Las piezas del rompecabezas van tomando su lugar

Texto ganador del PRIMER LUGAR en el II Segundo Concurso de Crónicas y Relatos del proceso electoral 2018 convocado por la CEE

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La alarma del celular es la primera que cumple su tarea este día. El sonido me despierta temprano. Sonrío expectante. Este no es un domingo cualquiera. Sé que no seguiré mis rutinas dominicales como todos los fines de semana. No hay tiempo de remolonearme en la cama. Ni de leer los periódicos con parsimonia. Ni de hacer un café y tomarlo tranquila en el patio de mi casa. Tampoco bordaré. Hoy es el 1 de Julio de 2018, hoy son las elecciones que más ha esperado México -las más publicitadas y polémicas- y me he anotado como Observadora Electoral. Para participar en el cambio nacional, primero tiene que darse un cambio a nivel individual. Ése es el primer aprendizaje que evidencia este día. No se puede hacer un cambio sin poner algo de nuestra parte, sin sacrificar o postergar lo individual en pro del bien común. Así lo haré. 

Mi efeméride emocional del día es el aniversario de Germán Dehesa, quien hoy hubiera cumplido setenta y cuatro años y a quien disfrutaba tanto leer. Le he echado tanto de menos. Hizo mucha falta su pluma irónica y certera durante este proceso electoral. ¿Qué le hubiera dicho al Bronco? ¿Qué hubiera comentado de la renuncia de Margarita Zavala? ¿Qué opinaría de Meade? ¿De Anaya? ¡Cuántos chistes hubiera hecho con Riqui, Riquín, Canallín! A nivel local, también nos hizo falta Rosaura Barahona, con su comentario preciso e informado. Agradezco la presencia de Ximena Peredo, Margarita Ríos-Farjat, Felipe Díaz Garza, editorialistas de El Norte, que nos compartieron su mirada del proceso electoral.

Me harté de ser sólo partícipe del Facebook o Twitter -aunque reconozco que también es una forma de participar-. Sentí que no era suficiente opinar en las charlas de café. Sentí que no bastaba hablar sin hacer algo concreto. Quise hacer algo más.   Quise participar vivencialmente para ser testigo en primera fila, para dejar un testimonio de lo que sucedía, para ver con mis propios ojos si se hacía fraude y AMLO, el esposo de Beatriz, volvía a hacer drama. Quise participar para abandonar la apatía que parece anquilosada en nosotros, los mexicanos, expertos en quejarnos pero reacios para actuar. Quise ayudar. Quise colaborar y me siento muy orgullosa de ello. Quise participar para que nadie me lo contara. La historia quise contarla yo.  La historia quiero contarla yo.

La renuncia a mi comodidad de domingo también implica no abonarle piezas al rompecabezas que me regalaron una semana antes, con motivo de mi cumpleaños. Un rompecabezas cultural de México, de tamaño regular, mil piezas. Precioso. Está hecho para enamorarse de México. Muestra cada estado de la república con sus trajes típicos y los productos que identifican cada región. Los bordes, con grecas prehispánicas, están formados por los nombres de mexicanos ilustres: Frida Kahlo, Amado Nervo, Octavio Paz, José María Morelos, José Vasconcelos, entre tantos otros. Ha sido una delicia encontrar piezas de las pirámides, de El Chepe, el Cerro de la Silla, el cañón de Sumidero. Ha sido increíble tener en las manos la grandeza de mi tierra. Repasé mis clases de geografía y renacieron en mí las ganas de recorrer el país completo. Pero no, este día no es para entretenerme poniendo piezas en una mesa. Hoy es necesario ir a poner piezas en el escenario real. Dejar mi pasatiempo egoísta para dar paso a la construcción colectiva de mi país. Renunciar un poco al yo para construir el todos y en esta construcción del todos obtener en recompensa un yo fortalecido.

Prendo la pantalla -no tengo televisión local, ya no es necesaria-, en Youtube diversos canales cubren en directo la emisión de votos de los candidatos presidenciales y de los demás participantes en la elección. Se ve mucha participación ciudadana, todo en orden. No se manifiestan quejas. La gente está saliendo a votar. Mi emoción va en aumento. Me pongo la camiseta, el gafette y la gorra que me identifican como Observadora Electoral. Ya estoy lista para comenzar mi papel en esta elección.

