Archive for the ‘Relatos’ Category

Su nombre es Manuela

May 10, 2017

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La primera vez que me topé con la canción “Señora, señora…” de Denisse de Kalafe, fue en la primavera de 1986, antes de que se popularizara tanto como hoy que es icónica para este día. Treinta años ya y la canción no envejece. La conocí en una hoja de máquina, leyéndola como poema. La montaríamos en el grupo de poesía coral de la secundaria. Mis parlamentos estaban subrayados con rojo, para decirlos con la voz grave que poseo. Me gustó lo que leí. En ese momento desconocía que tenía música. Era una de esas canciones que quizá sólo pasaban en Radio Recuerdo.

Ensayábamos. El grupo se colocaba en el foro, formando una media luna, y comenzábamos. Verónica Irasema y Gloria Esmeralda, con sus voces agudas y tiernas abrían el número. A ti que me diste tu vida, tu amor y tu espa-a-cio, decía Vero desde una esquina. Gloria se ponía de pie y , haciendo ademanes por demás conmovedores, respondía desde el extremo A ti que cargaste en tu vientre dolo-o-r y cansa-a-ncio. En ese momento yo también me levantaba y decía con voz de trueno A ti que peleaste con uñas y dientes, valiente en tu casa y en cualquier lugar. El grupo se integraba, formando una flor de la cual nosotras éramos el tallo y completaban la estrofa: A ti rosa fresca de Abril. A ti mi fiel querubín. El resto del número lo hacíamos básicamente en el mismo ritmo.

Señora, señora… Denisse de Kalafe

Confieso que me dolía el poema y al mismo tiempo me sentía ajena. Sentada en una de las escaleras del foro, meditaba mientras las demás pintaban sobre el suelo las figuras que iríamos formando. No lo sentía y sentir es imprescindible para recitar. ¿Había peleado Manuela con uñas y dientes por mí? Es cierto, me había dado su idea del amor y su espacio. Reconocía también que había cargado dolor y cansancio, pero lo demás no me sonaba. Mi fiel querubín, frase por demás cursi para decirla de adolescente. Lo que más me saltaba, era el decir Es linda, mi amiga gaviota, su nombre es mi madre. 

Es verdad, mi madre no era mi amiga, o al menos en ese entonces yo no la veía así. Mi amiga constante de todas las horas. Deseaba que mi madre fuera mi amiga, pero ¿cómo podría ser? Yo le preguntaba por Simone de Beauvior y ella no sabía ni que existía. Sólo -sólo- sabía cocinar, bordar, cantar, ver novelas y lavar mi ropa, administrar la casa y pelear con papá. Había otra cosa que sabía hacer y perfeccionaba a diario: regañarme por la mayoría de las cosas que hacía.

A ti te dedico mis versos, mi ser, mis victorias… El día que recitamos aquel poema, mi madre no fue a verme. Nos habíamos peleado, no recuerdo ni por qué. Hasta se ganó un premio en la rifa. Un exprimidor de naranjas que obviamente nunca usamos, enojadas, lastimadas las dos por lo que había sucedido. Me dolió que no fuera, pero así eran las cosas con ella. El poema seguía siendo lindo aunque ella no lo hubiera escuchado. Me hizo falta su aplauso, sus lágrimas conmovida. Se lo perdió. Me lo perdí. Nos lo perdimos las dos.

Comenzó la preparatoria y la distancia se hizo más grande. En la facultad, se esmeraba porque no me fuera sin desayunar y que no me desvelara tanto. Comenzaron mis salidas nocturnas que soportó con estoico silencio. Regresaba a casa de mañana y ella me ofrecía café y tortillas de harina recién hechas, mientras preguntaba sin querer saber cómo me había ido. Valiente en tu casa y en cualquier lugar salió a poner en su lugar a una chica que fue a armarme un escándalo a mi casa. Tampoco hablamos jamás de ello.

Siempre amable con mis amigos, han encontrado un amoroso abrazo con ella. Manuela abre su corazón para los que me quieren. Kike tiene especial lugar en su vida. Cuando le asiste la lucidez, pasa lista por algunos de los afortunados a quienes recuerda. Muchos de ellos aún tienen memoria de sus comidas deliciosas y planeadas. Manuela hacía maravillas con el sueldo de mi papá.

