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Un poeta local. David Toscana

November 6, 2017

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Comparto este cuento de David Toscana: Un poeta local

Hildebrando fue recibido con una fiesta familiar organizada por sus padres. El alcalde —su tío— estuvo presente como invitado de honor, pues fue con dineros del municipio que pasó dos años en la capital del estado, inscrito en el Colegio de Escritores. Volvió con la satisfacción de un diploma enmarcado en chapa de oro que lo autorizaba a escribir profesionalmente y con el orgullo de estar entre los únicos dieciséis, de un grupo original de cincuenta, que terminaron el curso.

Hildebrando había ganado fama local porque sus versos eran leídos en cada fiesta patria y patronal. Para el veinticuatro de febrero, escribió un poema titulado La tricolor ondeante, cuyo verso más celebre decía:

Porque si no fueras águila no fuera México

Para el veintiuno de marzo, había escrito un poema llamado Bendito Benito, que se volvió tan famoso que incluso al pie de la estatua de Juárez, en la calle del mismo nombre, una placa conmemorativa lo citaba:

De sangre india tu nobleza

De sangre blanca tus querencias

Su repertorio abarcaba el primero, cinco y diez de mayo; el dieciséis de septiembre, el veinte de noviembre, el doce de octubre y las Navidades. También tenía loas para prohombres como Cuauhtémoc, Hidalgo, Guerrero, Zapata, Villa, Madero y el padre Pro.

El único tropiezo en su carrera —gracias a que nunca hizo público su soneto a López Portillo— se lo ganó por haber escrito la Oda al gobernador. La compuso a solicitud de su tío, en cierta ocasión que el gobernador visitó el pueblo. Educado con lecturas poéticas de años remotos, Hildebrando gustaba emplear palabras de dudoso significado para la mayoría de su público, pero que él sentía, le daban a sus versos la dosis de erudición que todo arte requiere. No era raro encontrar en sus obras palabras como: rosicler, algazara, progenie, lid, denuesto, pléyades, loor, fúlgido y fulgente, infando, presura, garzul, aqueste, zagal, querelloso, adalid y, con gran frecuencia, la expresión ¡Oh!

Escribió de un día para otro la desventurada oda terminándola justo antes de la ceremonia en que el gobernador inauguraría la ampliación de la escuela primaria y el alcalde trataría de negociar una partida del presupuesto para instalar una arena de lucha libre dedicada a Blue Demon, hijo adoptivo del lugar. El evento transcurrió según lo programado: se develó la placa conmemorativa de la ampliación, se aplaudió, hubo discursos y llegó la hora de la oda. Las primeras estrofas hablaron sobre un estado progresista y sobre un gobierno que daba libertad con oportunidad, sobre la recia figura del mandatario, con ojos siempre mirando al frente. El público interrumpía con aplausos y gritos de mariachi, hasta llegar al verso veintisiete, en el que Hildebrando empleó una de esas palabras de arte:

El gobernador embebecido

Hubo un momento de desconcierto en el que no se escucharon ni aplausos ni gritos. ¿Qué dijo?, se preguntó la gente y comenzaron a circular las interpretaciones. La prensa, al día siguiente, estuvo dividida. Algunos dijeron que Hildebrando había insinuado que el primer mandatario estatal actuaba como bebé y otros aseguraban que había empleado un sinónimo de baboso. POETA INSULTA AL GOBERNADOR, rezaba un encabezado.

El gobierno del estado, a través de la Subsecretaría de Comunicación Social, pidió al alcalde que buscara la manera de disculparse públicamente. El municipio pagó en todos los periódicos regionales un inserto que mostraba el texto íntegro de la Oda al gobernador. La palabra embebecido aparecía resaltada y con un asterisco. Al consultarse el asterisco al pie de página, podía leerse:

EMBEBECIDO: Adj. Admirado y pasmado.

FUENTE: Pequeño Larousse Ilustrado.

La explicación fue vista con buenos ojos por parte del gobierno estatal, sin embargo, aduciendo motivos de falta de recursos, se negó el apoyo económico para la arena de lucha libre.

Pese a esto, el balance de Hildebrando resultó positivo: nunca un poema suyo había alcanzado tanta difusión, y con esta buena fama ni el alcalde le negó el dinero para sus estudios ni el grueso de la gente protestó por el destino de sus impuestos.

Dos años asistió a una escuela donde le mostraron la manera como se deben manejar las metáforas y metonimias sin abusar de ellas, le hicieron memorizarse los elementos que requiere un texto para ser cuento. Aprendió a redactar guiones de cine, radio y televisión; obras de teatro y ensayos. Supo que palabras como fue, dio y vio ya no llevaban acento, y que extrañamente rió aún lo mantiene; que desapareció la be de obscuro, que el adjetivo, cuando no da vida, mata; que los adverbios terminados en mente no deben emplearse frecuentemente; que pues bien, yo necesito decirte que te adoro ya no hace suspirar a nadie; y, muy a su pesar, se enteró de una verdad que en un principio le inquietó al punto de suponer que el maestro le mentía, pero que con el paso del tiempo y lecturas prestadas terminó por aceptar; una verdad que le dejó sin dormir varias noches sumido en la decepción y resuelto a nunca escribir otro verso: la poesía ya no era rimada.

Hubiera tomado el camino de vuelta al pueblo de no haber sido porque su decisión de dejar los versos lo condujo a aceptar la narrativa como su nueva vocación. A fin de cuentas, ser poeta o cuentista o dramaturgo o publicista no era más que una especialización dentro de su nueva vida como profesional de las letras.

Hildebrando sentía que la escuela le había dado todas las habilidades para escribir un cuento, sin embargo, no le venían las ideas. Por eso lo primero que hizo tras su fiesta de bienvenida fue meterse en el LONTANANZA para ocupar una mesa en la esquina del fondo. Ahí colgó un letrero:

ESCRITOR TITULADO POR LA ESCUELA DE ESCRITORES BUSCA HISTORIAS PARA ESCRIBIR CUENTOS

Si resultaba cierto —como decía el cantinero— que ahí se escuchaban más confesiones que en la iglesia, ése era el sitio preciso para hacerse de temas.

Tan fácil como tronarse unas cervezas y esperar.

—¿Ha habido suerte? —preguntó el cantinero.

—Todavía no.

Hildebrando había notado la presencia de un hombre que desde una mesa distante lo miraba con insistencia pero sin ánimo para acercarse. Supuso que todo era cuestión de tiempo, de tragos. Cuando el hombre estuviera suficientemente borracho se acercaría para verter su alma en el papel.

De repente sus miradas se encontraron. Hildebrando sonrió con torpeza y levantó el brazo en señal de saludo. El hombre ni sonrió ni saludó: eructó, se puso en pie y se acercó al escritor.

—Tengo la historia perfecta —dijo.

Volteó hacia la barra e hizo una seña que Hildebrando interpretó como amor y paz, y que dentro del LONTANANZA significaba dos cervezas por favor.

—Cuéntemela, señor, y si vale la pena, yo la convierto en literatura.

—Me llamo Adalberto.

—Bien, Adalberto, sólo quiero aclararte que los escritores nos alimentamos de ideas venidas de muchas fuentes sin que paguemos gratificaciones o regalías.

—No quiero dinero…

—Hildebrando.

—¿Eres el de poema a Juárez? —Adalberto se entusiasmó y tendió la mano sin hallar correspondencia.

Llegaron las dos cervezas. Hildebrando destapó la pluma y abrió su cuaderno. Las hojas estaban casi todas repletas de tachaduras y frases que no concluían, de inicios de cuentos que se quedaron en el arranque.

—Es una historia de ciencia ficción —dijo Adalberto.

—No importa —aclaró Hildebrando—, yo escribo cualquier género.