Busco información de las casillas cercanas a casa, para hacer un mapa, trazar mi ruta y comenzar a recorrerlas. Salgo de casa cerca de las nueve de la mañana. Llevo agua conmigo, pues el calor está inclemente y necesitaré hidratarme.   Llego a mi casilla. Lo primero que me impresiona, es ver coches estacionados en la escuela, cuando de ordinario los domingos está vacía. Antes que nada, emitir mi voto, cumplir mi deber ciudadano, decir mi opinión.

Las prisas de la vida cotidiana hacen imposible la convivencia diaria entre vecinos, sin embargo me da mucho gusto saludarlos. Ven mi uniforme y me identifico como Observadora Electoral. Muy bien, dicen, dándome la bienvenida. La casilla está en la escuela Santiago Roel, a una calle de mi casa, en Jardines de la Linda Vista, Guadalupe, Nuevo León.

En ese patio donde los niños juegan, ese patio que está poblado de risas y gritos durante toda la semana, ese patio donde hacen las asambleas que escucho mientras trabajo, ese patio donde los niños aprenden a convivir y ejercen sus primeros encuentros con la democracia, ese domingo inusual los adultos estamos ahí, haciendo fila. Me dio mucho gusto contar delante mío más de veinte personas. Sentí la vibra de la participación ciudadana y me emocioné. No sé si el país entero salió a votar, pero me dio mucho gusto ver que mi barrio sí. Detrás mío también se iba formando gente. Como sucede en los funerales, los vecinos se saludan y se ponen  al corriente de la vida de los demás. Las elecciones también son un acto social. Un hombre le explica a su hijo que es lo que hace y lo conmina a participar. Los niños también saben que acuden a una fiesta cívica.

Toman mi credencial de elector y me entregan mis boletas. El salón donde los niños aprenden, fuera de reformas educativas y luchas de sindicatos, es el escenario para emitir los votos. En secreto y en silencio, en mi mampara, mientras de soslayo observo un poster que me enseña las vocales, emito mi voto. Voto por planes y personas, convencida de marcar mi cruz sobre los nombres que seleccioné. No voto por partidos, sino por ideas. Invalido mi boleta presidencial. Ninguno de los candidatos me representa. No me da el estómago para apoyar a ninguno de ellos. No obstante, no fue una decisión fácil. Votar por el menos peor, nunca fue mi opción. Además nunca encontré el menos peor. Cada día buscaba una razón para convencerme por alguno, y cada día encontraba múltiples motivos para seguir con la convicción de anular. Ojalá los votos nulos contaran como muestra de desaprobación y se instaurara un nuevo sistema que permita invalidar la eleccióno un mecanismo que haga que estos votos no sean desperdicio, ni, como se decía antes, ayuden al partido en el poder. Hace falta más información al respecto. ¿Qué pasaría si todos o la mayoría anuláramos? Por poner un ejemplo,  ¿seguirá ganando el que obtenga siete votos aunque veinte anulemos?

Una vez que emito mi voto, me quedo a observar por un rato. Pregunto si hay alguna anomalía. No. Todo está en perfecto orden. No hay representante de MORENA. Pregunto si saben dónde está la casilla más cercana y me informan que en el CECATI.

La tinta indeleble apenas se nota en mi pulgar, pero amerita su foto en Facebook. Al abrir el Fb, observo, con mucho agrado, que muchos de mis contactos están acudiendo a votar y que el comentario es unánime: muchas filas, mucha participación y todo en orden. Sigo sonriendo. Aplaudo la participación ciudadana, espontánea. Les doy muchos Like y conmino a la gente a votar. Los ojos del mundo están clavados en el proceso electoral. Con tanto medio de comunicación ciudadano, será más difícil hacer fraude.

Vuelvo a mi coche, el agua que llevo está a punto de convertirse en caldo, pero es necesario hidratarse. Sudo a mares y apenas es mediodía. Comienza la aventura. Me dirijo al CECATI.