Cuando canta, la emoción habita todo mi ser. Cuando lo hace, vuelvo a ver a Manuela de nuevo, súper fan de Ramón Ayala, cantándome cuando regresaba del kínder: Ahí viene, mi piquito de oro, ahí viene, mi lindo tesoro. Ella ya no se acuerda, pero yo no lo olvidaré. También guardo en mi mente aquella vez que fue al kínder a una junta, hermosísima con un vestido morado, y a escondidas llevó tacos de mermelada de fresa para mí.

A pesar de sus limitaciones, he aprendido a liberarme.  Me ha costado sangre del alma comprender que mi madre como tal, ya no existe. Extraño sus respuestas rápidas, certeras e irónicas. Para aminorar el dolor, ahora festejo cada una de ellas cuando suceden, en vez de reprocharle las noventaynueve veces que no acierta a contestarme y en lugar de eso me pregunta ¿qué me dijiste? Cuando me repite las mismas historias mil veces, pienso en cuántas veces le conté yo el mismo cuento o cuántas veces me escuchó contar la misma caricatura. Entonces sonrío y reclamo la herencia de creatividad, paciencia, amor incondicional y buen humor que ha sido su legado para mi vida.

Ahora estamos al revés. Hemos cambiado los papeles y hoy la veo como mi hija. Ahora ella depende mucho de mí.  Ha sido un proceso lento y amoroso. Dedicarse a otra persona es todo un arte que no ha sido fácil aceptar.  Ella lo hizo sin chistar por sus once hijos. Para ella también ha sido difícil aprender a dejarse querer, atender. Le hago sus curaciones y me encargo de su comida y su baño. Ahora la veo tan vulnerable. En sus manos lleva una argolla de plástico que se encontró y siempre me pide que le ponga sus aretes. Me desarma que tenga aún tenga ánimo para la coquetería. Me destroza que a veces no recuerde quién soy. Casi aplaudo cuando se pone terca, pues veo que aún tiene carácter.

Ella no me amenazaba, simplemente me pegaba. Sus reveses eran rotundos. He recorrido junto a ella los interesticios de la escala de la vida. La he odiado, la he compadecido, la he admirado, la he aborrecido, la he ignorado, la he amado, la he consentido. Alguna vez hasta me avergoncé porque era analfabeta.  Por sobre todas las cosas, la he conocido. Dejándola de ver como madre, la he podido ver mujer. La Güera Manuela, la más guapa de la Obrerista. La Güera musiquera, fan de los Montañeses del Alamo y amiga de los locutores de la TKR. Guardo sus secretos en mi corazón, impronunciables.

La iglesia a la que íbamos de niños, organizaba una serenata para las madres. Yo no iba por el horario. Escuchaba cuando llegaban los muchachos y comenzaban a cantar: Hay un cuadro singular, que en mi mente siempre está, es mi madre con el libro de Jehová. Es la única estrofa que recuerdo porque en vez de escuchar la serenata yo la observaba. Sus ojos refulgían de orgullo escuchando a sus hijos cantar para ella. Verla feliz era más importante que poner atención en lo que decía la canción. Quería que se sintiera tan orgullosa de mí, como de mis hermanos, por eso acepté participar en aquél poema.

No estuvo aquél día de las Madres, pero hoy la tengo conmigo. Hoy le recitaré el poema. Hoy quiero sanarme esa herida. Hoy le daré mi regalo, si no aplaude está bien. Me basta con poder dárselo y que lo pueda recibir. Hoy se la quiero regalar, antes de que se convierta en mi fiel querubín. Las frases de Denisse de Kalafe me ayudarán. Yo, escritora, no sé bien a bien cómo definirla mas las estrofas de la brasileña me servirán mucho. Sé que sonreirá y pedirá que detenga la función, incómoda, desacostumbrada a recibir homenajes. Tengo atorado un Te quiero en la garganta, que es sólo para ella. Quizá hoy me anime a recorrer ese velo.

Nunca ha sido mi amiga gaviota, aún así sé que soy en quien más confía. Soy depositaria de sus recuerdos, de su fascinación cuando llegó a Monterrey y vio por primera vez el Cerro de la Silla.  Sé de la fuerza de sus manos aferrándose a mí cuando iba a empezar su cirugía, sé de su miedo cuando estrujó mi mano a punto de despegar el primer avión en que se subió cuando la llevé a conocer el mar. Sé de su mirada observando la inmensidad. Tengo en mí su temblorosa desolación tomándome de la mano mientras abrían el ataúd de mi abuela.