—Es sobre un candidato a primer ministro de una isla imaginaria. Un candidato muy popular que seguramente hubiera ganado las elecciones si no es porque alguien lo asesina en la última etapa de su campaña. La gente lo llora y siente que con él también se van a la tumba los sueños de progreso económico, justicia social, empleo digno, democracia, soberanía nacional, auge comercial, desarrollo cultural…

—¿No son muchas esperanzas para un candidato?

—Se hacen mil esfuerzos por resolver el crimen pero no hay modo de dar con los culpables. Mientras tanto, el candidato sustituto gana las elecciones y, tan pronto toma el poder, la isla se hunde en una tremenda crisis…

—Tenía entendido que iba a ser de ciencia ficción.

—Sí, espérate tantito —dijo Adalberto y dio un trago largo a su cerveza (luengo trago, pensó Hildebrando)—. Ocurre que un famoso científico congela el cuerpo del difunto o lo conserva sumergido en cualquier sustancia rara que se te ocurra, y para antes del siguiente periodo electoral, ¿qué crees?, encuentra la forma de revivirlo. Por supuesto otra vez popularidad total, la esperanza perdida, sácanos del pozo y no sé cuánto más. El candidato ex muerto gana entonces las elecciones, mayoría absoluta, arrasa, toma el poder… y la isla se vuelve a hundir en una crisis todavía peor.

Adalberto miró a Hildebrando, ansioso por detectar entusiasmo en su rostro.

—¿Me viste cara de pendejo?

—¿Por qué?

—La alusión es tan evidente que hasta un niño la pesca —ahora fue Hildebrando el que bebió hasta apurar la botella—. Además no quiero meterme en líos con nadie; ya me veo: el Rushdie de petatiux. No estoy para eso; mi búsqueda es puramente literaria, sin compromisos que la corrompan.

—Pero muy bueno para hacerle odas al gobernador.

—Es diferente, eso lo escribo porque lo siento.

—A mí, se me hace que eres un lambiscón.

—Y tú eres puro hocico —Hildebrando se incomodó por lo infantil de su respuesta.

Vio que Adalberto se ponía en pie y se marchaba. ¡Síguelo!, le gritó una voz por dentro. ¿Quién va a pagar las cervezas de amor y paz? Pero tuvo miedo de armar un escándalo, de parecer un imbécil corriendo detrás, y no obstante sus bolsillos vacíos, cerrando los puños lo dejó partir.

Al día siguiente las cosas no fueron mejor. Estuvo toda la mañana sentado en la misma mesa, bebiendo agua y haciendo garabatos en el cuaderno sin que nadie se acercara, salvo el cantinero.

—Si no consumes te tienes que ir —le advirtió, y le explicó que de cualquier modo, aun chupándose una coronita por minuto, no estaba muy convencido de permitirle colgar el letrero. El mal ejemplo podría extenderse y al rato llegarían plomeros, albañiles, abogados y hasta médicos a colgar sus letreros con horarios, tarifas y especialidades. SE DESTAPAN CAÑOS / DEFIENDO TRABAJADORES DESPEDIDOS / SE PONEN INYECCIONES. ¿En qué se convertiría mi negocio?

Hildebrando volteó a ver su propio letrero y quiso recordar a algún colega que hubiera hecho algo parecido en otra cantina, pero apenas le alcanzó la cabeza para imaginar a Carlos Fuentes en La Ópera, de la mano de Candice Bergen.

—El muy ojete —dijo para sí—, con esa vieja hasta yo escribo Terra nostra… y capaz que la mía sí se entiende.

Concibió un libro titulado Historias de Lontananza, en el que el primer cuento narraría las andanzas de un escritor que entra a un bar y cuelga un letrero en busca de temas. Pensó a su vez en un título apropiado para ese cuento y, llevado por la cultura cinematográfica, se le ocurrió Los apuros de un escritor.

Era la única idea que hasta el momento le había entusiasmado y se le fue el tiempo tomado de ella. Sin embargo no se ponía de acuerdo sobre narradores, tonos, tiempos y demás. El escritor entró al bar. No. El bar estaba vacío. Con un carajo. Luego de dos horas de pensar, sólo le había satisfecho el refraseamiento del título: Un escritor en apuros.

En esas andaba cuando se acercó un hombre.

—Si quiere escribir algo realmente importante, yo le puedo dar un tip.

Hildebrando levantó la vista al escuchar la voz profunda y pausada. Vio un hombre viejo, con una mezcla extraña de fortaleza y cansancio.

—Lo escucho —dijo.

—¿No me invitas a sentarme?

Imaginó al viejo pidiendo un par de cervezas y luego yéndose sin pagar.

—Todavía no —dijo Hildebrando—, primero dígame de qué se trata.

El hombre no hizo caso y se sentó. Sacó un pañuelo de bolsillo de la camisa y secó una capa de sudor en su frente a punto de gotear.

—Conozco la verdadera identidad de Blue Demon —dijo.

Hildebrando cerró su cuaderno.

—No sabía que fuera un secreto.

En silencio, el hombre desmenuzó una servilleta y luego sopló con fuerza para hacer volar los jirones.

—Es cierto —dijo decepcionado—, tal vez ya no sea secreto.

—Y en todo caso —dijo Hildebrando— no creo que sea importante.

El hombre se puso en pie y se retiró con paso lento. Su voz baja pero audible alcanzó a decir:

—Tienes razón, tal vez ya no le importe a nadie.

Apenas salió del LONTANANZA, entró Adalberto, aprovechando el impulso de vaivén que le dio el hombre a la puerta.

—Ahí estás —dijo señalando hacia Hildebrando.

—¿Qué? ¿Tiene otra historia de ciencia ficción?

Adalberto pidió un par de cervezas y se sentó.

—Mira —dijo—, acepto que los que te conté ayer puede parecerse en algo a lo de Kennedy…

—Kennedy mis huevos —interrumpió Hildebrando.

—…pero ahora te voy a contar una historia sobre una curita que sabía más de la cuenta.

Hildebrando lo miró con desconfianza. El cantinero trajo las dos cervezas.

—O las pagas por adelantado —advirtió Hildebrando— o no escucho nada.

Adalberto extendió un billete al cantinero y comenzó a relatar:

—Trata de un sacristán que accidentalmente se da cuenta de que el párroco se roba las limosnas. El sacristán no tiene pruebas y comienza a investigar un poco por su cuenta…

—¿Todo ocurre en una isla imaginaria?

—No, Hildebrando, ésta es otra historia —dio un trago de cerveza—. El sacristán se espanta cuando se entera de que el párroco está confabulado con el alcalde de estos negocios; y como se corre el chisme de que anduvo haciendo preguntas y enterándose de cosas que no debía, una noche lo machetean en la central de autobuses.

Hildebrando golpeó la mesa con la mano abierta

—Sí, claro —dijo—, y dicen que fue un accidente, que lo confundieron con Chucho el Roto.

—No exactamente —dijo Adalberto—. Si fuera tan simple yo mismo escribiría la historia. Ocurre que aquí el asunto  se multiplica con cientos de personajes y con decenas de hipótesis sobre lo que ocurrió.

Por un momento Hildebrando se entusiasmó con el proyecto; pensó en una novela con varias voces encontradas, narradores omniscientes, equiscientes y deficientes; y narradores omniscientes que se hacen los deficientes; personajes clave que aparecen en una página y desaparecen en la siguiente. También se le ocurrió meter dentro de los antagonistas a un curita italiano para emparentar su novela con las de Puzzo; pero aquí le vino una idea que lo decepcionó por completo: ¿qué hacer con una novela donde el protagonista está muerto y los demás personajes son antagonistas? No recordó que le hubieran enseñado eso en la escuela de escritores.

—Si tienes complejo de fiscal especial ve a la Pe Ge Erre —dijo Hildebrando con exasperación—; a mí no me interesan tus hipótesis.

—Deja contarte el resto.

—Ya escuché suficiente —lo detuvo Hildebrando—. ¿De veras me ves tanta cara de pendejo?

