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Los motivos del lobo

October 5, 2018

El varón que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
el lobo de Gubbia, el terrible lobo,
rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertes y daños.

Fuertes cazadores armados de hierros
fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.

Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz
contra él. Francisco, con su dulce voz,
alzando la mano,
al lobo furioso dijo: ?¡Paz, hermano
lobo! El animal
contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: ?¡Está bien, hermano Francisco!
¡Cómo! ?exclamó el santo? ¿Es ley que tú vivas
de horror y de muerte?
¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
Luzbel o Belial?
Y el gran lobo, humilde: ¡Es duro el invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque helado
no hallé qué comer; y busqué el ganado,
y en veces comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo vi más de un cazador
sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno vi
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
Y no era por hambre, que iban a cazar.
Francisco responde: En el hombre existe
mala levadura.
Cuando nace viene con pecado. Es triste.
Mas el alma simple de la bestia es pura.
Tú vas a tener
desde hoy qué comer.
Dejarás en paz
rebaños y gente en este país.
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!
?Está bien, hermano Francisco de Asís.
?Ante el Señor, que todo ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata.
El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.
Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero,
y, baja la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.

Francisco llamó la gente a la plaza
y allí predicó.
Y dijo: He aquí una amable caza.
El hermano lobo se viene conmigo;
me juró no ser ya vuestro enemigo,
y no repetir su ataque sangriento.
Vosotros, en cambio, daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios. ¡Así sea!,
contestó la gente toda de la aldea.
Y luego, en señal
de contentamiento,
movió testa y cola el buen animal,
y entró con Francisco de Asís al convento.

*

Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
en el santo asilo.
Sus bastas orejas los salmos oían
y los claros ojos se le humedecían.
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
cuando a la cocina iba con los legos.
Y cuando Francisco su oración hacía,
el lobo las pobres sandalias lamía.
Salía a la calle,
iba por el monte, descendía al valle,
entraba en las casas y le daban algo
de comer. Mirábanle como a un manso galgo.
Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo
dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
desapareció, tornó a la montaña,
y recomenzaron su aullido y su saña.
Otra vez sintióse el temor, la alarma,
entre los vecinos y entre los pastores;
colmaba el espanto los alrededores,
de nada servían el valor y el arma,
pues la bestia fiera
no dio treguas a su furor jamás,
como si tuviera
fuegos de Moloch y de Satanás.

Cuando volvió al pueblo el divino santo,
todos lo buscaron con quejas y llanto,
y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían y perdían tanto
por aquel infame lobo del demonio.

Francisco de Asís se puso severo.
Se fue a la montaña
a buscar al falso lobo carnicero.
Y junto a su cueva halló a la alimaña.
En nombre del Padre del sacro universo,
conjúrote, dijo, ¡oh lobo perverso!,
a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?
Contesta. Te escucho.
Como en sorda lucha, habló el animal,
la boca espumosa y el ojo fatal:
Hermano Francisco, no te acerques mucho…
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía,
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra,
y un buen día todos me dieron de palos.
Me vieron humilde, lamía las manos
y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
todas las criaturas eran mis hermanos:
los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así, me apalearon y me echaron fuera.
Y su risa fue como un agua hirviente,
y entre mis entrañas revivió la fiera,
y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente.
y recomencé a luchar aquí,
a mi defender y a mi alimentar.
Como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tienen que matar.
Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad.

El santo de Asís no le dijo nada.
Le miró con una profunda mirada,
y partió con lágrimas y con desconsuelos,
y habló al Dios eterno con su corazón.
El viento del bosque llevó su oración,
que era: Padre nuestro, que estás en los cielos…

Rubén Darío

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Mis subrayados: Canción de tumba

September 1, 2018

Captura de pantalla 2018-08-28 a la(s) 13.28.04Vivía con la angustia orgullosa y lúcida que hizo morir desollados a manos de san Agustín a no pocos heresiarcas.

…la avaricia de ser dueño de algo que no logras comprender.

Nunca supe en qué consistían estas preferencias y supongo que puedo vivir sin saberlo.

Leemos nada, y exigimos que esa nada carezca de matices: o vulgar o sublime.

Tienes que mandar todo a la chingada y largarte de México. Porque tú vas a ser escritor. Y un escritor en este país no sirve de nada, es peso muerto.

No entiendo lo que dice: no logro hacer la conexión emocional.

No es la realidad lo que vuelve cínico a uno. Es esta dificultad para conciliar el sueño en las ciudades.

Siempre es una buena noticia que el sol salga.

Ser cínico requiere de retórica.

A ratos, en medio de la oscuridad, cuando tengo más miedo, trato de hacerme a la idea de que velo el delirio de una desconocida.

Mis jornadas de la última semana consisten en treinta y seis horas dormitando o escribiendo junto a la cama de una moribunda.

Yo crecí a la sombra de una vuelta de tuerca: pretender que la mía era realmente una familia.

Todo México es territorio del cruel.

¿Qué será de estas páginas si mi madre no muere?

La belleza es la verdadera vida.

Convertir un anecdotario en estructura, por el contrario, ofrece siempre el desafío de conquistar  cierto grado de belleza: lograr un ritmo a despecho de la insonorizada vulgaridad que es la vida.

Wilde consideraba que escribir autobiográficamente aminora la experiencia estética.

Escribo para transformar lo perceptible.

Quiero aprender a mirarla morir.

…una ficción sólo es honesta cuanto mantiene su lógica en la materialidad del discurso…

Me permitió intuir que los sentimientos profundos no admiten distinciones tajantes entre soportes sublimes y banales, y que esta condición de belleza será siempre cínicamente usufructuada por diletantes y burócratas del gusto…

Sin espiritualidad no hay poesía.

Mi rutina antiséptica representa un trabajo más o menos arduo que, sumado al tránsito de médicos y enfermeras y los cambios de turno y los horarios de alimentos y el arribo de facturas y recetas, entrecorta la escritura.

Que la he amado siempre con la luz intacta de la mañana en que me enseñó a escribir mi nombre.

No sé nada de la muerte. Sólo sé de la mortificación.

La literatura siempre ha sido generosa conmigo: si tuviera que volver a ese instante sabiendo lo que sé ahora, escogería los mismos libros.

Tres años de pobreza extrema no destruyen. Al contrario: despiertan en uno cierta lucidez visceral.

Bajar la guardia. No voy a hacerlo. Si se cura, bueno. Si se muere, ni modo.

Gracias a la leucemia comprendí que lo provisional no es una elección: es el ritmo desnudo de la mente.

…necesito tu sangre, dámela a cambio de esta zona mercantil del idealismo a la que denominamos Amistad.

Ni son tontos para andar en supersticiones ni son serios para aguantarse.

Rezar, no. No rezar es todo lo que tengo.

Quizá los fantasmas de putero prenazi y mojigatería socialista guardan un aire de familia con mis propios fantasmas tutelares.

…basura armada en serie, idéntica en su espíritu a las ranas de plástico que se venden en los puestos ambulantes frente al zócalo de la ciudad de México. Que nos sirvan otra ronda de Taiwan.

La diferencia no radica en el objeto sino en el relato oculto tras él.

Así que todos los recuerdos infantiles vienen, fatalmente, como una errata.