Es verdad, no me aplaudió aquél día. Sus manos han hecho muchas otras cosas por mí. Es tiempo de reconocerlo, tiempo de olvidar el resentimiento, perdonar y valorar lo que sí he tenido. Lo haré y sé que será un momento bellísimo para las dos, como suelen ser a su lado. Un momento único para atesorarlo. Sean para la Güera los aplausos. Contrario a la canción, yo si hago alarde de ella. Su nombre es Manuela. 

Lorena Sanmillán

 

Día del Trabajo

May 2, 2017

Cerca de mi casa natal había una mercería. En la calle Guerrero. Cuando por fin tuve bicicleta, era una de mis expediciones favoritas. Tomaba mi rila, pedaleaba las cuatro inmensas calles que me separaban de mi destino soñado y me iba a pasar parte de la tarde viendo el aparador. Vendían cosas que yo no podía comprar, pero me encantaban. Tenían muchas cosas como para regalo. Carritos primorosamente acomodados, peluches de muy diversas formas, moños, cajas para envolver, un paraíso para mis pupilas y para mi imaginación.

Me gustaba imaginar a la gente que recibía esos regalos. Envueltos en esos papeles con diseños tan llamativos. Me gustaba ver la cara de las personas que entraban a comprar y con qué amor seleccionaban lo que iban a llevarse. Inventaba historias. Cumpleaños, quizá una visita al hospital, parejas de enamorados o simplemente una sorpresa que le alegrara el día a alguien. También inventaba historias entre las cosas del aparador, ¿qué sentía el coche rojo cuando seleccionaban el azul? ¿volverían a verse? Los peluches quizá se enamoraban entre ellos o tal vez eran familias que serían separadas. ¡Pero había una sorpresa de por medio! Eso les decía a través del vidrio, para consolar a quienes se quedaban.

Cada cierto tiempo cambiaban el aparador y yo lo contrastaba con mi inventario. A veces se iban mis cosas predilectas, a las que ya les había echado el ojo. A veces se quedaban y quizá podía juntar lo suficiente para comprarlas. Me divertía. Eran tardes llenas de magia y encuentros con ilusiones.

También tenían pósters de frases motivacionales. La consabida “Si amas algo, déjalo libre. Si regresa es tuyo, si no, nunca lo fue”. Imposible comprenderla a mis quizá siete u ocho años, pero eso no me quitaba el placer de verla sobre el fondo de unas rosas. Un día pegaron un póster que decía

¿Cansado de trabajar?

El año tiene 365 días de 24 horas, de las cuales 12 están dedicadas a la noche y hacen un total de 182 días. Por lo tanto, sólo quedan 183 días hábiles; menos 52 domingos, quedan 131 días; menos 52 sábados, quedan un total de 79 días de trabajo; pero hay cuatro horas diarias dedicadas a las comidas, sumando a 60 días, lo que quiere decir que quedan 19 días dedicados al trabajo. Pero como usted goza de 15 días de vacaciones, sólo le quedan cuatro días para trabajar; menos aproximadamente tres días de permiso que usted utiliza por estar enfermo o para hacer diligencias, sólo le queda un día para trabajar, pero ese día es precisamente, el “Día del Trabajo” (Primero de Mayo) que es feriado y por lo tanto no se trabaja. ¿Se siente aún usted cansado? Bernard Shaw

WOW! Después de leer esto, yo sentía que había descubierto el secreto de la vida, el hilo negro, la sabiduría de los alquimistas, los enigmas de Fantomas, la fuente del conocimiento de Kalimán… todo eso se había revelado ante mis ojos. Me lo aprendí de memoria. Lo comenté con mis hermanos, que ya trabajaban. Ninguno de ellos me mató la ilusión, aunque ahora comprendo la ironía de sus “Sí, claro”. Dormí extasiada, pensando que nunca me cansaría de trabajar, ni de vivir. Volvía a verlo todos los días y me recriminaba cuando me cansaba por las tareas de la escuela. Pronto comprendí que no era muy compatible. La dicotomía de la teoría y la práctica, puedo decir hoy.