Adalberto comprendió que estaba perdiendo su tiempo. Tomó ambas cervezas y se las llevó a otra mesa, donde se puso a beber sin prisa.

Hildebrando retiró su letrero. ¿A quién se le ocurriría? Probó la seña de amor y paz y rápido llegó el cantinero con un par de coronas.

—Así me gusta —dijo—, consumiendo y sin letrero serás siempre bienvenido.

También bebió con lentitud. Esperaría hasta que Adalberto saliera porque se le ocurrió que irse antes era como exhibir su derrota. Abrió su cuaderno y fingió que escribía, pasando la pluma sobre los trazos de proyectos anteriores, incluyendo el del escritor en apuros. Entre trago y trazo descubrió un calendario que colgaba a un costado de la puerta del baño. No le llamó la atención la gringa descolorida con cerveza en mano, sino la fecha: agosto 27. En cinco días comenzaría septiembre, mes de la patria. Pensó en sus versos a Hidalgo, Allende, Morelos; al grito de Dolores, al abrazo de Acatempan y a las agallas del Pípila. Muchos los sabía de memoria y los repasó en silencio, con el tono heroico para el que fueron escritos. Entonces le vino un renovado entusiasmo por las palabras, tal como lo sentía antes de que le informaran que la rima estaba muerta y sepultada. Buscó en su cuaderno una hoja en blanco. Aún le quedaban algunos héroes sin versificar, y se dijo que no había muerto ni sepultura que se resistieran al talento. Levántate y anda, decretó en su cabeza, se persignó con la misma mano que sostenía la pluma y comenzó a escribir.

¡Oh! desventurada patria mía

Que pagó con santa sangre de niño

La intromisión de un extraño enemigo

Porque en Chapultepec parque no había.

David Toscana

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Mi primer triatlón

April 26, 2016

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Mi primer triatlón


Conocí a Lorena hace ya unos años, en ese entonces pesaba más de 80 kg, fumadora, sedentaria. Convencerla a dejar el cigarro fue un proceso, pero lo conseguimos. Yo estudiaba para Health Coach y entrenaba triatlón. Comencé un grupo de Fitness aquí en el Facebook, donde pondría el entrenamiento para correr una carrera de 5k.
Lorena se hizo Trofóloga, cambió radicalmente su alimentación, bajó de peso dramáticamente, comenzó a entrenar la carrera. Corrió sus carreras 5k El siguiente reto que le propuse, aprender a nadar. No fue fácil, se enfrentó a muchas barreras psicológicas, tenía miedo, sufría mucho en cada sesión, hubo llanto, pero nunca se rindió. Con cada logro, se enfrentaba a otro reto mayor. Aprender a flotar, aprender el estilo libre, con sus dificultades de técnica, lograr atravesar los 25 mts, después nadar más distancia, luego vino el reto de atravesar una olímpica. Entonces cuando lo logró le dije: Sigue el triatlón, mis alumnos me dicen a veces despiadada, tal vez, yo sólo propongo lo que veo son capaces de lograr. La idea vino después de luchar un año en la alberca, el infierno azul le bautizó al agua. Mi sorpresa fue grata cuando me dijo que se había inscrito. ¡Pues a darle al entrenamiento! Con total disciplina y convicción no faltó a un entrenamiento. Y como no hay fecha que no se llegue ni plazo que no se cumpla, el día de la carrera llegó. Un día anterior últimas indicaciones. Recogió su paquete y colocó su bici. El día de la carrera, estaba lista, aunque ella pensaba que no. En su mente la idea de concluir la carrera, nada más. No importaba llegar al final, cuando ya todos se hubieran ido. Aunque sea a rastras lo haría, era su convicción y objetivo. El despertador sonó. Era la hora de empezar la gran aventura. Dieron la salida y nadó, a una velocidad que jamás imaginó. Llegar a la meta de la prueba de natación , fue el logro que nunca hubiera podido imaginar. Lo había hecho. Realizó su transición a la velocidad del rayo, casco, zapatos y a volar en la bicicleta. Concluyó la prueba de ciclismo, transición rápida, gorra, lentes y a correr. Y entonces ocurrió. La realidad dio paso a lo que ella pensaba imposible: Se convirtió en Triatleta. Lo había logrado. Muy contrario a su idea lo había hecho en un excelente tiempo. Arriesgo lo que era por lo que podía ser. Hoy me siento totalmente orgullosa de su triunfo, de su gran logro. Me dedicas tu medalla, se lo debo a mi Coach dijiste. Yo puedo decirte GRACIAS, porque eres un ejemplo de superación y disciplina, porque he aprendido mucho de ti, te aseguro, mucho, mucho más que tú de mi. ¡Muchas Felicidades, Campeona! Sé que no vas a detenerte aquí. Yo te digo sigue: Unstoppable! Porque el límite lo pones tú. Este vídeo con total admiración y cariño.

Coach Edna Basurto

“El camino de Santiago” de Patricia Laurent Kullick

August 16, 2011

La semana pasada la releí y hoy comparto frases selectas de la novela “El camino de Santiago” de Patricia Laurent Kullick. Perlas bruñidas de genialidad. Su genialidad.

1.- Debo reconocer mis precipicios.

2.- Si escucho agua abundante me lleno de terror.

3.- Mi pesadilla recurrente es una enorme ola que se levanta varios metros, pero nunca azota.

4.- Su mejor coartada es el sueño.

5.- Él es yo y yo soy él. Lo demás es un truco astral.

6.- No se puede aspirar a la armonía adentro de un cuerpo completamente contaminado.

7.- Ensayo con los ojos entreabiertos para ver largo rato el sol.

8.- Lo que nunca pude copiar es el método para el buen entendimiento.

9.- Alguna vez creí poseer el talento de la lógica. Sin embargo, fue desastroso tomar iniciativa.

10.- Nunca entendí por qué, pero nos odiábamos.

11.- Me gustó la idea de verme unida a mi familia en una batalla.

12.- Atónitas, las dos bandas pararon la pelea.

13.- Sonidos y sabores. La pirotecnia del espíritu estallado.

14.- Ningún ser humano se encuentra en la lista de mis miedos.

15.- Sea por mi carencia de lógica, perdono fácil. Santiago no.

16.- No puede eximir mis intentos de amor.

17.- Él asegura que observar los siete pecados capitales es la clave de la buena salud.

18.- Llamo gula a todo lo que me meto por la boca.

19.- La pereza se encuentra adherida a mi cuerpo como cualquiera de las extremidades.

20.- Controlo la ira como un alcohólico anónimo el vino.

21.- Los fracasos me hicieron comprender.

22.- Alguien que desea permanecer vivo es digno de toda mi desconfianza.

23.- Lo mejor que podemos hacer por el planeta y contra la decadencia es morir pronto.

24.- Uno puede copiar, pero plagiar es un arte.

25.- … no sé manejar el mundo de los egos y las palabras.

26.- Tanta pregunta me provocaba taquicardia.

27.- Es difícil hacer amigos cuando se tiene un Santiago fanático de la salud mental.

28.- Si todos nos disculpáramos, fuera la hora que fuera, no habría desamores.

29.- El sol es demasiada información.

30.- Quiero darle una muerte rápida, pero a falta de veneno, sería incapaz de golpearlo.

31.- Siempre hay un premio después del abandono.

32.- A que no te metes en el baño de hombres y bailas como africana.

33.- El intento de honestidad ha pasado.

34.- Yo era la neblina.

35.- Nuestra relación fue el silencio.

36.- ¿Qué piensa usted del vacío?

37.- Llegaban las carcajadas sin que las llamara.

38.- Cuando duermes, él acerca su nariz a tu boca abierta para inhalar tu aliento.

39.- Su pupila es un tobogán directo al abismo.

40.- ¿Qué te ofrece a cambio de los jugos vitales que te exprime?

41.- Sueño que abro los ojos.