El nombre que uso para realizar las acciones más elementales (sostener una cuchara, leer esta línea) es distinto del nombre que uso para cruzar fronteras o elegir presidente de mi país.

Ninguna de estas cosas me preparó para la noticia que mi madre padece de leucemia.

Soy una bestia que viaja, hinchada de vértigo, de sur a norte.

Me aterra la posibilidad de haber legado a mi hijo una afición perturbadora.

Haber nacido me parecía un acto de pura maldad personal que sólo podía repararse engendrando otra existencia.

…el entonces está hecho de poleas quebradizas…

Ese es el más intenso vínculo que me une a mis hijos: un enyesado gesto de adiós.

Cada vez que uno redacta en presente -así sea para contar su cretinismo aeroportuario, su sobredosis de carbohidratos en el menú de British Airways- está generando una ficción, una voluntaria expresión de la incredulidad gramatical.

La manera más rica de sentir el pasado (íntimo o histórico, da igual) es abandonarse a la percepción física del tiempo: un instante está siempre en el futuro. Por eso la culpa y la nostalgia son emociones miserables.

El sexo entre los dos fue una intuición de luminosidad.

…tras diez minutos de fama logré atisbar el límite de mi escritura.

Si te dedicas a cuidar un enfermo, te arriesgas a vivir en el interior de un cadáver.

Seguridad de ser, para alguien que amo y está vivo, nada más que una larva en pena.

No por su grandeza arquitectónica ni mucho menos por su papel en el ámbito de la medicina, sino porque su inopinado origen es un buen ejemplo del gran talento de los mexicanos para hacer el ridículo.

…adoctrinar con argumentos fascistas a los políticos mexicanos que están en el poder es predicarle al coro.

La aventura del Escuadrón 201 se parece a una novela de Jorge Ibargüengoitia.

(supongo, por el resultado, que la charla transcurrió en una cantina).

No hay camino al absoluto que no pase por una estación de la fiebre.

De niño me gustaba tener calentura. Era un padecimiento que volvía especialmente cariñosa a mamá.

Tramitar kafkianamente medicinas es la versión que nos ofrecen de una terapia ocupacional.

Para mí -también insomne crónico- el insomnio es puro melodrama: nada sino un estado suelto de la mente.

No: el verdadero inconveniente de haber nacido no radica en ninguna unidad de sentido que pueda ser narrada.

Habitar algo (o a alguien) es adquirir un hábito.

Afuera estaba cayendo uno de esos aguaceros que hacen decir a las beatas que Dios practica en Saltillo la logística del próximo Diluvio.

Mi madre no es mi madre. Mi madre era la música.

Pero no lo inventé: estoy seguro que lloró cuando supo su muerte.

Este es, por supuesto, mi recuerdo más antiguo: la angustia de que un extraño me roba mi único amor.

¿Quién va a olvidar la primera vez que puso un pie en la cárcel?

Enloquecidamente tranquilo.

Soy una fragancia exquisita envuelta en papel periódico.

El vocablo universal que mis hermanos y yo empleamos para sustituir las expresiones de mal gusto es Esto. 

¿Por qué la vida de la gente que escucha boleros suena siempre tan cursi?

La ideología del dolor es la más fraudulenta de todas.

Hace un par de años le extirparon la vesícula, lo que menguó severamente su tolerancia a los paraísos artificiales.

Si no te puedes unir al heroísmo, cógetelo.

El Diablito Tuntún debe ser el máximo after de La Habana.

Las chicas entran a pasto, estragadísimas por la noche de refuego y al mismo tiempo más aguerridas que nunca: avariciosas, mal cogidas, al borde del vómito por chupar pingas blandas diminutas.

El Diablito Tuntún es un paraíso de pesadilla donde la música resulta intolerable y cinco o seis mujeres bailan alrededor de ti tratando de llevarte a la cama.

Yo en cambio estaba loco por ella y aceptaba lo que me propusiera.

Nuestra amistad se limitaba al tacto.

El placer y la posesión no requieren fulgor ajeno para ser trascendentes.

Soy un wanabí de patriarca y un Opus Dei de clóset.

Puede ser: mi mente es mi segunda madre.

…sabía que las revoluciones también necesitan prostitutas.

Así, desde la fiebre o la psicosis, es relativamente válido escribir una novela autobiográfica donde campea la fantasía. Lo importante no es que los hechos sean verdaderos: lo importante es que la enfermedad o la locura lo sean. No tienes derecho a jugar con la mente de los demás a menos que estés dispuesto a sacrificar tu propia cordura.

Lo que intento por supuesto, es reflexionar morbosamente, no transcribir el dolor.

(ningún delirante es tan imbécil como para perder el delicioso hilo de su locura intentando describirla)

Más allá de la experiencia estética que la propia enfermedad desencadena, no haré más subproducto que una bitácora. Tengo que acudir al mecanismo de la literatura pese a que muchos de mis espectadores lo consideran una lengua muerta: de otro modo, la intervención sería solamente una mancha tibia. Tengo que escribir para que lo que pienso se vuelva más absurdo y real.

La emprendí porque es el último recurso que me queda para acercarme a la sensibilidad.

Si no me besa el mundo, que me bese la fiebre.

La angustia es la única emoción verdadera.

Hay personajes que simplemente no se marchan. Esperan pacientemente a que tengas un breakdown para venir a cobrar lo que les debes.

La medicina paliaba el dolor, no la densa podredumbre.

Recuperar la cordura significa que tus demonios han vuelto a su sitio. Ya no pueden atormentar a nadie más. Sólo a ti.

No sabes cómo lloré porque no me dejaban ir a cuidarte como me cuidas tú.

La amistad es uno de los grandes misterios de la vida en la Tierra.

Si quieres saber qué está pasando tienes que rastrear los twitss en tiempo real.

Los seres humanos son una enfermedad. Un cáncer.

Mi madre es un virus que camina.

El amor, en cambio, como un virus: se injerta; se reproduce sin razón; se adueña de su huésped egoístamente sin consideraciones de especia, taxonomía o salud; es simbiótico. El amor es un virus poderoso.

¿Para qué arruinar un recuerdo perfecto, un viaje tan dulce…?

Aún así, lograron asestarme más pésames de los que mi organismo pudo tolerar: puñetazos en el hígado.

Acapulco debería ser tipificado como delito federal.

¿Qué mejor homenaje podría hacerle la burocracia mexicana a una prófuga de su propio nombre?

Todo abismo tiene sus canciones de cuna.

Estaba simplemente deshecha: un año de virus y veneno es demasiado para un organismo cuyo único imperio ha sido asimilar toda clase de golpes.

No había nada que decir: habíamos tenido un año entero de dolor lúcido.

Herbert, Julián. Canción de tumba. Random House Mondadori. México 2012. 206 pp

Lorena Sanmillán

La plana y el borrón

August 12, 2018

Aún recuerdo con cariño

que en mi escuela una mañana

allá cuando yo era niño

iba a empezar una plana

más blanca que el mismo armiño.

Era el rigor del verano

que de ello me acuerdo mucho

y, por capricho inhumano

cazaba moscas, ufano

de llenar un cucurucho.

Con entusiasmo creciente

estaba absorto en mi juego

cuando, por ser torpe o ciego

al volverme de repente

cayó un borrón en el pliego.