Hoy vi la fecha y lo recordé. Sonreí de buena gana. Recordé cómo tampoco comprendía que precisamente el Día del Trabajo no se trabajara. Algunas veces a mi padre le tocaba desfilar y volvía enojado a casa. Hoy para mí fue un día feriado que aproveché para levantarme un poco tarde y permanecer en casa. Leyendo, escribiendo y resolviendo pendientes. El trabajo de vivir a veces me cansa. Como la semana pasada, que colapsé. Respiro, tomo aire y vuelvo a empezar. Entre tanto cansancio, quiero recuperar mi imaginación, mis ganas de soñar. Quiero volver a tomar mi bicicleta y sentir esa ilusión de ver aparadores, hacer historias.  Quiero no sólo mirar, sino comprar las cosas que me gusten. Me siguen encantando las tiendas de regalos.

Lorena Sanmillán

Imagínate

November 23, 2016

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Imagínate que una vez más amanecemos juntas. Imagínate que te llevo a desayunar en el sitio que más te gusta. Imagínate que llevas puesta la mascada que más he querido. Imagínate que por fin conseguimos cita para visitar la Casa Barragán. Imagínate que nos dirigimos a la calle General Francisco Ramírez y nos detenemos frente al número 12. Imagínate que en el coche acaricio tus piernas de concurso mientras trajino con los cambios. Imagínate que tenemos un tour privado sólo para nosotras. Imagínate que a mis pupilas no les cabe tanta belleza. Imagínate que tu sonrisa es representación viva de la sección áurea. Imagínate que en ese momento no me cambio por nadie en el mundo. Imagínate que nací para vivir ese espacio junto a ti. Imagínate, tú ahí, de pie, frente y junto a la escalera. Imagínate que te dejan subirla para que pueda llamarse como tal. Imagínate que sus muros te cuentan la historia de México y de la espiritualidad en la arquitectura. Imagínate que el mundo entero agradece que embellezcas la arquitectura mexicana. Imagínate que te entrego una argolla frente al Pritzker del único arquitecto mexicano que lo ha ganado. Imagínate que el premio baja el rostro avergonzado. Imagínate que el rosa mexicano es cómplice de nuestra felicidad. Imagínate que celebramos tu cumpleaños en la Casa Barragán y te la regalo. Imagínate. Sólo imagínate.

