Archive for the ‘15 Diario’ Category

Imagínate a las sirenas

April 10, 2010

Si cantando soy terrible, bailando soy lo más parecido a un fracaso, pero sigo haciendo ambas actividades porque en ellas encuentro felicidad, sin más. Solemos admirar aquello que nos cuesta trabajo hacer, por eso constituye un acto de justicia el reconocer que me fascina intentar seguir el movimiento de los pies de Joaquín Cortés, el bailaor español, quien se mueve sobre dos pinceles empuñados por el más acertado acuarelista y en el lienzo del escenario sólo él sabe lo que dibuja.  Sara Baras, epíteto de la sensualidad, también me demostró lo que un cuerpo educado es capaz de expresar cuando el dios de la armonía mueve los hilos precisos para que esto suceda. Narcisos urbanos que saben hipnotizar a su auditorio a la vez que ocurre la soberbia epifanía de encontrarse consigo mismos.

Hace mucho que no bailo hasta sudar y ahora tengo ganas. Muchas ganas. En mis recuerdos han quedado atrás esas noches en que me amanecía bailando en el Vóngole, o aquella madrugada de noviembre en el Internacional. El miedo y la paranoia galopante que nos habita en estos momentos impide que el planear salir en fin de semana sea algo tan cotidiano como hace algunos años. Ayer, de pronto vino a visitarme el holograma de un momento suspendido en el tiempo. Ahí estaba yo, bailando “La calle de las sirenas” en la Pista del Sol, acompañada de Héctor y Pedro.

Esta canción me enajena lo mismo que Michael Flatey, The Lord of the dance. Creo que es una de las más rescatables de esa década. Interpretada por el extinto grupo Kabah. Reproduzco aquí algunos de los párrafos que más despiertan mi imaginación:

“Atraviesan unicornios
que son blancos y que brincan sin parar
hacia el lado más angosto de la calle.
Si te fijas bien arriba
del letrero de tus zapatos hallarás
a unas hadas trabajando un vestido azul.
Parece que sólo levantan la mirada
cuando los duendes pasan hacia el castillo
al final de la calle es justo ahí
donde hace más calor.”

Bailar en una noche después de entregar un proyecto, o al finalizar el semestre, me liberaba. Con la imaginación despierta, sin droga alguna de por medio, podía visualizar a los unicornios bailando junto a mí, escuchaba cantar a las sirenas, paseaba con duendes, peleaba con dragones, entraba a un castillo… mi ser se relajaba y obtenía el descanso tan perseguido como merecido en ese universo fantástico que Kabah le regalaba como escenografía a mis ratos de esparcimiento. El sudor producto del baile se convertía en palmadas en la espalda que me reanimaban. A la luz de mi recuerdo, busqué la canción en el yutubé. Quise ir a bailar de nuevo atravesando las fronteras del tiempo. Salir de noche con la total seguridad de que lo peor que podía sucederme era no conseguir ride de regreso a casa o no completar para el taxi.

Ahora, sin embargo, ya no le hago caso al imperativo título de la canción. Ya no imagino a las sirenas. Hoy, cuando escucho una sirena, lo primero que pienso es que ya hubo otra balacera.  En su aséptico vientre esa ambulancia tal vez lleva a otro ejecutado o, si tuvo suerte, sólo alguien balaceado. Las más de las veces un inocente que estuvo –como dicen en las noticias- en el lugar y el momento equivocados. En su piel lleva incrustado el lacerante vómito de un revólver empuñado por el violento dragón que ha tomado por reino este castillo donde antes paseábamos libres y donde la inseguridad era sólo una palabra que se encontraba en el apartado de las “i” en los diccionarios. A ver si ya les arrancamos esa página y volvemos a vivir tranquilos, bailando e imaginando.

p.s. Sigo en lo mismo. Este verano te voy a atrapar.