Llenos de llanto los ojos

le quise al punto quitar

y quedé, tras mil enojos

con los párpados ya rojos

y el borrón en su lugar.

Mas supe en esta ocasión

que a pesar de mi inocencia

que mancha una mala acción

con indecible borrón

la plana de la conciencia.

Manuel García de Agüero

En una casa de empeños

August 12, 2018
Enrique Granier era un francés de gran corazón, y, sin embargo, se había establecido en México abrien­do una casa de empeños.
No quiere decir eso que yo juzgue hombres de malos sentimientos a los que tienen casas de empeños; pero hay, sin embargo, necesidad de tener un carácter especial para fundar la propia ganancia en la desgracia ajena; porque es seguro que solamente van a buscar el re­medio en el empeño los perseguidos de la suerte, y allí se apuran hasta los últimos recursos, y allí, tras lo superfluo, va lo necesario: después de la joya, llegan hasta el colchón y las prendas más indispensables.
Se encuentra allí, es cierto, la sal­vación del momento, pero se prepa­ra la angustia de lo por venir.
A pesar de eso, siempre el que sale de aquella casa muestra en el rostro algo de satisfacción; y es na­tural, pues si a dejar fue la prenda, sale con el dinero que remedia una necesidad o salva de un compromi­so; si a recuperarla fue, sale conten­to con ella, porque vuelve a recon­quistarla después de haberla creído perdida, y es ya un augurio de me­jores tiempos. Pero, a pesar de todo, es triste contemplar aquella multi­tud de objetos, cada uno de los cuales es el símbolo de una angustia, de un sacrificio, de un dolor, y cada persona de las que vienen sueña que lleva un objeto de gran valía, que simboliza para él la esperanza de salvación, y se encuentra con el frío razonamiento del comerciante, que no ve en aquello el último recurso de una familia sin pan, sino una prenda que definitivamente puede venderse para cubrir la suerte prin­cipal y el interés del préstamo.
Y yo le hacía todas estas re­flexiones a Granier, y él me con­testaba:
– Mire usted, en el fondo tiene usted mucha razón; pero en la lu­cha por la existencia los sentimien­tos románticos entran por muy poco en el cálculo. Además, el hombre se acostumbra a todo; se procura tratar a los clientes con la mayor benevolencia, y siempre viene con la reflexión este razonamiento: tie­nen que existir estas casas de empe­ños; y de no tenerlas yo, las tendría otro, que quizá fuera más rudo y sacrificara a los pobres.
– Tiene usted razón también; pero ahí, detrás de ese mostrador, habrá usted comprendido todas las miserias de la humanidad, habrá usted presenciado escenas conmovedoras.
– Sí, cosas terribles; oiga usted una historia muy sencilla, pero que a mí me conmovió profundamente.
– Cuéntemela usted.
*
Era una tarde del mes de diciem­bre; el tiempo estaba muy frío; os­curecía, y ningún parroquiano aso­maba por la puerta de la casa. Iba yo a cerrar para arreglar mis cuen­tas, cuando entró una niña peque­ñita, como de seis años, vestida muy pobremente, y que se acercaba como vacilando y con timidez al mostra­dor. Me causó compasión instintiva­mente, y como no alcanzaba para hablarme, me incliné sobre la mesa para verle la cara.
– ¿Qué quieres? -la pregunté.
– Nada.
– ¿Cómo nada? Pues entonces, ¿a qué vienes?
– Porque mi papá y mi mamá están enfermos en la cama, y no han comido en todo el día porque no tenemos, y yo vengo a empeñar.
– ¿Vienes a empeñar? ¿Qué traes para empeñar?
Y ella entonces sacó de debajo de un viejo y destrozado rebocillo con que se cubría un objeto pequeño, que me presentó con una especie de orgullo, al mismo tiempo que de dolor, y como quien sacrifica una riquísima alhaja, diciéndome:
– Pues vengo a empeñar mi rorro.
Era un rorro viejo y maltratado, que seguramente no valía dos cén­timos.
Comprendí todo lo que pasaba en el corazón de aquella niña; el va­lor tan grande que daba a su mu­ñeca; el doloroso sacrificio que ha­cía por sus padres al empeñarlo, y la esperanza tan lisonjera de obte­ner por él una gran suma.
– ¿Y qué hizo usted? -le pre­gunté a Granier.
– Pues sentí un nudo en mi gar­ganta, y, sin poder hablar, le di a la niña cinco duros y le devolví su rorro, y me quedé llorando como un tonto sobre el mostrador.
Vicente Riva Palacio

Mis subrayados: La carne. Rosa Montero.

January 1, 2018

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La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir.

Demasiada ira es como demasiado alcohol, produce una intoxicación que te hace perder lucidez y criterio.

La insinuación elegante de la carne escocía mucho más.

… y cuando todo estalló al mismo tiempo, la música y la carne, una supernova redujo a cenizas la habitación y destruyó el planeta.

… si no has hecho alguna vez el amor con Wagner, sin duda te estás perdiendo de algo tremendo.

Como en todas las relaciones de Soledad, el final estuvo en el horizonte desde el primer momento.

Sólo se muere de amor en las malditas óperas.

¿O quizá las obsesiones se disfrazaban con la apariencia del amor para parecer algo más bello que un simple desequilibrio mental?

Ser maldito es desear ser como los demás pero no poder.

Ser maldito es no soportar la vida y sobre todo no soportarte a ti mismo.

Un sabor amargo le llenó la boca, el sabor de la pena y de la rabia.

De lo que no cabía la menor duda era de que el amor te envenenaba, te embrutecía, te hacía cometer todo tipo de tonterías y desmesuras.

¿Hay maldición mayor que la de aspirar a la gloria y ser ridículo?

El amor te convertía en un ser patético.

Soledad nunca había vivido con nadie. Cuando quiso no pudo y luego no quiso.

Era una adicta a la pasión y, como buena adicta, sin eso no le interesaba vivir.

Porque Soledad intuía que ese atractivo había empezado a menguar recientemente, no sabía bien cuándo: ya está dicho que el propio interesado es el último en enterarse de los estragos.

La gente casi nunca sabía cuándo era la última vez que hacía algo que le importaba.

Quizá ya se hubiera acabado todo. Quizá moriría sin haber conocido de verdad el amor.

¡Una novela! Hasta el más imbécil escribía.

… lo que importa no es lo que se tiene, sino lo que se añora.

Es decir, no la habían querido de la manera en que ella necesitaba ser querida.

Moriría sin haber conocido el amor. Eso sí que era ser pobre, y no el hecho de no poder pagar un maldito recibo.

La tiranía de su deseo hacía que todo fuera más difícil.

Ella, estúpida, quería también una caricia en el alma, no sólo en la cara.

Al final, todo acababa por desembocar en el amor. Y en el daño.

Soledad no soportaba las críticas porque no soportaba el fracaso.

El fracaso era un lobo hambriento que la había rondado desde su niñez, un lobo que merodeaba por el páramo de su vida y aguardaba su primer tropezón.

¿En qué momento se perdía un ser humano?

Soledad a veces pensaba que los hombres debían de ser genéticamente incapaces de estar solos.

… Soledad añoraba un amado.

Una de las cosas más ridículas que la edad conlleva es la cantidad de trucos, potingues y ortopedias con los que intentamos combatir el deterioro: el cuerpo se nos va llenando de alifafes y la vida, de complicaciones.