42.- Su pelo son espinas que rasguñan mi cuello.

43.- Santiago susurra a cualquier hora del día.

44.- El encuentro más terrorífico que tengo en mi álbum sucedió con un perro.

45.- No sé cuánto dure el efecto del sedante.

46.- Sé que jamás saldrá de Santiago palabra inteligible

Lorena Sanmillán

La albanesa

April 22, 2011

Juan Villoro publicó este artículo hoy en El Norte. Lo comparto.

La albanesa

Participé en un congreso literario en una pequeña ciudad de España. Llegué en la víspera, de noche, y encontré a los participantes en el bar. Hablaban de un solo tema: una de las participantes era una escritora de Albania que había sufrido horrores en su país. Autora de una sola novela, triunfaba en numerosas lenguas. Lo más comentado, sin embargo, era su belleza. Quienes la habían visto llegar trataron de describirla.

Aunque habían quedado igualmente deslumbrados, la compararon con distintas divas de Hollywood: “imagínate a una Michelle Pfeiffer morena”, “es como Ava Gardner, pero más sutil”, “se parece a Natalie Portman, pero alta”.

También un escritor de Trieste y una novelista de Badajoz se unieron tardíamente al grupo. Nos sorprendió el entusiasmo de los otros y su incapacidad de definir el aspecto preciso de esa autora con méritos de musa.

Otro asunto de interés era la causa por la que ella no estaba con nosotros. Había decidido cenar en su cuarto porque acababa de sufrir un drama personal. A su atractivo, ya mítico, se agregaba la inquietante posibilidad de que pudiera ser consolada.

Obviamente alguien que se encerraba a cenar una botella de agua mineral y una tortilla de patatas (el menú fue investigado por un poeta de Córdoba) no estaba interesada en encontrar entre nosotros remedios para su melancolía. Pero la imaginación es generosa y se contagia: todo mundo anhelaba a la escritora ausente.

Al día siguiente, las sesiones comenzaron con los solemnes discursos de siempre y miradas ávidas en pos de la albanesa. La localicé en primera fila. Era de una belleza deslumbrante. Sus ojos transmitían una tristeza color miel, los sufrimientos padecidos de niña bajo un régimen autoritario, la ardua lejanía del exilio. Tenía una especial forma de enredarse el pelo en giros rápidos, demostrando que en otro tiempo había usado trenzas severas, siguiendo alguna costumbre de la aldea donde nació. Sus ropas revelaban una adecuada mezcla de culturas; tenían el elegante descuido de una actriz que representa un papel de corresponsal de guerra, complementado por una profusión de collares con cuentas de colores (artesanías de su país, seguramente).

“Ahí está”, dijo a mi lado el escritor de Trieste. “Sí”, asentí en un tono casi devocional, hasta que advertí la dirección que indicaba su índice: una morena lo había cautivado. “¡Mírala! ¡Qué bellezón!”, exclamó al otro lado la novelista de Badajoz, señalando a una chica castaña, de mediana estatura, pecosa, con simpática sonrisa de criadora de cachorros.

¿Cómo podían equivocarse de ese modo? La albanesa era la “mía”. Este pensamiento absurdo fue derrotado en el acto: la mujer en la primera fila se agachó para recoger una cámara, se puso de pie y procedió a retratar a los participantes.

Al poco rato me la presentaron como Lola, fotógrafa del encuentro. Despojada de mis fabulaciones, me pareció agradable y nada más.

La prefiguración de la albanesa había servido para confundirla con otras mujeres. El congreso se transformó en una reflexión sobre el papel de la fantasía en el deseo.

Cuando finalmente llegó al estrado, la albanesa fue menos impactante que su leyenda. No se quitó los lentes oscuros al hablar de su novela, que trataba de la persecución de la belleza en Albania. Su madre había padecido un oprobio que ignorábamos en Occidente: era muy hermosa en una sociedad que odiaba la singularidad. Había sido discriminada por sus facciones en la misma forma en que el mediático Occidente discrimina la fealdad.

La autora se había exiliado en Italia, cuya tradición se funda en la belleza, en busca de alivio a las persecuciones sufridas por su madre. Ahí encontró otra esclavitud: la tiranía de la apariencia, la opresión de la moda, la subordinación a los códigos estéticos masculinos.

Descastada, condenada al ostracismo en Albania, su madre no podía verse en el espejo. Ella temía hacer lo mismo en Roma por temor a ser anulada, estandarizada, consumida por la ávida sociedad del espectáculo.

Mientras más hablaba, más limitados nos sentíamos. Sin embargo, poco a poco nos reconciliamos con nuestros malentendidos. La belleza es siempre disruptiva. Nadie había podido precisar el aspecto de la novelista y quienes oímos esas descripciones se las atribuimos más tarde a distintas personas; algunas desmerecieron al no poseer su aura, otras revelaron un misterio propio.

En cierta forma, los rumores previos a la exposición contribuyeron a la causa de la albanesa, interesada en discutir la fragilidad cultural de la belleza femenina y las amenazas que provoca. Enemiga de la manipulación y el dominio, propuso recuperar la fabulación liberadora, esencia misma del hecho estético: “Las cosas no son bellas en sí mismas; son bellas por el modo en que las vemos”, citó a Poe.

“Tiene razón”, dijo la novelista de Badajoz, viendo a la chica de pelo castaño. Gracias a que pensó que ella era la albanesa comenzó a amarla.

Acabo de recibir una postal. La novelista de Badajoz y su chica viven juntas, son felices y acaban de adoptar una perrita. Se llama Albania.

opinion@elnorte.com

Juan Villoro

Estructura un deseo

April 21, 2011

Estructura un deseo

y míralo por todos lados.

Púlelo para que brille

y ponlo en un pedestal.

Deja que le pegue el aire

a ver si no se vuela.

Deja que otros lo miren

a ver si no se borra.

Repítelo como mantra

para que no se olvide.

Escúpelo de sorpresa

y mide su reacción.

Aplícale la Ley del Hielo

a ver si se derrite.

Después de todo eso

ponte a trabajar

para hacerlo realidad.

 Poema de Fernando. J. Elizondo Garza.

Lorena Sanmillán

Himno a Monsiváis

April 21, 2011

Un día como el de hoy, pero distinto,

cuatro de mayo que pudo ser de junio,

día de corazonadas y melates,

batallaba tu madre al lado de un ejército de orates.

Henchida de valor y fortaleza,

del brazo de mamá naturaleza,

con la certeza que al llegar el alba

coronada sería triunfante y victoriosa,

única reina y madre vencedora

de la batalla que puebla pueblo.

Cuatro de mayo histórico en que viniste al mundo,

envuelta en el capelo de la claravidencia,

como virgen purísima brilló tu inteligencia.

Oh, Monsiváis, oh, mina de amatista,

tu cálida sonrisa diamantina

descubre tras los velos de odalisca

tu prístina visión capitalina.

Oh, Monsiváis, tus manos escritoras,

envidia de princesas y de zares,

diminutas, profetas y cantoras,

amapolas en flor de La Portales.

Oh, Monsi, Monsi, bendito entre los mitos,

los hombres, las mujeres y los otros

nos hicimos la vida de cuadritos

buscándote otro apodo que Carlitos.

El cerebro quemáronse urbanistas

en un despliegue de calendarismo,

al sonoro Huapango de Moncayo

la calle se llamó 5 de Mayo.

Alborotose tanto el peladaje

sintiendo mancillado su plumaje

que a medio siglo de feroz contienda.

Hoy reza fulminante la leyenda:

Mexicanos que cruzáis el pantano

a pata, en coche o en transporte urbano,

de catedral a Bellas Artes vais

iréis por la avenida Monsiváis

si vais, iréis,

iréis por la avenida, Monsiváis.

* Corrido compuesto por Liliana Felipe y Jesusa Rodríguez

Lorena Sanmillán

El verbo reflexivo (Karen Batres)

March 7, 2011

Comparto artículo de Karen Batres. Escrito en Mayo de 2004. Publicado en El Norte.