Lorena Sanmillán

Artículo publicado en Kultur, el 10/03/10

Bencil Penicilina 1200000 U

April 3, 2010

Toda la noche tosí. Tos seca, de esa que es la más latosa. Me duele el vientre por el esfuerzo. En la garganta llevo encendidas las antorchas de todos los Juegos Olímpicos desde el inicio de la historia de la humanidad. A pesar del inhalador nuevo, apenas puedo respirar. Ya no sé a qué sabe la comida y he olvidado a qué huelen mis perfumes. Los kleenex se han transformado en lijas que me raspan la nariz al limpiar el flujo nasal que ha estado imparable. Emisiones verdes y amarillas caen en cascada desde mi altura hasta el asfalto y si la puntería me asiste, a los zapatos. He vomitado flemas en tres ocasiones. Mi reticencia se vence y voy al médico. Me preocupa que sea influenza.

Afuera de la Cruz Roja están los indigentes. Está lloviendo, hay cerca de ocho grados y buscan donde guarecerse. No existen suficientes albergues para ellos. A saber por qué no tienen hogar. ¿Algún día los artistas tendremos Seguro Social? ¿Lograrán eso los vocales en CONARTE? Muchas preguntas en búsqueda de su respuesta. Toca mi turno de consultar.

Después de un examen por demás exhaustivo, la doctora anota  en la receta Bencil Penicilina 1200000 U. Una diaria. Sólo de escuchar esas palabras, ya me duelen las sentaderas, lo bueno es que no se trata de influenza. Al salir de la Cruz Roja la calle se ha convertido en arenas movedizas. Mis pasos son lentísimos pues no quiero llegar a la farmacia. Sin embargo sé que sólo así me compondré. Surto la receta y voy a casa, donde me inyectarán.

Grace está en su FarmVille cuando le muestro las jeringas. Accede a inyectarme, pero su granja es una labor que no puede posponer; entonces  he de esperar. Tomo jarabe y subo a mi recámara. El segundero del reloj en la escalera es una guillotina sobre mi cabeza de condenada a la gripe más fatal que he padecido. Escucho sus pasos al subir y sé que ha comenzado mi martirio. Ya no hay marcha atrás.

Volteada boca abajo en la cama, escucho cómo se lava las manos en el baño. Después el sonido del frasco del desinfectante surtiendo su dotación precisa para una persona. Mis glúteos al descubierto tienen frío. Muerdo la almohada. No hay peores miedos que los imaginarios. No puede abrir el frasco de la solución. ¿Me ayudas? Dice, inocente. Yo me hago la que no la escucha. Ella sigue peleando con la ampolleta. Ya está, ya la abrí, dice después de media eternidad. Abre el empaque esterilizado de la jeringa y mi respiración se detiene. Escucho cómo se fusionan el líquido y el polvo dentro del frasco en un remolino creado por la aguja. Mi tía Narcisa viene a mi mente. Mi tía a la que no quería. Mi tía la que me inyectaba. ¿Cuántas veces le propuse a mi madre cambiarnos de casa? Así ella no nos encontraría. Tengo presentes los sonidos mientras me inyectan, pues ella cargaba su jeringa de vidrio en su estuche de acero inoxidable. Jamás olvido el roce del metal cuando abría la cajita y liberaba la jeringa. La memoria auditiva es impresionante. Volteada boca abajo en la cama, todo se magnificaba. ¿Dónde quedaría el estuche de mi tía Narcisa? ¿Quién lo tiraría a la basura? ¿Alguien lo conservará? Quiero distraerme, pero la sombra de Grace acercándose es lo más cercano a mi película de terror particular. No es el Chucky enarbolando un hacha o un puñal, es ella que empuña una jeringa, dispuesta a atravesar mi piel, sin piedad.