Lorena Sanmillán

Lo que quieres no se compra en tiendas

November 19, 2016

No quieres salir de tu casa pero tienes que hacerlo. Aún sabiendo que es el Buen Fin cometes el acto suicida de ir al centro de la ciudad. Llegas y consigues estacionar tu coche en Liverpool previa fila de quince automóviles. En la tienda, apenas ves de reojo los zapatos y disfrutas las muestras de perfume que te ofrecen. No quieres usar por nada y para nada tu tarjeta departamental. Lo que necesitas no se compra en tiendas. Sólo vas a que reparen el Ipad. Llegas a la Plaza de la Tecnología. Como siempre, te sientes fuera de lugar entre tantos aparatos y tanta gente que aparentemente sabe qué hacer con todas esas cosas que a ti te resultan extrañas. Dejas el aparato en el primer local que te recomiendan. Te da igual su reputación y el precio. Se tardarán dos horas, aproximadamente. Has llevado los Relatos de Virginia Woolf contigo. Tienes buena compañía. Caminas hacia Morelos buscando una banca para sentarte. Hace frío. Le agradeces a quien vive contigo que te haya sugerido llevar una chamarra. En la esquina de Morelos y Juárez un comerciante vende elotes asados. Has tenido antojo toda la semana, desde el lunes que fuiste a casa de tu madre. Hurgas en tu bolsa para ver si traes monedas. Tienes diecinueve pesos. Cuestan veinte. Le dices que si te perdona el peso que falta. El tipo accede.Le dices que no le ponga queso de plástico y que le ponga salsa de la que no pica mucho. Tienes un elote en la mano. Con tu elote en la mano buscas una banca. Misión un tanto imposible. Milagrosamente se desocupa una pronto y te sientas en la orilla. Comienzas a destrozar tu elote a mordidas. Al principio lo muerdes con coraje y antojo. Después masticas despacio, disfrutando cada grano. Más que comerlo, lo estás degustando. Te lo imaginas con un pesto o con vinagre balsámico. Una imagen viene a tu mente. Los dientecitos intactos paseando por tus intestinos. Sigues masticando. Una madre con su bebé en brazos se sienta enseguida de ti. El bebé le lanza una mordida a tu elote. Sonríes. Sabes que no puedes darle. Ves pasar a la gente. A Flexi le está yendo bien, a juzgar por la cantidad de bolsas que desfilan delante de ti en la mano de las personas. Las comienzas a contar. Probablemente están a 2 x 1. Casi todos llevan dos bolsas. C&A regala globos de helio a los niños. Una mujer con espléndido sobrepeso habla por celular con una amiga. Amenaza al mundo: “Sólo me falta comprarme un leg innnn” le pone tantas enes a la palabra que piensas que es su inconsciente diciéndole “No te atrevas”. Debería estar prohibida su venta a las personas con sobrepeso. Tú incluida. Sigues observando, comiendo tu elote. Alguien habla por una cabina telefónica. “Quiero comprar algo, pero no sé qué”. No le dices nada. Sólo la ves. Sigues saboreando tu elote. Cuatro adolescentes no saben qué hacer con su abuela, nadie quiere cuidarla mientras su madre va de compras. Tú sabes en qué acaba esa película, cuando nadie querrá cuidar a la abuela en su agonía. Las ves con lástima. Las ves con ternura. Simplemente las ves.La bondad del elotero le dio suerte. Te ha perdonado el peso y ahora tiene una fila esperando sus delicias. Compartes una sonrisa con él. Terminas tu elote. Buscas con la mirada un bote de basura. No hay ninguno cerca. Quizá lo más próximo sea el cesto de basura del cajero automático, para el cual también hay fila y está a veinte metros o más. Desistes. Te quedas con tu olote en la mano. No sabes qué hacer. Si te levantas perderás tu lugar. Si te quedas ahí, ¿qué haras con la basura? Decides tirarlo después. Mientras lo pones debajo de la banca. Piensas si así has juzgado antes a quienes dejan basura bajo las bancas. Quizá sólo estaban esperando que pasara algo y mientras cuidaban su lugar para que no se los ganaran. Quizá algunas veces te has apresurado al juzgar. El ir y venir de la gente te hipnotiza. Te quedas sólo mirándolos y de pronto sabes que no estás ahí. Te cuesta regresar a la tierra. Te has ido por unos minutos a un delicioso vacío imaginativo, nostálgico. Tanto estímulo te ha adormecido. Comienzas a escribir este texto en el aire. Sigues viendo a la gente con sus compras. Te gusta que haya dinero rodando. Te asusta pensar en los créditos y en Hacienda. No puedes evitar pensar en el dólar. En la tienda más próxima ponen a Los Hombres G. Summer grita Voy a pasármelo bien y te vas hasta 1989. Octubre de 1989.  Sigues en tu viaje. Vuelves al presente. Aterrizas en Noviembre del 2016 sentada en una banca de Morelos leyendo a Virginia Woolf. Adoras a Clarissa. Caminas con ella por Londres. Piensas en Flush. Quieres leer toda su obra. No subrayarás el libro a pesar de que te gustan mucho algunas frases. Ves a alguien conocido. Te levantas a saludarlo. Le haces señas, gestos. La miopía te ha engañado. No es quien pensabas. Te disculpas. La vergüenza hace que se te quite el frío. Es igualito. Regresas a la banca y tomas tu olote. Has perdido tu lugar. Buscas un basurero. Mandas un WhatsApp a la hermana del noconocido. Se burla de ti y consigues reír un rato. Huérfana de banca, te pones a caminar. Tiras el olote. Nuevamente ves  al noconocido esperando el camión afuera de Parisina. Aparentas tomarte una selfie con los gestos más estúpidos. Como si fuera importante una selfie en Interplaza. Consigues la foto. La mandas por WhatsApp. ¡Es igualito! Te lo dije. Se termina la pila de tu celular mientras tú haces chisme. No te importa. Regresas a la Plaza de la Tecnología por el Ipad. Han pasado ya más de dos horas. Tuvo arreglo. Le compras una funda y un protector de pantalla. Tarde, quizá, pero así previenes una nueva destrucción. Pagas lo que te piden. Vuelves por tu auto. Liverpool está intransitable. La gente sigue en sus compras caminando sobre los fantasmas de Salinas y Rocha. La gente sigue su vida. El peso sigue su extraordinaria caída. Vives desdoblada este sábado en el centro. Sí, admítelo. Sólo querías decir un par de palabras. Es verdad. La extrañas.