El verbo reflexivo

Los periódicos nos informan que una pareja salió con lesiones leves cuando el carro en el que viajaban chocó.

Ya me imagino la conversación angustiosa momentos antes del impacto:

 

-“Ay, amorcito, el carro va un poco rápido, ¿no te parece? Y el pavimento está mojado”.

-“Pues sí, mi bien, pero, ¿qué quieres que le diga? Total, estamos de pasajeros”.

-“¡Mira, mira! ¡Se dirige hacia ese poste de luz!”.

-“¡Carajo! ¡Agárrate, que el carro se va a chocar!”.

Si nosotros nos reflejamos en el idioma, y si el lenguaje a la vez nos conforma, ¿qué pensar de un estilo de hablar que con tanta facilidad nos libera de la responsabilidad de nuestros actos y omisiones? Enfrentamos diariamente situaciones en las cuales el verbo reflexivo nos permite dar pases de pecho a la responsabilidad personal:

 

-“Se me hizo tarde”. ¿Qué? ¿Transcurrió el tiempo misteriosamente, como por arte de magia, y ¡oh sorpresa!, el reloj me agredió?

No, chiquito, lo que sucedió es que no tomé en cuenta todos los factores involucrados en llegar a tiempo, o no quise llegar a tiempo, o estaba haciendo algo que me interesaba más, o simplemente me quedé roncando más de la cuenta, y por mis actos y omisiones, no llegué a la hora indicada a donde tenía que estar.

El verbo reflexivo, sin embargo, diluye mi irresponsabilidad y solapa el hecho de que no solamente no pude respetar un acuerdo explícito o tácito de estar en algún sitio a cierta hora, sino que esconde un hecho mexicano por excelencia: me tomo el privilegio de gastar no sólo mi propio tiempo, sino también el tuyo.

En Regiolandia, a diferencia de mi querida Chilangolandia, la buena dosis de obsesividad que compone el carácter regional fomenta el trabajo productivo y evita los peores excesos del verbo reflexivo en cuestiones de tiempo. El nuevoleonés tiende a vivir su trabajo como un elemento valiosísimo de su vida y ello impide que desperdicie su tiempo o el de los demás.

Pero, escuche Ud. cualquier comentario político para entender que el verbo reflexivo está vivito y coleando en Monterrey, salvando las metidas de pata, diluyendo actuaciones individuales o, como en el caso del ciudadano común, salvándolo de una responsabilidad personal, como veremos más adelante.

“Se manejó una situación, se llegó a la conclusión, se estuvo consultando…”, nos informa el político, el presidente municipal, el funcionario público. Hasta parece la letra de una canción ranchera.

No, no “se manejó” una situación. No hubo fuerzas ni oscuras ni iluminadas que bajaron del monte para encargarse de un problema político o social, ni hubo conclusiones que se entregaron por Fedex, ni hubo consultas que se consultaron a sí mismas. Nuestros representantes electos hicieron algo, o intentaron hacer algo, tomaron opiniones, y decidieron seguir un camino u otro.

De paso, ya que en eso andamos, pido que los congresistas elaboren una iniciativa de ley que prohíba el uso de la palabra “situaciones” de parte de ellos mismos en los comentarios ante los medios de comunicación, puesto que esta palabra noble la usan para borrar los lineamientos duros de los hechos.

Llamen las cosas por sus nombres, mis valientes. El desfalco es el desfalco, la protesta civil es la protesta civil, y el trabajo legislativo lo hicieron o no lo hicieron ustedes.

No son “situaciones”. Si no tienen el valor de llamar las cosas por su nombre, mejor no hablen.

Porque el que no puede aceptar las consecuencias de sus actos, tampoco puede atribuirse los méritos, aunque muchos intentan hacerlo. Las pasadas elecciones en nuestro estado deben comprobarlo para los que todavía duden.

Curiosamente, los felices habitantes de nuestra gran urbe sufren un virus reflexivo semejante en el área de la vida cotidiana en donde nos mostramos irresponsables, ineptos y, aparentemente, incapaces de componernos: la manejada.

En los “momentos viales” de esta ciudad, el verbo reflexivo anda acompañado por un carro fantasma que hace su aparición en un gran número de los accidentes automovilísticos. Es el siniestro auto que “se me cerró”, provocando un choque.

¿No se han fijado que, cuando se reporta un accidente vial, figura grandemente este fantasmal auto? Ahí está el carro chocado, el conductor alterado y asustado, incrustado en un poste y lamentando el hecho de que se le cerró otro auto. El afectado nunca recuerda el modelo, a veces ni el tamaño, mucho menos las placas o los rasgos del chofer (aunque existe la posibilidad de que aquel auto no tenga chofer, como todo buen vehículo fantasmal).

Las bondades del carro fantasma estriban en que éste permite el desprendimiento del verbo reflexivo, erigiéndose en su lugar: “Se me cerró un carro” se traslada a “otro carro me cerró el paso”. Ahora sí nos hemos distanciado de la responsabilidad de haber manejado estúpidamente: demasiado rápido en pavimento mojado, marcando el celular para intercambiar el chisme más reciente con la comadre o para girar órdenes a la sirvienta sobre la comida, hurgando debajo del asiento del pasajero para recuperar el CD que dejamos caer, o con bebidas alcohólicas adentro.

Comienzo a sospechar que será necesario que cuando a las mujeres nos entregan la licencia de manejar, se incluya un instructivo sobre su uso, ya que parece que el carro fantasmal hace su aparición con gran frecuencia en el camino automovilístico del género femenino. Por algo será.

“En caso de emergencia, saque de su estuche conceptual el vehículo fantasma. Aplíquese sin restricciones en toda situación a manejarse y mientras Ud. maneja. Una vez adiestrada en su uso, no será necesario aplicar conjuntamente el verbo reflexivo, pero se aconseja guardar éste, ya que es útil en un número sinfín de situaciones difíciles, con el fin de lavarse las manos de la conducta personal y atribuirla al limbo vital”.

Karen Batres

karen_batres@yahoo.com

 

Lorena Sanmillán

El pájaro que habla, el árbol que canta y el agua de oro.

February 11, 2011

Comparto hoy un cuento de Las mil y una noches que me gusta mucho. De mis favoritos en la infancia. Disfruté su lectura en el libro “Lecturas clásicas para niños” editado en 1979. Es inolvidable el recuerdo de ese sábado cuando lo vi con Cachirulo en su programa Teatro fantástico. No es exactamente la versión que yo leí, pero aún así es disfrutable su lectura.

Historia del pájaro que habla, el árbol que canta y el agua de oro

Hubo en otro tiempo un Sultán de Persia, llamado Koruscha, al que agradaba recorrer de noche, disfrazado, las calles de su ciudad en busca de lances y aventuras. Una noche conoció a una muchacha de familia humilde, pero tan discreta y hermosa, que se prendó ciegamente de ella y decidió hacerla su esposa, celebrándose, poco después las bodas, fastuosamente.

Las dos hermanas de la elegida, llenas de celos y envidia, resolvieron vengarse de la nueva Sultana a toda costa. Y valiéndose de toda clase de intrigas consiguieron apoderarse del primer hijo que tuvo su hermana, arrojando al agua al recién nacido dentro de una cesta, en el canal que pasaba por los jardines de palacio. Luego fueron a ver al Sultán y le dijeron que su hermana había dado a luz un gato. Mucho se dolió el Sultán al recibir tan triste noticia, y mandó que sobre ello se guardara el mayor secreto.

Pero una feliz casualidad salvó la vida del inocente niño. El intendente de los jardines, que llevaba largos años casado sin tener hijos, vió la cesta flotando en el agua, la recogió, y al hallar al hermoso recién nacido decidió llevarlo a su casa, buscarle una nodriza y criarlo como si fuera hijo suyo.