La siento cerca y me retuerzo de ansiedad. Sigue su tormento. Limpia la superficie a inyectar. El alcohol arde con la temperatura ambiente. Siento fresco. Mide la distancia exacta desde el huesito hasta no sé qué mágica cantidad de centímetros. Cuenta con parsimonia y mis dientes son una prensa que pulverizaría una varilla de media. Encuentra el sitio exacto y me da cinco golpecitos para que se adormezca la zona. Ella dice. Yo procuro relajar mi cuerpo de la cintura para abajo. No siento el piquete, sólo las manos frías de Grace. Lo que sí percibo es el tránsito del líquido hacia mi cuerpo. La nota más aguda que ha tocado mi alma llega hasta mis oídos mientras esto sucede. La aguja es inmensa: ha entrado por mi nalga izquierda y ha salido por la frente convirtiéndome en unicornio celeste dado el color de mi pijama. El medicamento sale diluido por mis pupilas en cristalina manifestación de mi estadía. De nuevo muerdo la almohada. He leído en varios diccionarios la definición de ardor, pero ahora la conozco en persona. La sensación me habita por completo. Abandono mi pierna mientras tensiono todo lo demás. Son los cinco segundos más eternos que existen. Y mañana volverán.

P.S. Ya lo decidí. Este verano te voy a atrapar.

Lorena Sanmillán

Artículo publicado en Kultur el 03/03/10

En vida, hermano, en vida

March 24, 2010

No sé si por ser la menor o por ser mujer, o no sé exactamente por qué razón, pero cuando era necesario, me tocaba a mí acompañar a mi mamá al ISSSTE. Mientras esperábamos por su consulta ella bordaba o tejía; yo hacía mi tarea. Cuando terminaba, me ponía a mondadear por los alrededores. Uno de mis sitios favoritos de excursión era el departamento de Difusión Cultural. En ese tiempo, era un cubículo pequeño con vidrieras en los cuatro costados. En éstas pegaban posters con información diversa y florecitas, peluches, estampas cursis y, lo que en ese momento consideraba, poesía. En una de esas estampas me encontré el poema de Ana María Rabatté “En vida, hermano, en vida…”  y recuerdo que en ese momento fue una revelación. Ante mí estaba la sabiduría del mundo. Lo copié en mi libreta y comencé a decirle a todos mis seres queridos que, efectivamente, los quería.

Mi campaña tuvo poco éxito pues casi todos los interpelados se asombraron ante mis confesiones y establecieron que algo oscuro pretendía u ocultaba, al decirles de pronto lo que sentía por ellos, llevándoles un obsequio o simplemente sonriéndoles. ¿Ahora qué hiciste? Me dijo mi hermana Eunice cuando le llevé una teresita del jardín de la vecina. A veces, las buenas intenciones topan con la realidad y ahí quedan. Hay que ser muy valiente o muy romántico para continuar con la empresa amorosa cuando en el frente tienes la adversidad. Con la fuerza que me quedaba, seguí mi intención de desparramar mi amor por el mundo. Fuimos de visita con mi tía Lupe y ahí encontré a mi prima Armandina, por fin me topé con un ser sensible que me comprendió. Juntas leímos el poema y ella me explicó verso tras verso. Las revelaciones universales seguían en mis oídos.

Había mucha distancia entonces entre la muerte y yo. No entendía y sigo sin entender cómo las personas, cuando mueren, se convierten en héroes, en casi santos sin defecto, aunque hayan sido más piores que lo peor. La idea era buena, hacer y decir en vida aquello que eleve el espíritu y mejore las relaciones humanas. No visitar panteones, sino llenar de amor corazones. El tiempo, la vida, la madurez y la comodidad se llevaron este poema a un recuerdo y a muchas actitudes procedentes de la inercia. Ayer lo recordé, cuando supe que Rabatté había muerto. En vida, hermano, en vida… nunca me di el tiempo para volver a releerla. Dejé de expresar afecto porque sí y he sucumbido ante la rutina diaria que lleva al sustento material pero no tanto al emocional.