Lorena Sanmillán

Vendo mi primogenitura…

September 15, 2016

14322547_10154102266437950_4927735842595603554_n…no, yo no vendo mis lentejas por nada.

Las lentejas tienen algún recuerdo muy profundo y trascendente que no alcanzo a ver con la conciencia. A nivel sensorial, nunca siento algo igual cuando como otra cosa. Aunque no sigo a pie juntillas la receta de mi madre, sus sabores me transportan a un momento perdido en el tiempo.

Quizá fue lo único que comí ese día. Quizá eran vacaciones. Quizá Manuela estaba contenta. Quizá al ofrecerme una cucharada me dio también un poco de ternura. Quizá inauguré un sabor. Quizá me cumplieron un antojo. Quizá me sentí amada. Quizá estrenamos platos. Quizá sólo se trata de que cambiamos por un día el sabor de los frijoles. Quizá nos las trajeron de regalo. Quizá alguno de mis hermanos me cedió su porción. Quizá estábamos de visita en casa de mi tía. Quizá me sirvieron primero que a los demás y me sentí importante. Quizá mi abuela las preparaba riquísimas. Quizá es la rebeldía de saber que al comerlas hacíamos una travesura probando un platillo tan denostado por ser moneda de cambio para una primogenitura. Quizá sólo es uno de los guiños que tiene mi gula.


No sé qué haya detrás, pero hoy lo revivo en cada cucharada. Me siento sibarita al disfrutarlas. Lloro de felicidad comiendo un humilde plato de lentejas preparadas por mí.

Lorena Sanmillán

Barcelona ’92: Barcelona ’92!!!

July 30, 2016

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Aunque ya había comenzado a trabajar, rasgué tiempo de los imposibles para no perderme el encendido del fuego olímpico en el templo de Hera. Desde ahí comenzó la obsesión. Contaba los días para que comenzaran, mientras soñaba de verdad con algún día presenciar una inauguración. Estaba realmente obsesionada con Barcelona, con España. Barcelona ’92 llegó en el verano antes de entrar a la facultad.

La ceremonia de inauguración la pude ver en retazos. Gaudí, Calatrava, la Plaza Cataluyna, el baile flamenco y el gigantesco ¡Hola! con que inició. Movimiento, color, música, diseños, historia. Tantos simbolismos ocuparon la cancha principal donde sucederían tantas competencias, donde muchos atletas cumplirían un sueño, donde tanto sudor, donde tanto esfuerzo, donde tanto triunfo. La alquimia del arte es así, una alfombra mágica para que todo lo demás suceda.

A medio desfile tuve que irme a trabajar. Lo lamenté mucho, pero las obligaciones son primero. En ese momento quise una televisión portátil para llevarla en el Ruta 17 mientras iba hasta san Pedro. Estaba muy lejos de imaginar todas las cosas que hoy son capaces de hacer los celulares. Los atletas, mientras desfilaban, cargaban cámaras fotográficas de 35mm, lo más moderno en ese momento y más de uno llevaba al hombro videograbadora con casettes de 8mm. Para mi gran fortuna, en el sitio donde laboraba también estaban viendo la Ceremonia -narrada por Jacobo Zabludowsky- y se me permitió ver unas cuantas delegaciones antes del país anfitrión. Por lo menos no me perdería uno de los momentos más emocionantes.

El príncipe Felipe era el abanderado de España. La emotividad me ganó. La energía de ese momento aún la llevo en la piel. Todo el estadio se puso de pie y lo mismo que el mío, el rostro de la infanta Cristina se pobló de lágrimas al ver a su hermano encabezar la delegación española. Supongo que también se anegó de llanto al no saberse invitada a la ceremonia de coronación del ahora Rey Felipe VI. ¿Quién podría imaginar lo que sucedería con la familia real española? Los momentos felices de la vida a veces parecen entrenamiento para los tiempos aciagos que nos esperan.