Al año siguiente la Sultana dió a luz otro príncipe, y las perversas hermanas lo colocaron también en otra cesta y lo arrojaron al canal, diciendo al Sultán que su hermana había dado a luz un nuevo monstruo. Afortunadamente, el niño fué recogido del mismo modo por el intendente de los jardines.

Finalmente, la Sultana dió a luz una hermosa princesa, y la inocente criatura corrió la misma suerte que sus hermanos, siendo arrojada al canal y recogida por el intendente.

El Sultán, desesperado por tanta desgracia, concibió un gran odio contra la Sultana, y ordenó al Visir que la hiciese encerrar en una jaula de madera, vestida con groseras telas, y que quedara expuesta así al escarnio público en la puerta de la mezquita para que todo musulmán le escupiera en el rostro al ir a hacer sus oraciones.

El intendente crió a los príncipes con ternura paternal, que aumentaba a medida que crecían en edad y revelaban todos ingenio extraordinario, y la princesa una belleza sorprendente. Los tres hermanos, llamados ellos Baman y Perviz, y la princesa, Panzada, estudiaron con un preceptor geografía, poesía, historia y ciencias; haciendo tales progresos

en poco tiempo que pronto aventajaron a su maestro. También aprendieron toda clase de juegos: montar a caballo, cazar, danzar y arrojar la jabalina. Así crecieron y se educaron aquellos príncipes, alegrando los últimos años del buen intendente, al que creían su padre, el cual murió sin revelarles el secreto de su nacimiento, dejándoles herederos de sus riquezas, de una magnífica casa de campo rodeada de jardines y un ancho bosque lleno de ciervos y leones.

Un día en que los dos príncipes habían salido de caza y Parizada quedó sola en el palacio, llegó una peregrina musulmana rogándole que le permitiera entrar para hacer sus oraciones. La princesa la atendió solícitamente, dándole la hospitalidad que manda la ley y ofreciéndole presentes y agasajos. Cuando la anciana iba a retirarse, agradecida por tantas atenciones, dijo a la princesa:

-Señora, vuestra casa es espléndida, alhajada con magnificencia y situada en un paraje encantador. Sólo tres cosas le faltan para ser el más delicioso palacio del mundo.

– ¿Y qué cosas son ésas, mi buena madre?

-preguntó Parizada.

-El pájaro que habla, el árbol que canta y el agua amarilla de color de oro, de la cual basta una sola gota para hacer un surtidor que jamás se consume.

-Hermosas cosas son ésas, mi buena madre. Pero ¿cómo saber dónde se hallan?

-Las tres se hallan juntas en el mismo lugar, en los confines de este reino. La persona que quiera encontrarlas no tiene más que caminar veinte días sin descanso, siguiendo siempre el camino que pasa por delante de esta casa. Al cumplirse los veinte días encontrará a un anciano, y él le dirá dónde se hallan las tres maravillas.

Y dicho esto desapareció.

Hondamente preocupada quedó la princesa con esta revelación, y en cuanto regresaron sus hermanos les contó todo lo sucedido. El príncipe Baman se levantó de repente, diciendo que había resuelto ir en busca del pájaro, del árbol y del agua de oro para tener el placer de regalárselos a su hermana. De nada sirvieron las palabras y ruegos de sus hermanos para hacerle desistir de tan arriesgada empresa. En un momento hizo Baman sus preparativos, y al despedirse entregó a su hermana un cuchillo envainado, diciéndole:

-Mira de vez en cuando la hoja de este cuchillo. Mientras la veas brillante, nada temas. Pero si vez que se empaña y gotea sangre será que alguna desgracia me ha ocurrido. Llora entonces por mí.

Y abrazando a sus hermanos por última vez el valeroso Baman montó a caballo y se alejó en línea recta por el camino que la anciana había indicado.

Atravesó toda la Persia y al cumplirse los veinte días encontró a un anciano de larga barba blanca, sentado bajo un árbol, cubierto con una mísera estera y tocado con un sombrero de anchas alas en forma de quitasol. Era un sabio derviche retirado de las vanidades del mundo.

El príncipe echó pie a tierra y le habló así:

-Buen derviche: vengo de lejanas tierras en busca del pájaro que habla, el árbol que canta y el agua de oro. ¿Podríais indicarme dónde se encuentran?

-Señor -respondió el derviche-, conozco ese lugar. Pero el peligro a que vais a exponeros es inmenso. Muchos valerosos caballeros han pasado por aquí y me han hecho la misma pregunta, y ni uno solo ha vuelto de la atrevida empresa. No sigáis adelante; volveos a vuestro país.

-No conozco el miedo, ni me importan los peligros. Os suplico que me indiquéis el camino.

Viendo el derviche que de nada servían sus prudentes consejos, sacó una bola brillante de un saco que tenía junto a sí y la presentó al joven.

-Tomad esta bola -le dijo-. Echadla a rodar y seguid tras ella hasta la falda del monte donde se pare. Bajaos entonces del caballo, que os esperará allí, y subid a la cumbre de la montaña. Econtraréis a derecha e izquierda una multitud de piedras negras y oiréis una confusión de voces que, con insultos y amenazas, tratarán de haceros retroceder. No miréis atrás, porque si lo hacéis os convertiréis al punto en una piedra negra como las otras, que son otros tantos caballeros encantados. Si lográis llegar hasta lo alto, allí veréis una jaula, y en ella el pájaro que habla; pregunta, y él os dirá dónde están el árbol que canta y el agua de oro. Ahora haced lo que os parezca, y que Alá os proteja.

Agradeció Baman las palabras del anciano; tomó la bola, y echándola a rodar siguió detrás hasta la falda de una montaña. Dejó allí su caballo y comenzó la ascensión entre las filas de piedras negras. Apenas habla dado cuatro pasos, comenzó a oír las voces de que le habla hablado el derviche; unas se burlaban de él, otras le insultaban, otras proferían terribles amenazas. El príncipe siguió subiendo intrépidamente, pero las voces llegaron a hacer tan amenazador estruendo rodeándole, que sus rodillas empezaron a temblar. Volvió la cabeza para retroceder y al instante quedó transformado en una piedra negra, lo mismo que su caballo.

Parizada llevaba siempre a la cintura el cuchillo que su hermano le entregó al partir. Un día, al mirar su hoja, la vió chorreando sangre, y la pobre princesa lloró amargamente la desgracia de Baman.

Pero Perviz era animoso y valiente, y no podía conformarse como ella con llorar a su hermano. Así, pues, decidió intentar la misma empresa, y se aprestó a partir en seguida sin dar oídos a los lamentos de Parizada, que temía perder a los dos y quedarse sola en el mundo. Antes de partir, Perviz entregó a su hermana un collar de perlas de cien cuentas, diciéndole:

-Repasa diariamente las cuentas de ese collar. Si un día las perlas no corren, como si se hubieran pegado unas a otras, será que me ha ocurrido alguna desgracia. Llora entonces por mi.

Y abrazándola amorosamente montó a caballo y siguió el mismo camino que su hermano.

A los veinte días encontró al derviche en el mismo lugar, bajo el mismo árbol; le hizo iguales preguntas, recibió las mismas indicaciones y consejos, y tomando la bola brillante que el anciano le entregó, la echó a rodar y siguió tras ellas hasta la falda del monte. Descabalgó allí y comenzó a subir a pie la cuesta bordeada de piedras negras. Pero apenas había dado unos pasos oyó una voz amenazadora que decía:

– ¡Aguarda, cobarde; no huirás de mi venganza!

El príncipe era impulsivo y valiente, y al oír tal amenaza tiró de su espada sin poder contenerse y se volvió para castigan al insolente. Y apenas lo hubo hecho quedó convertido en piedra negra, lo mismo que su caballo.