En la relectura actual, las barreras intelectuales me conducen a sentir sus textos bajo otra óptica. Repeticiones, aliteraciones accidentales, reiteraciones, rimas simples. No me parecen poesía en su más alta concepción, si acaso textos de la más pura escuela de superación personal altamente explotada por varios locutores de radio en la actualidad. No es moda, así ha sido siempre, sólo que antes no había tantos canales de difusión como ahora ni estábamos tan perdidos buscando consejos donde se pudiera. Si es literatura o no, es lo de menos en este presente. No es este artículo una disertación sobre los elementos literarios en su escritura, ni tampoco pretendo decir “tan buena que era”. Sostengo que es válido también leer por placer, leer por terapia, leer por gusto, leer por encontrar esperanza.

Docenas de veces he leído poemas doctos, de autor, que al terminar de leerlos no me dicen nada y siento que he gastado mis pupilas bajo un engarce de narcisismo de alguien que rebuscó letras y palabras de esas que pocas veces salen de los diccionarios sólo por impresionar al lector pretendiendo ser poeta críptico y entre menos te entiendan mejor, pues eso significa que es de élite. Quizá sin mensaje, pero intelectualmente perfectos. Métricos, exactos, pero sin alma. No he visto algún moribundo que pida leer algún premio Nobel, pero sí me he encontrado en los pasillos de hospitales poemas como los de ella, sabiduría popular que hace transitables los momentos inexplicables. Instantes de vulnerabilidad ante los que incluso Simone de Beauvior tuvo que bajar la cabeza.

Dado lo anterior me quedo con Ana María y sus lugares comunes que pueden arrancar una sonrisa y hacerle la tarde a alguien que de pronto recibe una llamada, sólo para decirle que la quiero, que es importante para mí. Así que aviso, ataco de nuevo, volveré a decir te quiero cuando lo sienta, sin esperar que sea cumpleaños o catorce de febrero. Empezaré por mi madre para agradecerle el permitirme acompañarle al hospital y conocer a esta señora y así, hasta que se me acabe el saldo. La poesía no debería ser aquella que sólo da imágenes, métrica, metáforas y otras figuras literarias. La poesía y la escritura habrían de ser mensajes del fondo del alma que buscan su replicante en quien los reciba.

Descansa en paz, Ana María, en esa tumba que, si seguimos tu consejo, nadie visitará. Será mejor que releamos tus libros, ahí te encontraremos y tal vez volvamos a encontrar un poco de paz en este mundo que a veces se presenta ante nosotros de un modo impertinentemente intelectual.

Lorena Sanmillán

Artículo publicado en Kultur, el 24/02/10

Carta para Pipe

March 18, 2010

La verdad es que así me gustaría llamarte, como les llamo a mis Felipes queridos, pero no, a ti he de decirte Señor Presidente, sin poder tutearte, con la voz engolada y sin el desafío de mirarte a los ojos. Te digo presidente, en minúsculas, aunque Ximena te llama Espurio o a veces te dice simplemente el inquilino de Los Pinos. Yo te digo presidente, porque lo eres, ese es el título que se te ha conferido y porque quiero creer en la autoridad que le puede dar estabilidad al país en el que vivo. Te tuteo porque quiero sentirte cercano, aunque sé que hay una franja militar de por medio entre los dos. Que si fue polémico o no tu arribo a Los Pinos, que si se manipuló la elección, pues eso es otro cantar, el caso es que ahora llevas la banda presidencial. Punto. Conste y aclaro que no voté antes, ni votaría hoy por ti, ni pretendo defenderte. De hecho, antes de pretender llamarte Pipe, te llamo presidente siniestro, porque lo eres. No eres diestro con las manos ni en alguna que otra actitud. Hoy sólo quiero escribirte una carta. Soy romántica, ni modo;  si mis condiciones lo permitieran, te enviaría un paquete con un regalo, quizá esos rebozos que tanto le gustan a tu señora, Margarita, cuyos precios y procedencia nadie cuestiona, algún libro de autores de Nuevo León, y regalos para tus hijos, pero no me alcanza. En tu administración se aumentó el envío de Mexpost en un 100 por ciento. Y mi salario y mi tienda incipiente siguen donde mismo con algunos impuestos de más. Entonces disculpa que no envíe paquetes a Los Pinos, ni te haga llegar libros a tu oficina para que adornen los anaqueles. ¿Lees, Pipe? Curiosamente, nunca me he encontrado algún político en una Feria del Libro en Monterrey o México. En cambio, en la de Madrid, sí me topé con el Rey Juan Carlos y el Príncipe Felipe, otro de mis Pipes consentidos.