Después vino el momento cumbre. El encendido del pebetero. El fabuloso arquero. Según el decir de la narración española En este momento se va a lanzar la flecha más pacífica de la historia. Me encantó. Por mucho tiempo ha sido mi encendido favorito. Realmente impresionante. Si llegó o no al pebetero, si fue un truco televisivo, si fue una ilusión óptica… la verdad es que poco me importa comparado con lo que sentí al ver la creatividad funcionando. Las ceremonias inaugurales son un portento de creatividad, sincretismo cultural y simbolismos entrañables. Eso me basta. Eso es lo que aplaudo.

Volví a ver a Larry Bird, otro de mis amores adolescentes. El Dream Team fue un suceso, tal como se esperaba. Bubka falló en su intento por conseguir otro oro. Para México y especialmente para los regios, el triunfo de los “Sapitos Salazar”, Edgar y Jaime, fue todo un acontecimiento. Ganaron la medalla de oro en frontenis, deporte de exhibición. Durante algún tiempo estuvo su medalla en una de las vidrieras de anuncios de la Facultad de Arquitectura, pues eran exalumnos, no recuerdo si los dos o sólo uno de ellos.

En un hecho inédito en mi vida, mis hermanos y yo nos levantamos de madrugada para ver la carrera de Carlos Mercenario. Hacía muchísimo calor y teníamos las ventanas abiertas. Escuchábamos las conversaciones de los vecinos. En la casa de junto, el vecindario me regalaba la anécdota inolvidable de Barcelona: El menor de los vecinos gritaba, asustado, interrumpiendo el silencio de nuestra contemplación:  Acabo de ir al baño. En la taza estaba una rata, una rata, una ratota, Prieto,  pero grandota Prieto, yo creo que me quería morder las nalgas.  Las risas fueron espontáneas y acompañaron a Carlos Mercenario cuando consiguió la medalla de bronce en la prueba de 50 Km de Marcha. Nunca pude volver a ver a mi vecino sin por lo menos sonreír. La medalla de bronce se convirtió en medalla de plata al quedar descalificado el segundo competidor.

Fueron quince días muy intensos con muchos nombres, con múltiples héroes. El domingo de la clausura en mi casa sucedió algo inédito. Movimos la televisión de lugar para estar en un sitio más cómodo. Veinticuatro caballos bailaron un movimiento del Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo. José Carreras, acompañado por Sarah Brightman, interpretó  Amigos para siempre compuesta por Andrew Lloyd Weber. Un barco de papel gigantesco se elevó hasta el cielo llevándose a Cobi, la mascota de los juegos. Esta vez ya no salí al patio para esperarlo. Tomé un avión para encontrarlo.

En septiembre del 2002, visité Barcelona. Después de visitar el Pabellón de Mies van der Rohe, estuve en el Museo Olímpico en el Estadio de Montjuic. No cabía en mí de la emoción. Me cumplí el lujo y capricho de dar una vuelta olímpica en el estadio, previo pago del óbolo que esto significaba. Compré también una camiseta. Lo sé, soy una naca, pero me encantó hacer eso. La vida a veces permite cumplir sueños en retazos que saben a género completo. Lo imprescindible es nunca abandonarlos.

Lorena Sanmillán

Seúl ’88:Louganis. Bubka. Griffith. Graf.

July 29, 2016

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Mi emoción por la víspera de los Juegos Olímpicos de Seúl ’88 estuvo literalmente pasada por agua. El Huracán Gilberto decidió visitar Monterrey dos días antes de la inauguración y dejó un récord terrorífico sobre mi ciudad. El río Santa Catarina se desbordó, perdimos los juegos Manzo, muchas familias se quedaron sin casa, hubo muertos, gente extraviada, destrucción y estupefacción. En contraste, los regios fuimos olímpicamente solidarios.

Uno de los recuerdos que tengo más presentes del Huracán Gilberto es el momento en que desperté en el tejabán de mi casa. Por la rendija inmediata a mi almohada podía ver el árbol de mis vecinos cada mañana. Ese día, obviamente, estaba lloviendo y el pobre árbol, abrazado por el viento, hacía un movimiento similar al que hacen los limpiabrisas del automóvil. Se azotaba contra la banqueta de un lado a otro perdiendo su gallarda verticalidad. Supuse y luego supe que algo importante estaba pasando.

Entre parar la inundación de mi casa y ver las noticias. apenas si hubo un poco de tiempo para disfrutar la inauguración. La recuerdo vagamente. Fue muy sorprendente. La tecnología iba avanzando y también hubo muchas palomas blancas como símbolo universal de la paz, aunque muchas de ellas murieron en las llamas del pebetero.