Escucho las alertas de mis grupos de WhatsApp, las dejo pendientes. Al rato las leo. En el CECATI hay más de cuarenta personas en fila. No reportan alguna anomalía. La gente se ve contenta. El paletero del barrio también está feliz pues ha tenido muchas ventas. Como si fuera una fiesta patronal o un espectáculo, los vendedores también siguen su guión. Cada uno, desde nuestro papel, participamos en este suceso. Le pregunto si ya votó. Orgulloso muestra su pulgar, lo levanta en clara señal de triunfo.

De ahí voy a la casilla de la UPN. No llegaron los funcionarios oficiales. Tuvieron que hablarle a los suplentes. Los vecinos están molestos por la falta de los oficiales, pero contentos de participar. Me tratan con mucha amabilidad y siento un dejo de respeto. Celebro que el INE tenga aceptación entre la gente. Celebro que estemos confiando en el proceso electoral. La gente llega en silla de ruedas, con muletas, endomingados, perfumados, bien vestidos, fodongos que se forman enseguida de gente de traje. Hay un desfile de modas donde se aceptan todas las vestimentas, desde las cotidianas hasta las deportivas. Aunque solemos hacer gala del sentido del humor, no veo a nadie disfrazado. No veo tampoco mucha gente de blanco, como habían sugerido los de MORENA.  Quizá vienen del almuerzo familiar o van a la comida con la suegra. Vienen solos o acompañados. Todos vienen a votar. Desde mi corazón de pollo no puedo evitar emocionarme al ver a la gente participar. En sus ojos hay esperanza. Nadie parece forzado. Están aquí con una convicción. Esperan lo que tengan que esperar, no hay fastidio. No nos conocemos, pero nos saludamos y sonreímos. Sabemos que estamos haciendo algo importante.

En la escuela Adolfo Prieto refieren que han comenzado tarde. Me siento un momento bajo la sombra de un encino. Reviso el WhatsApp, mis contactos también comparten su foto del pulgar, hasta los que menos imaginaba. Monterrey, Guadalupe, Apodaca, participan. En esta escuela hay un problema porque es tanto el padrón que tienen que dividirlo en dos. Discuten y solucionan. Alguien hace un letrero y comienza a informar en la fila. Confían en sus vecinos. Volvemos a ser ciudad. Dos chicas se saludan ¡Nada más nos vemos en las elecciones! Comienzan su plática y la discreción me indica alejarme para que ellas disfruten su encuentro sin testigos. ¿Es el chiquito? ¡Ya está enorme!

El coche está ardiendo. El sol hace su trabajo previo a la canícula. Un ensayo del calor que se avecina. Nuestra pequeña dosis de infierno no detiene el ímpetu cívico. Doy vueltas alrededor de las casillas para ver si detecto algún camión con acarreados. No hay tal. Los ciudadanos acuden por su propia voluntad. En la escuela secundaria 108 T.V. señalan que todo va de forma normal. Quieren mostrarme lo que han hecho, se presentan todos conmigo. Agradecen mi visita. La transparencia es ciudadana, fuera de todo lo institucional. Van más allá de la amabilidad cuando me ofrecen agua, refrescos y comida de su refrigerio. Acepto el agua. Platico un rato con ellos. La fila no se detiene. Con excelente humor dan la bienvenida, se ponen de acuerdo para la jugada de la semana y se alegran de que ya se les haya pasado la gripa que tenían hace varios días. Algunas madres permiten que sus hijos depositen las boletas en la urna. Enseñan a sus hijos a ser participativos. Aún hay esperanza.

En la escuela Rafael Garza Livas abrieron a las 11:18 porque no hubo tinta indeleble en el paquete que les entregaron. El presidente de la casilla fue a pedir a otra. No hay pretextos. El proceso debe seguir. Los ciudadanos en la fila esperaron pacientes. No falta la vecina argüendera que organizó una taquiza mientras esperaban. Los mexicanos vivimos a tope nuestra paradoja: podemos hacer trampa si alguien se descuida, pero somos absolutamente solidarios cuando se presenta una necesidad.

Así, recorro varias casillas. Mi recuento es gente amable, participativa y respetuosa. Mi morbo se decepciona, pues no hay nada terrible que reseñar. Me siento muy contenta por mi país. Los problemas son mínimos y la gente los soluciona en el camino, sin argucias, sólo con astucia para continuar. Saben que están haciendo algo importante. Saben la relevancia que tiene su trabajo. Más que emocionada, ahora estoy esperanzada. Ésta es la gente que México se merece. Ojalá fuéramos ciudadanos de tiempo completo y no solamente en las elecciones.