No, no te preocupes. No voy a jeringolearte una vez más lo acontecido en Ciudad Juárez apenas la semana pasada. No poseo la dolorosa valentía de la señora Luz María ni la docta pluma de Denise Dresser. Sólo soy una ciudadana que pretende decirte “Bienvenido a Monterrey, Pipe” la próxima vez que vengas. Y para eso, Pipe, hace falta trabajo. Mucho.

Quiero que los soldados, en los retenes de la carretera, no me den miedo. Que en realidad me hagan sentir segura. Quiero que sus armas las apunten hacia otro lado y no hacia los vidrios de mi auto compacto comprado bajo un crédito que aún estoy pagando. Quiero poder caminar en la noche tranquilamente en la macroplaza, sin que me atemorice una persona me sigue. Quiero manejar por la brecha que me lleva a mi trabajo sin pensar que en alguna ocasión me encontraré un ejecutado. Quiero ir al banco sin cuidarme la espalda. Quiero decirles a mis sobrinas que estudiar conviene, que no hay caminos fáciles, que todo esfuerzo tiene su recompensa. Quiero llevar a mi madre al seguro social y saber que tendrá sus medicinas completas. Quiero tranquilidad, Pipe, quiero estar segura en mi ciudad. Quiero encender la televisión y ver buenas noticias. Quiero que mis diputados no me avergüencen. Quiero el estadio del Monterrey y quiero que rescaten La Pastora. Quiero el bien común por encima de las ideologías partidistas. Quiero que me expliques cómo es posible que en tu gabinete haya una persona con obesidad mórbida y justamente de él depende parte del asunto fiscal que mueve al país. ¿No deberíamos empezar por poner el ejemplo nosotros mismos? Al cuidar de nosotros se asume que somos depositarios de confianza para guiar a alguien, cuantimás a un país. ¿No crees? Quiero saber qué piensas de la gente que pide tu renuncia y qué les propones, más allá de la militarización. ¿Es ésa la solución? Quiero saber por qué le has recortado el presupuesto a la cultura. Un país de gente educada avanzará más, Pipe. ¿Qué pasa con eso? ¿Qué pasó con tus promesas de campaña? ¿Qué necesitamos hacer para que cumplas? ¿Está en nosotros la respuesta?

Mi vanidad me lanza el imperativo de preguntarte dónde compras tus anteojos. Me encantan. Me hechiza que no se te notan aunque se evidencia que te hacen falta al leer los discursos. ¿Quién te hizo los discursos del Bicentenario? ¿Por qué no los revisaste antes? No parecías un presidente, vaya, ni un mexicano contento, sino sólo alguien a quien lo pusieron a leer algo que no sentía en la máxima fiesta que tendremos dentro de tu mandato.

Llevo casi dos cuartillas, Pipe, no  he dicho ni la mitad de lo que pienso, pero sé que la repetición de ideas conduce al hartazgo. Varios de mis reclamos y preguntas son variaciones de lo mismo. Yo haré mi parte como ciudadana, ¿Qué harás tú, Pipe, para decirte bienvenido y con gusto llevarte a comer machacado?

Con el respeto y la confianza que les profeso a mis amigos cercanos,
Lorena Sanmillán

Lorena Sanmillán

Artículo publicado en 15Diario, el 18/02/10

Pero no pienso nada

March 10, 2010

Desarrollo sustentable.

Población y diseño urbano.

Nuevos paradigmas del paisajismo.

Conceptualización en el proceso de diseño arquitectónico.