Pero a fin de cuentas la existencia misma es un viaje, así que no hace falta tener que coger un coche o un avión ni trasladarse a otra ciudad para ser rehén de toda esa parafernalia protésica.

Conocía bien el poder opresivo de ciertos pensamientos torturadores.

Soledad recordó el verso y dio la razón al poeta: lo que somos de niños construye la cárcel del destino de nuestra vida adulta.

Uno de los remedios tradicionales para el dolor del duelo era comer. Alimentarse levantaba la moral.

Yo soy ese monstruo. Nunca me ha querido nadie.

Una de las pocas cosas positivas de envejecer, quizá la única, era la seguridad de que ya no ibas a volverte loca.

“Dios, antes de destruir a sus víctimas, las enloquece”, decía Eurípides.

Según Freud, lo siniestro es la irrupción del horror en lo cotidiano.

Siempre intentó sujetarse a los firmes mástiles de la lógica para que el viento del caos no la arrastrara.

Las coincidencias eran siempre inquietantes.

Su afán de ocultamiento era tan notorio que llamaba poderosamente la atención.

Habían estado siempre tan unidas que apenas si necesitaban palabras para comunicarse…

De modo que este enamoramiento formó parte del delirio: o quizá no, quizá fuera de verdad el desencadenante de la catástrofe:

La locura como una forma de suicidio.

La vida es una aventura que siempre acaba mal, porque termina con la muerte.

Entonces, ¿en eso consistía querer de veras a un hombre? ¿En una condena a la locura, como Dolores, en un tenaz ejercicio de autodestrucción, como Lejárraga?

Por fortuna, esa maldita ladrona que era la edad también te regalaba esto: el conocimiento, a fuerza de experiencia, de que las crisis de ansiedad remitían.

La araña en el centro puntual de la maraña.

Claro, que las mujeres desesperadamente enamoradas, es decir, enamoradas sin ninguna esperanza de ser correspondidas, hacían otras cosas aparte de enloquecer…

Ahora que lo pensaba Soledad, casi todas las historias de sus malditos tenían que ver con la necesidad de amor, con el abismo del desamor, con la rabia y la gloria de la pasión.

La necesidad nubla el entendimiento -dijo con dulzura.

No. No estás loca- dijo el médico con tranquilizadora, bendita seguridad-: Estás triste y cansada. Te voy a mandar vitaminas. Y Orfidal, para que duermas un poco por las noches.

“Sentada en el suelo, aún con el traje de tafetán negro, sin haberme mudado, revisé mis pobres páginas y comprendí que, siendo mujer y sola, nunca las podría publicar y pareciome que el luto que vestía era por la muerte de mis ilusiones.

… porque uno no debe plantear cuestiones cuya respuesta tema conocer.

A Soledad no le caían bien las escritoras porque le recordaban que ella no escribía.

Todos tenemos todas las posibilidades del ser dentro de nosotros, es lo que decía el romano Terencio “nada de lo humano me es ajeno”.

Estaba perdiendo a Adam, lo sabía con la certidumbre de la piel, de la carne, de cada una de sus células.

Y si ahora lo estaba perdiendo era porque hubo un tiempo en el que lo tuvo.

¿Qué era lo peor, que nunca te hubieran querido o que te hubieran dejado de querer?

Fracasar en el amor desataba el apocalipsis.

…a Alcina sólo le quedaba chillar y llorar, porque, cuando llegaba el desamor, la vida dejaba de tener sentido.

Era como si, al perder la ilusión embellecedora de la pasión, quedara al descubierto la acongojante realidad.

Ah, si hubiera sabido que iba a ser vieja y que se iba a morir, habría vivido de otra manera.

La vida era un paquete de regalo en las manos de un niño, envuelto en papeles de brillantes colores.

Quizá fuera por eso por lo que a ella le costaba tanto dormir.

Tal vez la escritura fuera un lenitivo contra la oscuridad, pensó.

De modo que a ella lo único que le servía para olvidarse de la Parca, y del desperdicio de la mezquina vida, era el amor.

Sin amor, todo era polvo y llanto y una vida que no merecía la pena ser vivida.

…cuando te sientes tan distinto prefieres olvidar lo que eres.

Aún así, ese incidente de sus dieciocho años fue el cráter fundacional de su vida, la escena sobre la que se articuló toda su existencia.

“He amado hasta la locura, y eso, lo que llaman locura, es para mí la única forma sensata de amar”, dijo Francoise Sagan, otra maldita.

Comprendía que hubiera personas incapaces de salir de ese abismo.

No había vuelto a descompensarse por alguna pasión: no había perseguido a nadie nunca más.

Ella nunca llegó siquiera a plantearse la posibilidad de tener hijos: eso pertenecía al mundo de los normales.

Ah, esas otras infinitas vidas posibles que se abrían como la cola de un pavorreal en torno a nuestra existencia, todas esas modificaciones de nuestro destino que podrían haber tenido lugar con tan sólo variar un pequeño detalle.

A veces el destino, burlón, se divierte emparejando fenómenos iguales.

Ahora bien, ¿qué otra opción tenía? ¿Regresar sin más al naufragio de su vida?

No soportaba tener que enfrentar su realidad.

Estaba empujada por la inercia de su herida, por la obcecación de un dolor muy antiguo.

Su vida entera parecía estarse derrumbando, pensó. Por qué no colaborar un poco en el proceso.

La furia era una huída de la pena.

Era un niño educadísimo, tan serio y adulto como sólo pueden serlo los niños que han sufrido.

Soledad hubiera preferido suicidarse, pero en vez de eso dijo: Que seas feliz. Que seas muy feliz. Y era sincera.

Ah, si uno lograra limpiarse la memoria de la misma manera que se lavaba el cuerpo, pensó mientras se enjabonaba.

Porque uno de los espejismos más extendidos es el de pensar que nosotros no vamos a ser como los otros viejos, que nosotros seremos diferentes.

Antes todo era tan difícil y ahora era tan fácil: bastaba con dar un simple paso.

Eran tan variadas, tan inesperadas y tan innumerables las calamidades que le podían ocurrir a un solitario…

Sólo tenía que rebajar sus propias exigencias, sus expectativas.

Sólo tenía que soltarse y jugar.

Dejaría lo de superar los celos de las escritoras para su próxima reencarnación, en esta vida no podía arreglar tantas cosas. Pero, por lo menos, intentaría redactar una novela. Sería un consuelo, ahora que el amor se había acabado para ella.

Era el obcecado empuje de la vida, la loca y patética esperanza levantando de nuevo la cabeza.

La cultura es un palimpesto.

La carne. Rosa Montero. Alfaguara. 2017. 236 páginas.

Lorena Samillán

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un poeta local. David Toscana

November 6, 2017

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Comparto este cuento de David Toscana: Un poeta local

Hildebrando fue recibido con una fiesta familiar organizada por sus padres. El alcalde —su tío— estuvo presente como invitado de honor, pues fue con dineros del municipio que pasó dos años en la capital del estado, inscrito en el Colegio de Escritores. Volvió con la satisfacción de un diploma enmarcado en chapa de oro que lo autorizaba a escribir profesionalmente y con el orgullo de estar entre los únicos dieciséis, de un grupo original de cincuenta, que terminaron el curso.