Son las 15:44 y tengo hambre. Voy a comer a un restaurante que me encuentro en el rumbo. Me quito la gorra, pero llevo la camiseta. El mesero viene a atenderme. ¿Observadora Electoral? Sí. ¿Y qué hace? Pues eso, observo. Bromeo con él y después le explico brevemente en qué consiste mi trabajo. Qué bueno, dice el hombre, hay que estar pendientes. El restaurante está lleno. Reconozco algunos rostros que me he topado durante el día. A las actividades del domingo, le sumamos ir a votar. Responsabilizarnos por el futuro del país. Las familias conviven. Esto es lo que llamamos vida y la vida es toda.

Mientras disfruto mis alimentos, recuerdo conversaciones, discusiones, me preocupa el país dividido, la desigualdad, recuerdo el primer mitin al que fui, a mediados de los años ochenta, cuando Fernando Canales Clariond buscaba la gubernatura de Nuevo León. Fue muy impactante para mí cuando cantamos el himno nacional en la Macroplaza recién estrenada. El pueblo cantando al unísono aquello que hace vibrar nuestras fibras más ancestrales. Esa fuerza no puede detenerla nadie. Yo tenía doce años, pero ya tenía algo de conciencia de lo que era el poder político. Pienso en Nuevo León. En la elección fallida del Bronco y en cómo los sucesos lo llevaron a ser gobernador. Realmente no lo queríamos a él. Se concatenaron una serie de eventos entrópicos y equívocos que lo llevaron a ser gobernador de un estado como el nuestro. Ivonne Alvarez no era opción. Fernando Elizondo declinó a su favor -después lo abandonó-. Estábamos hartos de Rodrigo Medina -impresentable e improcesable- y Jaime Rodríguez brindó una salida, un espejismo. Se equivocaron quienes votaron por él. Por eso vuelvo a la importancia de los votos nulos. Ha sido una falacia su candidatura presidencial llena de vergonzosas trampas que él insiste en defender.  Su vida política es un compendio de cinismo, aunque suene a pleonasmo. Viene a mi mente Amado Nervo y su poema, Vale más errar creyendo… Vale más errar creyendo que errar dudando… quizá se repita la historia con el esposo de Beatriz, a quien se le adosan tantas esperanzas. Quizá yo le hubiera creído si él hubiera renunciado a hacer precampaña, puesto que hace muchísimo tiempo que es el único candidato. Eso habría sido un claro indicio que hace las cosas diferentes. Pero no, se sumó a la simulación, volviéndose igual que todos. Me daría mucho gusto que pueda cumplir todo lo que ha prometido, aunque lo veo muy difícil. Me daría mucho gusto poder decir Me equivoqué. México se merece ser el país que le ha prometido. Quienes creen en él se merecen que no los traicione. Tiene tanto en contra y no será una tarea fácil. Tampoco es trabajo para una sola persona, necesitamos poner de nuestra parte. La corrupción somos todos. Es más de lo mismo, me digo, para terminar mi soliloquio.  La verdad es una: México quiere un cambio. México necesita un cambio. México es maravilloso. México quiere que se escuche su voz interior. Termino la  comida y pido la cuenta. El mesero me dice que es cortesía. Me sorprendo y me niego. Dijo el patrón que no le cobráramos. Dígale al patrón que venga. Me quiero negar y también se lo quiero agradecer. Me viene muy bien. En este país, aún con dos maestrías, apenas me puedo permitir el lujo de comer en restaurantes de vez en cuando. Viene el patrón. Me niego a recibir el obsequio. El patrón insiste: Usted ha estado trabajando todo el día por nosotros, es lo menos que podemos hacer para apoyarla. Le agradezco el gesto y nos damos un abrazo. Es lo más humano que me ha sucedido este domingo. Alzo un poco la voz y agradezco a los presentes el haber acudido a votar. La gente aplaude. Nunca pensé que ser Observadora Electoral me daría tal satisfacción. Han alimentado mi cuerpo y también mi alma.