Métodos, procesos, sistemas y técnicas: coincidencias y discrepancias.

Llevamos tres horas de conferencias. Gente que ha estudiado mucho y ahora necesita demostrarlo para justificar las grandes cantidades de tiempo y dinero que han significado sus becas. Arquitectos muy capaces de pensar y proponer pero que nunca en su vida han tocado un block ni saben cómo hacer un mortero.

Todo son planes e irrealidades. Muero de envidia. Como sólo ellos saben del tema que hablan, nadie puede rebatirles nada. Tres o cuatro preguntas retóricas y un gran baño de halagos a su vanidad. Aplausos. Coffee break.

Reintegrándome al punto de vista intelectual de la arquitectura, me siento un poco ajena a mi contexto. Vengo de construir, todavía tengo las uñas sucias por mi descuidada técnica de pintura. Siento insulsa la palabrería y mejor me quedo en silencio; es demasiado el esfuerzo de parecer interesada. También me siento estancada en mi hacer intelectual.

Así que busco un sitio en un rincón del salón de conferencias para replantearme mi quehacer profesional y entonces vuelvo a verte. Nada es lo mismo al observarte. Con tu sonrisa, hasta le das sabor a un café desangelado.

Siempre bella, hoy estás preciosa. Tú y ese traje sastre azul mimetizados en una silueta por demás atractiva. Esta vez no dictarás conferencia, sólo vienes de oyente. A mí se me van los ojos tras tus pasos. Me encantas.

Te acercas a la mesa a tomar una galleta. Ninguno de tus movimientos se escapa de mi vista. Quiero pararme detrás tuyo. Moverme abrazada a ti. Contagiarte de mi ritmo desesperado, pegar mi pubis a tus nalgas, tumbarte sobre el buffet, besar tu cuello y arañar tu espalda. Todo esto alucino mientras me convierto en mujer de agua.

Me percibes, me saludas. Qué tanto piensas, dices, tan casual, buscando sacar plática. Un bostezo me sirve para mimetizar un suspiro. No me atrevo a mirarte. Sólo te veo por el reflejo en la ventana. Te respondo sin voltear a verte. Qué tal, doctora, yo aquí tomando un café, pero no pienso nada.

Artículo publicado en Kultur, el 10/02/10

Lorena Sanmillán

Imagínate a las sirenas

March 10, 2010

Mi artículo de hoy, en Kultur, tiene que ver con esta canción de Kabah. Me encantaba bailarla. Quiero volver a bailar. He aquí el link a la columna, por si deciden darle un vistazo.

Imagínate a las sirenas

Lorena Sanmillán

Las inyecciones

March 3, 2010

Soy bastante valiente… hasta que me enseñan una jeringa que se ha de insertar en mi anatomía. Me han inyectado y ahora soy una coladera. Si tomo agua, puedo regar las plantas de mi jardín. De esto habla mi artículo de hoy, en Kultur. He aquí el link por si desean leerlo.

Bencil Penicilina 1200000 U

Lorena Sanmillán

La ceguera no está en Dora

February 27, 2010

Cuando llegué a casa ella estaba ahí. Sentí un perfume ajeno y una voz extraña que provenía del comedor. Grace tenía visita. Traté de ser discreta para no interrumpir su plática cerrada, así que hice el menor ruido posible, pero esto no fue suficiente. Ya había advertido mi presencia y reclamaba el que fuera a saludarla. Nos presentaron. Me pregunté en silencio, ¿por qué no se quita sus anteojos oscuros? Sin embargo, sé de respeto y no hice comentario alguno. Ofreció servirme un té. Acepté. Se levantó a la alacena y ayudada por sus manos lo sacó del anaquel. Luego fue por un vaso y lo sirvió sin derramar una sola gota. Grace me dijo en voz baja “es invidente”. Dora escuchó y corrigió. “Soy ciega, Grace, soy ciega. No lo maquilles para que se oiga más bonito”.