Hildebrando había ganado fama local porque sus versos eran leídos en cada fiesta patria y patronal. Para el veinticuatro de febrero, escribió un poema titulado La tricolor ondeante, cuyo verso más celebre decía:

Porque si no fueras águila no fuera México

Para el veintiuno de marzo, había escrito un poema llamado Bendito Benito, que se volvió tan famoso que incluso al pie de la estatua de Juárez, en la calle del mismo nombre, una placa conmemorativa lo citaba:

De sangre india tu nobleza

De sangre blanca tus querencias

Su repertorio abarcaba el primero, cinco y diez de mayo; el dieciséis de septiembre, el veinte de noviembre, el doce de octubre y las Navidades. También tenía loas para prohombres como Cuauhtémoc, Hidalgo, Guerrero, Zapata, Villa, Madero y el padre Pro.

El único tropiezo en su carrera —gracias a que nunca hizo público su soneto a López Portillo— se lo ganó por haber escrito la Oda al gobernador. La compuso a solicitud de su tío, en cierta ocasión que el gobernador visitó el pueblo. Educado con lecturas poéticas de años remotos, Hildebrando gustaba emplear palabras de dudoso significado para la mayoría de su público, pero que él sentía, le daban a sus versos la dosis de erudición que todo arte requiere. No era raro encontrar en sus obras palabras como: rosicler, algazara, progenie, lid, denuesto, pléyades, loor, fúlgido y fulgente, infando, presura, garzul, aqueste, zagal, querelloso, adalid y, con gran frecuencia, la expresión ¡Oh!

Escribió de un día para otro la desventurada oda terminándola justo antes de la ceremonia en que el gobernador inauguraría la ampliación de la escuela primaria y el alcalde trataría de negociar una partida del presupuesto para instalar una arena de lucha libre dedicada a Blue Demon, hijo adoptivo del lugar. El evento transcurrió según lo programado: se develó la placa conmemorativa de la ampliación, se aplaudió, hubo discursos y llegó la hora de la oda. Las primeras estrofas hablaron sobre un estado progresista y sobre un gobierno que daba libertad con oportunidad, sobre la recia figura del mandatario, con ojos siempre mirando al frente. El público interrumpía con aplausos y gritos de mariachi, hasta llegar al verso veintisiete, en el que Hildebrando empleó una de esas palabras de arte:

El gobernador embebecido

Hubo un momento de desconcierto en el que no se escucharon ni aplausos ni gritos. ¿Qué dijo?, se preguntó la gente y comenzaron a circular las interpretaciones. La prensa, al día siguiente, estuvo dividida. Algunos dijeron que Hildebrando había insinuado que el primer mandatario estatal actuaba como bebé y otros aseguraban que había empleado un sinónimo de baboso. POETA INSULTA AL GOBERNADOR, rezaba un encabezado.

El gobierno del estado, a través de la Subsecretaría de Comunicación Social, pidió al alcalde que buscara la manera de disculparse públicamente. El municipio pagó en todos los periódicos regionales un inserto que mostraba el texto íntegro de la Oda al gobernador. La palabra embebecido aparecía resaltada y con un asterisco. Al consultarse el asterisco al pie de página, podía leerse:

EMBEBECIDO: Adj. Admirado y pasmado.

FUENTE: Pequeño Larousse Ilustrado.

La explicación fue vista con buenos ojos por parte del gobierno estatal, sin embargo, aduciendo motivos de falta de recursos, se negó el apoyo económico para la arena de lucha libre.

Pese a esto, el balance de Hildebrando resultó positivo: nunca un poema suyo había alcanzado tanta difusión, y con esta buena fama ni el alcalde le negó el dinero para sus estudios ni el grueso de la gente protestó por el destino de sus impuestos.

Dos años asistió a una escuela donde le mostraron la manera como se deben manejar las metáforas y metonimias sin abusar de ellas, le hicieron memorizarse los elementos que requiere un texto para ser cuento. Aprendió a redactar guiones de cine, radio y televisión; obras de teatro y ensayos. Supo que palabras como fue, dio y vio ya no llevaban acento, y que extrañamente rió aún lo mantiene; que desapareció la be de obscuro, que el adjetivo, cuando no da vida, mata; que los adverbios terminados en mente no deben emplearse frecuentemente; que pues bien, yo necesito decirte que te adoro ya no hace suspirar a nadie; y, muy a su pesar, se enteró de una verdad que en un principio le inquietó al punto de suponer que el maestro le mentía, pero que con el paso del tiempo y lecturas prestadas terminó por aceptar; una verdad que le dejó sin dormir varias noches sumido en la decepción y resuelto a nunca escribir otro verso: la poesía ya no era rimada.

Hubiera tomado el camino de vuelta al pueblo de no haber sido porque su decisión de dejar los versos lo condujo a aceptar la narrativa como su nueva vocación. A fin de cuentas, ser poeta o cuentista o dramaturgo o publicista no era más que una especialización dentro de su nueva vida como profesional de las letras.

Hildebrando sentía que la escuela le había dado todas las habilidades para escribir un cuento, sin embargo, no le venían las ideas. Por eso lo primero que hizo tras su fiesta de bienvenida fue meterse en el LONTANANZA para ocupar una mesa en la esquina del fondo. Ahí colgó un letrero:

ESCRITOR TITULADO POR LA ESCUELA DE ESCRITORES BUSCA HISTORIAS PARA ESCRIBIR CUENTOS

Si resultaba cierto —como decía el cantinero— que ahí se escuchaban más confesiones que en la iglesia, ése era el sitio preciso para hacerse de temas.

Tan fácil como tronarse unas cervezas y esperar.

—¿Ha habido suerte? —preguntó el cantinero.

—Todavía no.

Hildebrando había notado la presencia de un hombre que desde una mesa distante lo miraba con insistencia pero sin ánimo para acercarse. Supuso que todo era cuestión de tiempo, de tragos. Cuando el hombre estuviera suficientemente borracho se acercaría para verter su alma en el papel.

De repente sus miradas se encontraron. Hildebrando sonrió con torpeza y levantó el brazo en señal de saludo. El hombre ni sonrió ni saludó: eructó, se puso en pie y se acercó al escritor.

—Tengo la historia perfecta —dijo.

Volteó hacia la barra e hizo una seña que Hildebrando interpretó como amor y paz, y que dentro del LONTANANZA significaba dos cervezas por favor.

—Cuéntemela, señor, y si vale la pena, yo la convierto en literatura.

—Me llamo Adalberto.

—Bien, Adalberto, sólo quiero aclararte que los escritores nos alimentamos de ideas venidas de muchas fuentes sin que paguemos gratificaciones o regalías.

—No quiero dinero…

—Hildebrando.

—¿Eres el de poema a Juárez? —Adalberto se entusiasmó y tendió la mano sin hallar correspondencia.

Llegaron las dos cervezas. Hildebrando destapó la pluma y abrió su cuaderno. Las hojas estaban casi todas repletas de tachaduras y frases que no concluían, de inicios de cuentos que se quedaron en el arranque.

—Es una historia de ciencia ficción —dijo Adalberto.

—No importa —aclaró Hildebrando—, yo escribo cualquier género.