Vuelvo a las casillas que tengo cerca. En una de ellas faltan cincuenta personas para votar. Como son conocidos, les llaman por teléfono o por WhatsApp. Están cansados, pero se nota el entusiasmo. Comienzo a darles las gracias por participar a todas las personas que encuentro. 

En otra casilla me pregunta un hombre dónde puede votar. Es foráneo. Le digo de las Casillas Especiales. Noto su desesperación y también me exaspera su falta de información. Con absoluta paciencia le indico que puede hacerlo en la Central de Autobuses y en algunos hospitales. A ver si alcanzo, me dice. Toma su coche y va a ver si puede votar. Espero que lo logre.

Hay esperanza. Hay ganas de participar. Dan las 18:00 horas. Hay algunas personas aún haciendo fila. Los funcionarios indican Hasta aquí. No hay trampas. Los que llegaron tarde aceptan. Sólo algunos protestan. En esta casilla el criterio no es elástico. Cierran. Ni modo, chulita, te hubieras apurado, dice una vecina a alguien que va llegando.

Comienza el recuento de los votos, con la puerta y ventanas abiertas aunque el minisplit apenas se dé abasto. Con total seriedad abren la primera urna. El presidente invalida las boletas de quienes no han asistido. Los secretarios y escrutadores comienzan a acomodar los votos. Observo en silencio, aunque pudiera decirles algunas cosas que lo faciliten. Mi papel es sólo observar.  Sudan, están cansados, toman Coca Cola y agua, están en lo suyo. Hay envolturas de galletas y fritos a su alrededor. Tienen en sus manos la voluntad del barrio y actúan en consecuencia. Observo el conteo. Decido volver a mi casilla, a mi casa.

Me reciben con gusto. Vuelvo a saludarlos y animarlos. Tomo asiento en un pupitre escolar. Apenas quepo. El paso del tiempo convierte en recuerdo la vida. Realmente me siento muy feliz de verlos cómo hacen el conteo, cómo informan a los representantes de partido. Todo sucede con absoluto respeto y transparencia. Si no alcanzan a anotar, repiten lo que han dicho. Todos los presentes están conformes.

En mi casilla, en la elección presidencial, tiene 156 votos el PAN, 56 MORENA, 41 el Bronco, 25 el PRI y hay un voto nulo, el mío. Fui la única que decidió que no podía votar por alguien. También eso cuenta. Los demás y las coaliciones, obtienen menos de 10 votos. Aplaudo el conteo. En la elección municipal, va ganando el PAN. Seguirán su conteo. Ya pasa de las diez de la noche. Decido ir al Centro de Concentración Municipal. 

Llego al Centro de Concentración.  Aún no ha llegado nada. Observo muchos jóvenes participando. Me encanta. Nos saludamos. Nos abrazamos. Estamos sudados, olemos a un día de jornada electoral, hay restos de comida en algunas mesas. Ha sido un día muy largo.  Hay una vibra interesante e intensa en todo este proceso.

Me avisan por mensaje que Meade ha reconocido el triunfo de AMLO. También me dicen que en Puebla hay problemas. Anaya también reconoce su derrota. El Bronco no ha ganado ni en la casilla de su barrio. Sucede algo inédito mientras recorro las calles del municipio que habito. La gente está interesada, viendo las noticias en la televisión. Los vecinos comentan, platicamos en la banqueta.  No me doy cuenta cómo pasa el tiempo. Ya son más de las doce de la noche. Estoy cansada. Ya no puedo más. Ya no espero la llegada de los paquetes electorales. Regreso a casa. Me duelen los pies. Huelo a cabrito marinado. Me quito la camiseta que me ha acompañado todo el día. Huele a triunfo. Hemos vencido la apatía. Entro a mi estudio. El rompecabezas me habla. No resisto la tentación. Mientras escucho los conteos preliminares, acomodo algunas piezas. AMLO, virtual presidente electo,  llega al zócalo de la ciudad de México y la gente lo aclama, al tiempo que le gritan ¡NO NOS FALLES! Se dice que ha participado más del 50% del padrón electoral. Siento, creo, atestiguo, que las piezas del rompecabezas están tomando su lugar. ¡Felicidades, México!

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Rompe Cabezas Andante

Lorena Sanmillán

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