Entusiasta, alabó el proyecto de la librería Libros de Nuevo León y preguntó si también distribuyo audiolibros. “Debes pensar en todos aquellos que no podemos leer”. Lo anoté en los pendientes. Tiene razón. Nos habló de su lucha por sobrevivir. Del atropello que sufrió su esposo, también ciego y que de profesión es abogado. De cómo la han despedido de los trabajos que ha tenido porque no la consideran apta sólo por ser ciega. Es pedagoga. Tienen dos hijas y viven al día, como muchos de nosotros. Ha sido presa de varias injusticias por parte de algunas autoridades que es pertinente denunciar. No basta hacer los programas quesque de apoyo a las personas con capacidades diferentes –como se dice en el idioma políticamente correcto-, hay que concretarlos.

Cuando acudí a “Diálogos en la oscuridad” salí presa de una conmoción, sintiéndome altamente bendecida por el privilegio de ver, aunque soy miope. Creo que es el último de los sentidos que quisiera perder. Me sentí totalmente indefensa durante el recorrido. Sobre de esa emoción de entonces, convivir con ella me impactó. Fuera de sus anteojos, no hay nada que la califique como incapacitada. Incluso pensé que si fuera artista sus lentes negros no estarían de más, hasta se vería chic. Sus movimientos coordinados, su percepción, el hilo de sus pensamientos. Hasta jugó con Lakmé, guiada por los sonidos de los juguetes de mi perra.

El tiempo transcurrió y se llegó el momento de llevarla a su casa. Si ya estaba asombrada, nada me había preparado para lo que seguiría. Apenas abrir la puerta de la entrada, de sus labios emergió la poesía. Se sorprendió porque ya era de noche. “Ya se escucha la noche, ahí van los carros, ahí están los grillos, se oye la luz mercurial y ya se apagaron varias oficinas”. En la garganta se me agolpó el sentimiento por su exquisita sensibilidad. La fuimos a dejar a su casa, valga la expresión, a ciegas, siguiendo sus instrucciones. Nos relató uno por uno cada elemento que íbamos pasando: “En esa esquina está una carnicería, pero ya cerraron. Allá está una bodega de grúas y el guardia que siempre me saluda está en el portón”. Redescubrí ese barrio en sus palabras. Aún siguiendo sus líneas guía, dimos vuelta donde no era. “Para, para, ya te equivocaste, este bordo no lo conozco”. Corregimos el rumbo y llegamos a su casa, pulcra de tan limpia y ordenada. Hasta vergüenza me dio a mí, que siempre tengo un desorden. Yo seguía mirándola  y admirándola.

Al abrazarme para despedirnos, para mi mayor asombro personal, aún alabó el planchado de mi blusa, ajada por el transcurso del día. En mis oídos calaba hondo la frase “Ya se escucha la noche”. No me quise quedar sin comentárselo y lo hice, preguntándole además qué escuchaba durante el día. Su respuesta fue otra dosis de poesía: “En el día escucho el verde de los árboles, escucho el invierno y la primavera, escucho el verano y el otoño”.  Gracias, Dora, por ambas frases inolvidables. En nosotros está la ceguera.

p.s. El próximo viernes 19 de febrero, Óscar Burgos ofrece una función a beneficio de Dora, en La Casa de Óscar Burgos. Los boletos cuestan 100 pesos. También le ha ofrecido donar un porcentaje del consumo. Si alguno de ustedes se interesa en cooperar, no duden en escribirme a mi email para obtener sus entradas o para hacer un donativo para esta familia. Gracias.

Artículo publicado en Kultur, el 27/01/10

Lorena Sanmillán

Ana María Rabatté

February 24, 2010

Mi artículo de hoy, en Kultur, habla sobre Ana María Rabatté, recientemente fallecida. Descanse en paz. He aquí el link por si desean darle un vistazo.