—Es sobre un candidato a primer ministro de una isla imaginaria. Un candidato muy popular que seguramente hubiera ganado las elecciones si no es porque alguien lo asesina en la última etapa de su campaña. La gente lo llora y siente que con él también se van a la tumba los sueños de progreso económico, justicia social, empleo digno, democracia, soberanía nacional, auge comercial, desarrollo cultural…

—¿No son muchas esperanzas para un candidato?

—Se hacen mil esfuerzos por resolver el crimen pero no hay modo de dar con los culpables. Mientras tanto, el candidato sustituto gana las elecciones y, tan pronto toma el poder, la isla se hunde en una tremenda crisis…

—Tenía entendido que iba a ser de ciencia ficción.

—Sí, espérate tantito —dijo Adalberto y dio un trago largo a su cerveza (luengo trago, pensó Hildebrando)—. Ocurre que un famoso científico congela el cuerpo del difunto o lo conserva sumergido en cualquier sustancia rara que se te ocurra, y para antes del siguiente periodo electoral, ¿qué crees?, encuentra la forma de revivirlo. Por supuesto otra vez popularidad total, la esperanza perdida, sácanos del pozo y no sé cuánto más. El candidato ex muerto gana entonces las elecciones, mayoría absoluta, arrasa, toma el poder… y la isla se vuelve a hundir en una crisis todavía peor.

Adalberto miró a Hildebrando, ansioso por detectar entusiasmo en su rostro.

—¿Me viste cara de pendejo?

—¿Por qué?

—La alusión es tan evidente que hasta un niño la pesca —ahora fue Hildebrando el que bebió hasta apurar la botella—. Además no quiero meterme en líos con nadie; ya me veo: el Rushdie de petatiux. No estoy para eso; mi búsqueda es puramente literaria, sin compromisos que la corrompan.

—Pero muy bueno para hacerle odas al gobernador.

—Es diferente, eso lo escribo porque lo siento.

—A mí, se me hace que eres un lambiscón.

—Y tú eres puro hocico —Hildebrando se incomodó por lo infantil de su respuesta.

Vio que Adalberto se ponía en pie y se marchaba. ¡Síguelo!, le gritó una voz por dentro. ¿Quién va a pagar las cervezas de amor y paz? Pero tuvo miedo de armar un escándalo, de parecer un imbécil corriendo detrás, y no obstante sus bolsillos vacíos, cerrando los puños lo dejó partir.

Al día siguiente las cosas no fueron mejor. Estuvo toda la mañana sentado en la misma mesa, bebiendo agua y haciendo garabatos en el cuaderno sin que nadie se acercara, salvo el cantinero.

—Si no consumes te tienes que ir —le advirtió, y le explicó que de cualquier modo, aun chupándose una coronita por minuto, no estaba muy convencido de permitirle colgar el letrero. El mal ejemplo podría extenderse y al rato llegarían plomeros, albañiles, abogados y hasta médicos a colgar sus letreros con horarios, tarifas y especialidades. SE DESTAPAN CAÑOS / DEFIENDO TRABAJADORES DESPEDIDOS / SE PONEN INYECCIONES. ¿En qué se convertiría mi negocio?

Hildebrando volteó a ver su propio letrero y quiso recordar a algún colega que hubiera hecho algo parecido en otra cantina, pero apenas le alcanzó la cabeza para imaginar a Carlos Fuentes en La Ópera, de la mano de Candice Bergen.

—El muy ojete —dijo para sí—, con esa vieja hasta yo escribo Terra nostra… y capaz que la mía sí se entiende.

Concibió un libro titulado Historias de Lontananza, en el que el primer cuento narraría las andanzas de un escritor que entra a un bar y cuelga un letrero en busca de temas. Pensó a su vez en un título apropiado para ese cuento y, llevado por la cultura cinematográfica, se le ocurrió Los apuros de un escritor.

Era la única idea que hasta el momento le había entusiasmado y se le fue el tiempo tomado de ella. Sin embargo no se ponía de acuerdo sobre narradores, tonos, tiempos y demás. El escritor entró al bar. No. El bar estaba vacío. Con un carajo. Luego de dos horas de pensar, sólo le había satisfecho el refraseamiento del título: Un escritor en apuros.

En esas andaba cuando se acercó un hombre.

—Si quiere escribir algo realmente importante, yo le puedo dar un tip.

Hildebrando levantó la vista al escuchar la voz profunda y pausada. Vio un hombre viejo, con una mezcla extraña de fortaleza y cansancio.

—Lo escucho —dijo.

—¿No me invitas a sentarme?

Imaginó al viejo pidiendo un par de cervezas y luego yéndose sin pagar.

—Todavía no —dijo Hildebrando—, primero dígame de qué se trata.

El hombre no hizo caso y se sentó. Sacó un pañuelo de bolsillo de la camisa y secó una capa de sudor en su frente a punto de gotear.

—Conozco la verdadera identidad de Blue Demon —dijo.

Hildebrando cerró su cuaderno.

—No sabía que fuera un secreto.

En silencio, el hombre desmenuzó una servilleta y luego sopló con fuerza para hacer volar los jirones.

—Es cierto —dijo decepcionado—, tal vez ya no sea secreto.

—Y en todo caso —dijo Hildebrando— no creo que sea importante.

El hombre se puso en pie y se retiró con paso lento. Su voz baja pero audible alcanzó a decir:

—Tienes razón, tal vez ya no le importe a nadie.

Apenas salió del LONTANANZA, entró Adalberto, aprovechando el impulso de vaivén que le dio el hombre a la puerta.

—Ahí estás —dijo señalando hacia Hildebrando.

—¿Qué? ¿Tiene otra historia de ciencia ficción?

Adalberto pidió un par de cervezas y se sentó.

—Mira —dijo—, acepto que los que te conté ayer puede parecerse en algo a lo de Kennedy…

—Kennedy mis huevos —interrumpió Hildebrando.

—…pero ahora te voy a contar una historia sobre una curita que sabía más de la cuenta.

Hildebrando lo miró con desconfianza. El cantinero trajo las dos cervezas.

—O las pagas por adelantado —advirtió Hildebrando— o no escucho nada.

Adalberto extendió un billete al cantinero y comenzó a relatar:

—Trata de un sacristán que accidentalmente se da cuenta de que el párroco se roba las limosnas. El sacristán no tiene pruebas y comienza a investigar un poco por su cuenta…

—¿Todo ocurre en una isla imaginaria?

—No, Hildebrando, ésta es otra historia —dio un trago de cerveza—. El sacristán se espanta cuando se entera de que el párroco está confabulado con el alcalde de estos negocios; y como se corre el chisme de que anduvo haciendo preguntas y enterándose de cosas que no debía, una noche lo machetean en la central de autobuses.

Hildebrando golpeó la mesa con la mano abierta

—Sí, claro —dijo—, y dicen que fue un accidente, que lo confundieron con Chucho el Roto.

—No exactamente —dijo Adalberto—. Si fuera tan simple yo mismo escribiría la historia. Ocurre que aquí el asunto  se multiplica con cientos de personajes y con decenas de hipótesis sobre lo que ocurrió.

Por un momento Hildebrando se entusiasmó con el proyecto; pensó en una novela con varias voces encontradas, narradores omniscientes, equiscientes y deficientes; y narradores omniscientes que se hacen los deficientes; personajes clave que aparecen en una página y desaparecen en la siguiente. También se le ocurrió meter dentro de los antagonistas a un curita italiano para emparentar su novela con las de Puzzo; pero aquí le vino una idea que lo decepcionó por completo: ¿qué hacer con una novela donde el protagonista está muerto y los demás personajes son antagonistas? No recordó que le hubieran enseñado eso en la escuela de escritores.