Grande fué el dolor de Parizada cuando supo por las cuentas del misterioso collar la desgracia de su hermano. Pero en su corazón había decidido lo que habría de hacer llegado el caso, y sobreponiéndose a su dolor montó a caballo, bien armada y vestida de hombre, y se puso en mancha, siguiendo el mismo camino de sus hermanos.

A los veinte días encontró al anciano derviche, al que hizo las mismas preguntas que sus hermanos. De las indicaciones que recibió dedujo que lo más difícil de la empresa era lograr dominarse al oír las voces, y su astucia de mujer le sugirió un ardid para librarse de ellas. Y fué el de taponarse con algodones los oídos, hecho lo cual arrojó la bola brillante, siguió tras ella hasta la falda del monte, dejó su caballo y empezó a subir la cuesta.

Centenares de voces salían de todas partes; unas con insultos groseros, otras con terribles amenazas, y la princesa las oía, a pesar de los algodones. Su ánimo estuvo a punto de desfallecer; empezó a temblar, pero el recuerdo de sus hermanos le infundió nuevo valor, y apretando el paso, entre un cerco de voces que a cada momento crecían y resonaban cada vez más terribles, llegó a la cumbre, donde vió una jaula con un pájaro de maravillosos colores. Inmediatamente se apoderó de la jaula, llena de gozo, y preguntó al pájaro:

-Dime, ave maravillosa, ¿dónde está el agua de oro?

El pájaro le indicó el camino, y la princesa llenó en el agua amarilla un pequeño frasco de plata. Luego le preguntó por el árbol que canta, y el pájaro respondió:

-Ahí en el medio del bosque lo hallarás. Corta una rama y plántala en tu jardín; pronto crecerá y será un árbol frondoso, con la misma virtud que el árbol padre.

Guiada por el mágico concierto no tardó la princesa en hallar el árbol sonoro, cuyas hojas, al ser movidas por la brisa, producían una dulce música. Cortó una pequeña rama sonora, y vuelta junto al pájaro preguntó otra vez:

-Mis hermanos están aquí encantados, convertidos en piedras negras. ¿Qué haré para salvarlos?

-Derrama una gota del agua maravillosa sobre cada piedra.

Así lo hizo Parizada, y con la jaula, la rama de árbol y el frasco de plata comenzó a bajar la ladera, derramando una gota de agua amarilla sobre cada piedra. Al instante el encantamiento se desvanecía, y en el lugar de cada piedra negra aparecía un caballero. De este modo volvieron a la vida los príncipes Baman y Perviz, los cuales abrazaron a su hermana con lágrimas de gozo.

Y en posesión de las tres maravillas regresaron a su palacio, escoltados por todos los caballeros salvados por el valor de la princesa, los cuales le rindieron pleitesía y la colmaron de bendiciones.

Llegados a su casa, Parizada puso la jaula en su jardín, y apenas el pájaro comenzó a cantar cuando los ruiseñores, las alondras, los pinzones y malvises, todos los pájaros del cielo, vinieron a su lado a aprender el maravilloso canto. La rama se plantó en un cuadro del mismo jardín; arraigó al instante, y en poco tiempo se hizo un árbol frondoso, cuyas hojas producían los más dulces sonidos. Y en medio del parque se levantó una taza de mármol blanco, donde Parizada derramó su frasco de agua de oro, elevándose al momento un surtidor de veinte pies de altura, que nunca se agotaba.

La nueva de tales portentos cundió pronto por todo el reino, y llegó hasta el mismo palacio del Sultán, el cual, al saber que los dueños de aquel jardín eran los hijos de su antiguo intendente, mostró deseos de conocerlos, y decidió ir en persona a admirar la casa maravillosa.

Cuando Parizada supo que su casa iba a ser visitada por el Sultán no cabía en sí de gozo y consultó al pájaro acerca de lo que debería servirle a la mesa.

-Lo que más le agrada -respondió el pájaro- es un plato de calabaza, con rellenos de perlas.

Suspensa quedó la princesa ante esta peregrina respuesta, y sin saber que pensar. Pero el pájaro insistió, diciendo:

-Cava de madrugada al pie del primer árbol del jardín. Allí encontrarás las perlas que necesitas.

Así lo hizo Panzada, encontrando un cofrecito de oro lleno de perlas, todas iguales y hermosísimas. En seguida dispuso un espléndido banquete para obsequiar al Sultán, mientras sus hermanos fueron a la corte para unirse a su séquito.

Llegados a la casa, el Sultán conversó largamente con Parizada y sus hermanos, quedando encantado del ingenio y discreción que en los tres se descubría. También hizo grandes elogios de la casa y el jardín, que compraró a su propio palacio. Cuando vió el surtidor de oro se detuvo maravillado:

-¿Dónde está el manantial de este surtidor dorado que no tiene igual en el mundo?

La princesa no contestó a esta pregunta, y le condujo ante el árbol que canta. Allí creció el asombro del Sultán:

– ¿Dónde están los músicos que producen este armonioso concierto? ¿Cómo es que no los veo? ¿Están bajo la tierra o invisibles en el aire?

Tampoco a esto contestó la princesa, y le condujo ante el pájaro que habla.

-Esclavo mío -dijo Parizada-, he aquí al Sultán. Salúdale como merece.

Dejó el pájaro de cantar, y respondió:

-Sea bien venido el Sultán de Persia, a quien Alá colme de venturas.

El Sultán no salía de su asombro ante tales portentos, y apenas se atrevía a dar crédito a sus ojos y a sus oídos. Sentáronse luego a la mesa, y cuando vió la calabaza rellena de perlas se quedó pasmado, mirando alternativamente a los príncipes y a la princesa, sin comprender la razón de tan extraño guiso.

-Señor -dijo entonces el pájaro-, ¿os maravilláis de ver un relleno de perlas y no os maravillasteis de que vuestra esposa diera a luz tres monstruos.

-Así me lo aseguraron -respondió el Sultán sorprendido.

-Sí, pero fué un engaño de las hermanas de la Sultana, envidiosas de su suerte. Vuestra esposa dio a la luz una hermosa hija y dos hijos, que fueron arrojados al agua por sus hermanas y recogidos y educados por el intendente de vuestros jardines. Y vuestros hijos son esta bella princesa y esos dos príncipes que tenéis a vuestro lado.

Al oír estas palabras el Sultán y sus hijos se abrazaron derramando lágrimas de alegría y su corazón estallaba de felicidad.

Al día siguiente el Sultán hizo prender a las dos envidiosas hermanas, las cuales confesaron su crimen; pidió públicamente perdón a su esposa, y la inocente Sultana fué sacada de su cárcel de madera y vuelta, con sus hijos, a sus honores y a la felicidad de su palacio. El pueblo, al saber tan fausto acontecimiento, se agolpaba por las calles aclamando a sus jóvenes príncipes.

Así vivieron felices largos años. Y en sus jardines siguió cantando el pájaro maravilloso, atrayendo a los ruiseñores y las alondras, los malvises y pinzones, que de toda la Persia venían a aprender su canto.

Lorena Sanmillán

Amaya, ¿ya te aliviaste?

January 25, 2011

Amaya, ¿cómo se cierra una bufanda en telar? le pregunté en el Facebook una de las primeras ocasiones que interactué con ella. Al día siguiente amanecieron en mi inbox tres videos de cómo cerrarlas.

Amaya, ¿puedo usar un texto de tu blog para el suplemento cultural de la Revista La Quincena? Como respuesta tuve una aprobación tan contundente como para celebrarse.

Amaya, ¿podrías pasarme un texto sobre ecología para antier? Cerraba edición el lunes y aún no completo los textos, ya es miércoles, ¿podrías? Para las tres de la mañana tenía en mi buzón un texto completo, práctico y hasta con fotografías sobre Jesús León Santos.

Amaya, ¿tienes cáncer? Sí. El sí de respuesta en esta ocasión no fue inmediato, se tardó en responder debido a los tratamientos que necesita llevar para luchar contra su enfermedad y que la han mantenido fuera de sus territorios cibernéticos.