En vida, hermano, en vida

Lorena Sanmillán

Por fin

February 20, 2010

Siempre tan cercana a mi naturaleza. La única cosa constante en mi disipada vida. Nadie te invitó, pero desde que nací, ya venías predestinada a aparecerte en cualquier momento. Cargada en mis cromosomas, pespuntada en mi definición.

Sabía que llegarías, pero aún así me tomaste por sorpresa aquella tarde primaveral, días antes de mi cumpleaños número once. Te guardé en mi intimidad cual inofensivo secreto. Hasta que nos descubrió mi madre. Mi estatus de libertad cambió. Hube de afrontar mi relación contigo, con mis familiares cercanos primero, después con los amigos, compañeros de escuela, gente del trabajo y ahora hasta con los desconocidos.

Toda la agenda y el diseño de mi vida cambiaba ante tu presencia. Todo era un asunto a medias. Hasta decidir la ropa que utilizaría el día que me acompañabas. Volver a ponerme el mismo pantalón arrugado de antier sólo porque a ti no te gustaba verme vestida en colores claros. Había que darte gusto, tener los mínimos detalles para consentirte.

Malagradecida traidora. ¿Recuerdas la vez que me avergonzaste? Caminaba tan elegante por el pasillo, la mascada ondeando al viento, un pie tras otro pie en la línea imaginaria de la pasarela, cambiando rítmicamente el peso de mi cuerpo, equilibrándolo en mi cadera. Mirando por encima del hombro. Sonriente, pagada de mí. Insufrible.

Alguien corría tras mis pasos. Me alcanzó. Arquitecta, ha llegado. Apreté las quijadas tragando saliva amarga. Hasta allá te habías atrevido a buscarme. La mirada acuosa en mis ojos se congeló como cristal de Murano. Quise desaparecer de la tierra –y de la facultad- a tu vocera, aplastándola cual insecto. Pero no hice nada; displicente, di las gracias y seguí caminando. ¿Qué más podía hacer? Ya habías llegado.

Tienes todos los méritos para odiarte. Presiento tu presencia y me cambia el humor. Me llevas a los extremos de mi desesperación. Aceleras los drásticos espectros de mi vida emocional. Quisiera reinventarme y al hacerlo desaparecerte, porque además eres celosa, incapaz de compartirme. Aprensiva absoluta, si estabas tú no había sitio posible para nadie más.

Intensa y cruel. Apenas llegabas, ibas sobre mis pechos. Los apretabas, jugabas, nunca mejor dicho, con ellos. Mis pezones, tu objetivo indispensable, al recibir tus caricias ardían cual si los hubieras mordido. Amante egoísta, tú no te dejabas hacer nada. Me habitabas completa, venías tres o cuatro noches, me utilizabas y te marchabas.

Te gustaba trastocar mis actividades horizontales. Ya tenía mis citas armadas con anterioridad de una semana, cuando sin avisar te presentabas. Me obligabas a cancelar la velada. Curiosamente, al fin mujeres, todas las afectadas te respetaban y te daban tu lugar. Ignórala, me dijeron una vez, si tan sólo pudiera, si me atreviera, contesté.

También te debo favores, Dos o tres veces me has servido de razón más que de pretexto. Muy bien, lo acepto, que en la vida todo tiene un precio. Asimismo, hemos reído juntas cuando has seguido fiel a mí y abandonado a algunas otras. Hemos aprendido a sobrellevarnos. Aunque yo sea mala anfitriona y tú seas la más exigente huésped.

Pero este mes, igual que el anterior, no llegaste. Tu abandono, muy lejos de sumirme en una tristeza deprimente, es la mejor noticia que ha podido sucederme. Es una señal fácilmente interpretable. Se acaba una espera para dar inicio a otra. Ahora, tejiendo estambre en tonos pastel, sabiendo que el milagro ha sucedido, sólo me resta contar, en el tiempo que es preciso, ése que se borda con filigrana en el destino, todas las horas que necesito, para convertirme, por fin, en madre de mi primer hija.

Artículo publicado en Kultur, el 20/01/10

Lorena Sanmillán