—Si tienes complejo de fiscal especial ve a la Pe Ge Erre —dijo Hildebrando con exasperación—; a mí no me interesan tus hipótesis.

—Deja contarte el resto.

—Ya escuché suficiente —lo detuvo Hildebrando—. ¿De veras me ves tanta cara de pendejo?

Adalberto comprendió que estaba perdiendo su tiempo. Tomó ambas cervezas y se las llevó a otra mesa, donde se puso a beber sin prisa.

Hildebrando retiró su letrero. ¿A quién se le ocurriría? Probó la seña de amor y paz y rápido llegó el cantinero con un par de coronas.

—Así me gusta —dijo—, consumiendo y sin letrero serás siempre bienvenido.

También bebió con lentitud. Esperaría hasta que Adalberto saliera porque se le ocurrió que irse antes era como exhibir su derrota. Abrió su cuaderno y fingió que escribía, pasando la pluma sobre los trazos de proyectos anteriores, incluyendo el del escritor en apuros. Entre trago y trazo descubrió un calendario que colgaba a un costado de la puerta del baño. No le llamó la atención la gringa descolorida con cerveza en mano, sino la fecha: agosto 27. En cinco días comenzaría septiembre, mes de la patria. Pensó en sus versos a Hidalgo, Allende, Morelos; al grito de Dolores, al abrazo de Acatempan y a las agallas del Pípila. Muchos los sabía de memoria y los repasó en silencio, con el tono heroico para el que fueron escritos. Entonces le vino un renovado entusiasmo por las palabras, tal como lo sentía antes de que le informaran que la rima estaba muerta y sepultada. Buscó en su cuaderno una hoja en blanco. Aún le quedaban algunos héroes sin versificar, y se dijo que no había muerto ni sepultura que se resistieran al talento. Levántate y anda, decretó en su cabeza, se persignó con la misma mano que sostenía la pluma y comenzó a escribir.

¡Oh! desventurada patria mía

Que pagó con santa sangre de niño

La intromisión de un extraño enemigo

Porque en Chapultepec parque no había.

David Toscana

Mi primer triatlón

April 26, 2016

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Mi primer triatlón


Conocí a Lorena hace ya unos años, en ese entonces pesaba más de 80 kg, fumadora, sedentaria. Convencerla a dejar el cigarro fue un proceso, pero lo conseguimos. Yo estudiaba para Health Coach y entrenaba triatlón. Comencé un grupo de Fitness aquí en el Facebook, donde pondría el entrenamiento para correr una carrera de 5k.
Lorena se hizo Trofóloga, cambió radicalmente su alimentación, bajó de peso dramáticamente, comenzó a entrenar la carrera. Corrió sus carreras 5k El siguiente reto que le propuse, aprender a nadar. No fue fácil, se enfrentó a muchas barreras psicológicas, tenía miedo, sufría mucho en cada sesión, hubo llanto, pero nunca se rindió. Con cada logro, se enfrentaba a otro reto mayor. Aprender a flotar, aprender el estilo libre, con sus dificultades de técnica, lograr atravesar los 25 mts, después nadar más distancia, luego vino el reto de atravesar una olímpica. Entonces cuando lo logró le dije: Sigue el triatlón, mis alumnos me dicen a veces despiadada, tal vez, yo sólo propongo lo que veo son capaces de lograr. La idea vino después de luchar un año en la alberca, el infierno azul le bautizó al agua. Mi sorpresa fue grata cuando me dijo que se había inscrito. ¡Pues a darle al entrenamiento! Con total disciplina y convicción no faltó a un entrenamiento. Y como no hay fecha que no se llegue ni plazo que no se cumpla, el día de la carrera llegó. Un día anterior últimas indicaciones. Recogió su paquete y colocó su bici. El día de la carrera, estaba lista, aunque ella pensaba que no. En su mente la idea de concluir la carrera, nada más. No importaba llegar al final, cuando ya todos se hubieran ido. Aunque sea a rastras lo haría, era su convicción y objetivo. El despertador sonó. Era la hora de empezar la gran aventura. Dieron la salida y nadó, a una velocidad que jamás imaginó. Llegar a la meta de la prueba de natación , fue el logro que nunca hubiera podido imaginar. Lo había hecho. Realizó su transición a la velocidad del rayo, casco, zapatos y a volar en la bicicleta. Concluyó la prueba de ciclismo, transición rápida, gorra, lentes y a correr. Y entonces ocurrió. La realidad dio paso a lo que ella pensaba imposible: Se convirtió en Triatleta. Lo había logrado. Muy contrario a su idea lo había hecho en un excelente tiempo. Arriesgo lo que era por lo que podía ser. Hoy me siento totalmente orgullosa de su triunfo, de su gran logro. Me dedicas tu medalla, se lo debo a mi Coach dijiste. Yo puedo decirte GRACIAS, porque eres un ejemplo de superación y disciplina, porque he aprendido mucho de ti, te aseguro, mucho, mucho más que tú de mi. ¡Muchas Felicidades, Campeona! Sé que no vas a detenerte aquí. Yo te digo sigue: Unstoppable! Porque el límite lo pones tú. Este vídeo con total admiración y cariño.

Coach Edna Basurto

“El camino de Santiago” de Patricia Laurent Kullick

August 16, 2011

La semana pasada la releí y hoy comparto frases selectas de la novela “El camino de Santiago” de Patricia Laurent Kullick. Perlas bruñidas de genialidad. Su genialidad.

1.- Debo reconocer mis precipicios.

2.- Si escucho agua abundante me lleno de terror.

3.- Mi pesadilla recurrente es una enorme ola que se levanta varios metros, pero nunca azota.

4.- Su mejor coartada es el sueño.

5.- Él es yo y yo soy él. Lo demás es un truco astral.

6.- No se puede aspirar a la armonía adentro de un cuerpo completamente contaminado.

7.- Ensayo con los ojos entreabiertos para ver largo rato el sol.

8.- Lo que nunca pude copiar es el método para el buen entendimiento.

9.- Alguna vez creí poseer el talento de la lógica. Sin embargo, fue desastroso tomar iniciativa.

10.- Nunca entendí por qué, pero nos odiábamos.

11.- Me gustó la idea de verme unida a mi familia en una batalla.

12.- Atónitas, las dos bandas pararon la pelea.

13.- Sonidos y sabores. La pirotecnia del espíritu estallado.

14.- Ningún ser humano se encuentra en la lista de mis miedos.

15.- Sea por mi carencia de lógica, perdono fácil. Santiago no.

16.- No puede eximir mis intentos de amor.

17.- Él asegura que observar los siete pecados capitales es la clave de la buena salud.

18.- Llamo gula a todo lo que me meto por la boca.

19.- La pereza se encuentra adherida a mi cuerpo como cualquiera de las extremidades.

20.- Controlo la ira como un alcohólico anónimo el vino.

21.- Los fracasos me hicieron comprender.

22.- Alguien que desea permanecer vivo es digno de toda mi desconfianza.

