ratito, contesta. ¿A qué horas salgo, mamá? Batalla. Se enoja. Cambia el tema. Le repregunto: ¿a qué horas salgo, Manuela? Cuando aprendas algo, puntualiza y suelta la carcajada.

Lorena Sanmillán

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