Hay amigos a los que les puedes pedir un favor y es casi obligación que lo hagan y enojo seguro si no lo hacen.  Hay quien te dice que sí lo hará y luego se olvida. Hay conocidos y amigos del facebook a los que les pides un favor y de inmediato responden. La sorpresa es grata, mayúscula. Amaya es así.

Me hice adicta a sus entradas en el Twitter, a las cosas que postea en su blog, a sus diseños de bufandas. #yoconfieso que más de una vez googlee varias de las cosas que mencionaba en sus artículos para saber de qué iba la cosa. Siempre sonaba interesante, amena y concisa. No siempre coincidíamos en gustos ni en opiniones, pero siempre salía ganando algo. La ignorancia sobre temas insospechados quedaba descartada. Y ha de señalarse algo innegable en su expresión: su dinamismo, la generosidad para compartir su punto de vista acerca de asuntos cotidianos, su mirada crítica acerca de las situaciones trascendentes.

Este pasado diciembre de pronto dejé de verla en el Twitter y en el Facebook. Hay gente que oscila su estadía, amén de que estos últimos meses del año son para las carreras locas inherentes a las fiestas. Sin embargo, en su muro, alguien posteó un mensaje que me preocupó. Le preguntaban si se sentía bien y le mandaban las mejores vibras para la situación que vives en estos momentos tan difíciles. Me preocupó su hijo recién nacido, su familia, su entorno inmediato. Como buena stalker investigué en su profile. Cáncer fue la palabra que encontré más veces.

La sonrisa con la que imagino a su hijo se borró en el holograma de mi mente. Cáncer de pulmones. Cáncer de fémur. Cáncer de no sé qué otra parte del cuerpo. Cáncer, pues.

Seguramente era fumadora, pensé cuando vi lo de los pulmones. De inmediato recordé su twitter “El único cigarro que me he fumado fue a los 25”. También vino a mi mente que alguna vez posteó algo sobre correr un maratón y de cuando en cuando ponía un cronómetro y la distancia que había recorrido en ese lapso de tiempo. Entonces es deportista. No se pueden entender las causas del cáncer. Creo que a todos nos asusta. Ahora bien, el cáncer no siempre ataca el órgano que se supone ha de ser su blanco.

Ante esta enfermedad, no hay recursos económicos suficientes para afrontarla. Saber ser amiga la ha hecho tener amigos. En su nombre y para colaborar a sufragar los gastos de sus tratamientos se han creado cuentas de banco, se han realizado ventas de flores, rifas y demás.  Comparto la infomación.


Quien pueda, quien quiera, los invito a que depositen lo que puedan, lo que quieran. Nada es poco. Pensemos  por un momento en la palabra “solidaridad” , activemos el karma por si alguna vez nos vemos en una situación tan desfavorecedora como ésta.  Retransmitamos esta información. A ninguno nos sobra el dinero, pero a ella le hace falta. ahora. Si algún médico lee este blog y quiere colaborar con sus conocimientos, también es bienvenida la ayuda. Es hora de tenderle la mano a Amaya.

Amaya, querida Amaya, me da mucho gusto saber que te has sentido un poco mejor y has reactivado tu blog desde la silla de ruedas. Es mi deseo que todo resulte de lo mejor. La lección que esta enfermedad tiene para ti, sé que nos la podrás compartir. Seremos mejores por haber crecido contigo. Algún día no tan lejano, el cáncer será sólo una anécdota más de las que leemos en tu blog,  y volverás a cobijarnos con tu bufanda de ingenio y creatividad.  Guardo para ti una pregunta que espero me la respondas con un “Sí” rotundo: Amaya, ¿ya te recuperaste?

Un abrazo, mujer querida. Un abrazo, mujer guerrera. Recibe la lección que esta etapa guarda para ti y dale una lección a esa enfermedad que pretende terminar contigo. Lo mejor para ti, para Alex y tu hijo.

Lorena Sanmillán


Los dones (Germán Dehesa)

September 4, 2010

Comparto mi artículo favorito de Germán Dehesa. Publicado en El Norte el 1 de Julio de 1994, día en que cumplió 50 años.

Los dones

Gracias quiero dar al infinito laberinto de las causas y los efectos por los incontables dones que la vida me ha prodigado; por un hombre que pasó de la costa cántabra a Xalapa, Veracruz y trajo consigo mi apellido; por un oscuro militar que defendió Chapultepec y que también está en mi sangre; por mis cuatro abuelos que adivinando al nieto que les esperaba fallecieron antes de que yo naciera; por mi madre que antes de darse de alta en el Opus Dei contaba chistes colorados llenos de gracia; por el sonriente soñador comunismo de mi padre, que me enseñó a leer y me enamoró para siempre de los libros y de la vida; por mi hermano que agonizó a lo largo de 30 años sin perder el verde brillo de sus ojos y una sonrisa muy dulce; por mi hermana tan querida y tan magnífica doctora; por los parques de mi infancia; por los maristas que se esforzaron quizá sin mucho fruto por educarme; por la música de Mozart que es un joven deleite que aún me acompaña; por el silbato del afilador, las campanas de los helados, el pregón de las alegrías rumores de ayer que mi memoria escucha; por las flores, los mercados, la infinita algarabía de aromas y colores que es mi país; por el asombroso helado de guanábana; por una pedrada que, a los 12 años, me dejó tuerto pero interesante; por los huauzontles que son lo más rico del mundo; por Cervantes que al soñar a Quijote descubrió el mejor territorio de mi espíritu; por la palabra que para ser mágica tiene que ser verdadera; por la UNAM donde conocí a las letras y a las mujeres y me volví persona; por la dignidad de Javier Barros Sierra; por el Hotel María Isabel donde fui bell boy nocturno y adquirí el insomnio y la obra entera de Balzac; por mis maestros y mis doctores que poniéndome y quitándome me han dado cuerpo y alma; por la maestra Concepción Paula, amiga de siempre, compañera y madre de mis hijos y que es, por mucho, la mejor cronista de la vida urbana; por aquel infarto que me hizo descubrir que tenía yo corazón; por Carlos Gaos, Pedro Serrano y Agustín Arias que han hecho de mi vida cosa suya; por Leonardo Santarelli que mira por mí; por mi hijo que se llama Angel que es más tímido y más inteligente que yo; por mi hija Juana Inés que es un jardín secreto; por la pequeña Mariana que me dibuja campos de futbol y está chimuela y loca de contento; por la coreografía del universo y sus puntuales estaciones; por lo que los hombres han pensado, escrito, pintado, edificado, esculpido, soñado, bailado, gozado y sufrido y que yo contemplo con inmenso orgullo; por las emocionantes mujeres que he querido y queriéndome han hecho que florezca; por el amigo conocido ayer, o hace 40 años que le ha dado firmeza y cauce a mis sentimientos; por mis alumnas cuyo pensamiento confluye amorosamente con el mío; por el inalcanzable Unicornio, emblema de belleza y lugar de trabajo y amistad; por mis alumnos que sobrevivieron a mis clases y hoy son ciudadanos; por mis escasos enemigos que tan útiles me han sido; por tanto quirófano visitado; por el intenso tiempo mexicano que me ha tocado vivir y que quizá nos permita provocar el amanecer de la democracia; por la loca, terrible, electrizante y apasionante Ciudad de México; por Venecia que no conozco; por las voces de Alfredo Zitarrosa y Lucha Reyes; por el periódico El Norte, que vale la pena y la alegría; por Borges que me dicta estas palabras; por tantos seres dignos y decentes que he conocido; por la felicidad que sí existe; por estos 50 años que son un sueño y un suspiro; por mis lectores que corrigen y mejoran lo que escribo; por mi país que me ha dado todo, es decir Adriana que ahora espera, prodigioso miligramo, un hijo mío.

Germán Dehesa

Lorena Sanmillán