23.- Lo mejor que podemos hacer por el planeta y contra la decadencia es morir pronto.

24.- Uno puede copiar, pero plagiar es un arte.

25.- … no sé manejar el mundo de los egos y las palabras.

26.- Tanta pregunta me provocaba taquicardia.

27.- Es difícil hacer amigos cuando se tiene un Santiago fanático de la salud mental.

28.- Si todos nos disculpáramos, fuera la hora que fuera, no habría desamores.

29.- El sol es demasiada información.

30.- Quiero darle una muerte rápida, pero a falta de veneno, sería incapaz de golpearlo.

31.- Siempre hay un premio después del abandono.

32.- A que no te metes en el baño de hombres y bailas como africana.

33.- El intento de honestidad ha pasado.

34.- Yo era la neblina.

35.- Nuestra relación fue el silencio.

36.- ¿Qué piensa usted del vacío?

37.- Llegaban las carcajadas sin que las llamara.

38.- Cuando duermes, él acerca su nariz a tu boca abierta para inhalar tu aliento.

39.- Su pupila es un tobogán directo al abismo.

40.- ¿Qué te ofrece a cambio de los jugos vitales que te exprime?

41.- Sueño que abro los ojos.

42.- Su pelo son espinas que rasguñan mi cuello.

43.- Santiago susurra a cualquier hora del día.

44.- El encuentro más terrorífico que tengo en mi álbum sucedió con un perro.

45.- No sé cuánto dure el efecto del sedante.

46.- Sé que jamás saldrá de Santiago palabra inteligible

Lorena Sanmillán

La albanesa

April 22, 2011

Juan Villoro publicó este artículo hoy en El Norte. Lo comparto.

La albanesa

Participé en un congreso literario en una pequeña ciudad de España. Llegué en la víspera, de noche, y encontré a los participantes en el bar. Hablaban de un solo tema: una de las participantes era una escritora de Albania que había sufrido horrores en su país. Autora de una sola novela, triunfaba en numerosas lenguas. Lo más comentado, sin embargo, era su belleza. Quienes la habían visto llegar trataron de describirla.

Aunque habían quedado igualmente deslumbrados, la compararon con distintas divas de Hollywood: “imagínate a una Michelle Pfeiffer morena”, “es como Ava Gardner, pero más sutil”, “se parece a Natalie Portman, pero alta”.

También un escritor de Trieste y una novelista de Badajoz se unieron tardíamente al grupo. Nos sorprendió el entusiasmo de los otros y su incapacidad de definir el aspecto preciso de esa autora con méritos de musa.

Otro asunto de interés era la causa por la que ella no estaba con nosotros. Había decidido cenar en su cuarto porque acababa de sufrir un drama personal. A su atractivo, ya mítico, se agregaba la inquietante posibilidad de que pudiera ser consolada.

Obviamente alguien que se encerraba a cenar una botella de agua mineral y una tortilla de patatas (el menú fue investigado por un poeta de Córdoba) no estaba interesada en encontrar entre nosotros remedios para su melancolía. Pero la imaginación es generosa y se contagia: todo mundo anhelaba a la escritora ausente.

Al día siguiente, las sesiones comenzaron con los solemnes discursos de siempre y miradas ávidas en pos de la albanesa. La localicé en primera fila. Era de una belleza deslumbrante. Sus ojos transmitían una tristeza color miel, los sufrimientos padecidos de niña bajo un régimen autoritario, la ardua lejanía del exilio. Tenía una especial forma de enredarse el pelo en giros rápidos, demostrando que en otro tiempo había usado trenzas severas, siguiendo alguna costumbre de la aldea donde nació. Sus ropas revelaban una adecuada mezcla de culturas; tenían el elegante descuido de una actriz que representa un papel de corresponsal de guerra, complementado por una profusión de collares con cuentas de colores (artesanías de su país, seguramente).

“Ahí está”, dijo a mi lado el escritor de Trieste. “Sí”, asentí en un tono casi devocional, hasta que advertí la dirección que indicaba su índice: una morena lo había cautivado. “¡Mírala! ¡Qué bellezón!”, exclamó al otro lado la novelista de Badajoz, señalando a una chica castaña, de mediana estatura, pecosa, con simpática sonrisa de criadora de cachorros.

¿Cómo podían equivocarse de ese modo? La albanesa era la “mía”. Este pensamiento absurdo fue derrotado en el acto: la mujer en la primera fila se agachó para recoger una cámara, se puso de pie y procedió a retratar a los participantes.

Al poco rato me la presentaron como Lola, fotógrafa del encuentro. Despojada de mis fabulaciones, me pareció agradable y nada más.

La prefiguración de la albanesa había servido para confundirla con otras mujeres. El congreso se transformó en una reflexión sobre el papel de la fantasía en el deseo.

Cuando finalmente llegó al estrado, la albanesa fue menos impactante que su leyenda. No se quitó los lentes oscuros al hablar de su novela, que trataba de la persecución de la belleza en Albania. Su madre había padecido un oprobio que ignorábamos en Occidente: era muy hermosa en una sociedad que odiaba la singularidad. Había sido discriminada por sus facciones en la misma forma en que el mediático Occidente discrimina la fealdad.

La autora se había exiliado en Italia, cuya tradición se funda en la belleza, en busca de alivio a las persecuciones sufridas por su madre. Ahí encontró otra esclavitud: la tiranía de la apariencia, la opresión de la moda, la subordinación a los códigos estéticos masculinos.

Descastada, condenada al ostracismo en Albania, su madre no podía verse en el espejo. Ella temía hacer lo mismo en Roma por temor a ser anulada, estandarizada, consumida por la ávida sociedad del espectáculo.

Mientras más hablaba, más limitados nos sentíamos. Sin embargo, poco a poco nos reconciliamos con nuestros malentendidos. La belleza es siempre disruptiva. Nadie había podido precisar el aspecto de la novelista y quienes oímos esas descripciones se las atribuimos más tarde a distintas personas; algunas desmerecieron al no poseer su aura, otras revelaron un misterio propio.

En cierta forma, los rumores previos a la exposición contribuyeron a la causa de la albanesa, interesada en discutir la fragilidad cultural de la belleza femenina y las amenazas que provoca. Enemiga de la manipulación y el dominio, propuso recuperar la fabulación liberadora, esencia misma del hecho estético: “Las cosas no son bellas en sí mismas; son bellas por el modo en que las vemos”, citó a Poe.

“Tiene razón”, dijo la novelista de Badajoz, viendo a la chica de pelo castaño. Gracias a que pensó que ella era la albanesa comenzó a amarla.

Acabo de recibir una postal. La novelista de Badajoz y su chica viven juntas, son felices y acaban de adoptar una perrita. Se llama Albania.

opinion@elnorte.com

Juan Villoro

Estructura un deseo

April 21, 2011

Estructura un deseo

y míralo por todos lados.

Púlelo para que brille

y ponlo en un pedestal.

Deja que le pegue el aire

a ver si no se vuela.

Deja que otros lo miren

a ver si no se borra.

Repítelo como mantra

para que no se olvide.

Escúpelo de sorpresa

y mide su reacción.

Aplícale la Ley del Hielo

a ver si se derrite.

Después de todo eso

ponte a trabajar

para hacerlo realidad.

 Poema de Fernando. J. Elizondo Garza.

Lorena Sanmillán