En la preparatoria, el huracán y los Juegos Olímpicos eran la plática diaria. También hablábamos del XV años de Catalina, que se tuvo que suspender debido a las lluvias. Claudia y yo comentábamos las competencias del día mientras en la cancha de basquetball intentábamos tiros de tres puntos.

Un suceso detuvo el ritmo de la algarabía cotidiana. Primero imprimió un silencio total y después el grito de asombro y desconcierto que precede un gran cantidad de palabras intentando explicar, entender, suponer y demás. El clavadista estadounidense Greg Louganis se había descalabrado al realizar un salto desde el trampolín de tres metros. La alberca se tiñó de sangre. Louganis, herido, continuó con la competencia y logró dos medallas de oro. Greg fue admirable e impactante. Siete años después, se confesaría homosexual y portador del VIH. En ese tiempo, este tipo de noticias aún constituían un escándalo. Greg volvió a ser admirable e impactante.

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Más que de Louganis, me confieso enamoradísima de Sergei Bubka. Este hombre me robó el corazón con esa mirada de absoluta determinación y misterio. Era increíble verlo saltar con la garrocha, sin albur. Estableció nuevo Récord Olímpico y es, para mí, uno de los inolvidables de Seúl ’88.

En atletismo fue muy impresionante ver a Carl Lewis y saber de la descalificación de Ben Johnson. “La drogadicción” fue un tema recurrente en los ensayos de Taller de Redacción, con la Lic. Fuensanta López. Resultó muy triste ver cómo se acaba una carrera por la adicción a una sustancia prohibida. No concibía en mi mundo de quince años de edad cómo un atleta podía hacer eso. Sigo sin concebirlo ahora.

Mención aparte merece Florence Griffith. Toda una delicia verla correr en la pista de atletismo. Las competencias parecían haber sido diseñadas para ella. Siempre muy en su papel, sin despeinarse para lograr el triunfo. Lo mismo puedo decir de la alemana Steffi Graf quien fue todo un espectáculo en la cancha de tenis, deporte que regresó a los Juegos Olímpicos luego de sesenta años de ausencia. Se aceptaron jugadores profesionales y, por supuesto, Graf se ganó la medalla de oro.

De la Ceremonia de Clausura, lo que más recuerdo fue el momento en que las coreanas pasaron la estafeta a las españolas. El baile, de suyo tan femenino, nos unifica. La fuerza de la sensibilidad es un lazo perenne. Presentaron el logotipo de Barcelona ’92 y me enamoré de él instantáneamente. Fue la primera vez que no lloré, pues tenía la esperanza de la próxima olimpiada. También fue la primera vez que soñé con viajar a una Ceremonia de Inauguración.

Lorena Sanmillán

 

Los Ángeles ’84: El matemático. Andersen.

July 28, 2016

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Entonces llegó Los Ángeles ’84. Ya estaban los Juegos Olímpicos más cerca de México. Fue en el verano antes de comenzar el sexto año de primaria. Corría en la Asarco pateando una pelota, la multitud de chicharras cantaba y yo sentía que me aplaudían.  La salud de mi abuela Barbarita comenzó a deteriorarse. Las visitas a su casa y a la casa de mi tía Lupe se hicieron más frecuentes. En medio de todo este contexto, era importante sentarnos a ver los Juegos Olímpicos. La mejor transmisión era la de el Canal 13, Imevisión, con José Ramón Fernández. La cercanía con México volvía más accesibles las transmisiones de televisión pues debido a los husos horarios ahora sí podíamos verlos en directo.

De la ceremonia de inauguración no recuerdo gran cosa, excepto que la mascota “El tío Sam” no me hacía gracia alguna. Seguía añorando la ternura de Misha.

Cómo olvidar el momento en que Raúl González, “El matemático” ganaba la Medalla de Oro en la competencia de 50 Km de caminata y además establecía Récord Olímpico. Era la prueba que dominaba más. Lo había intentado en Munich, Montreal y Moscú, pero no lo había logrado. En esta ocasión además llegó de súper líder y dio la vuelta olímpica al estadio en completa soledad. Todo el triunfo era para él. Era su segunda medalla en los mismos Juegos, días antes había ganado una de plata al llegar en segundo lugar en la prueba de 20 Km, superado por otro mexicano: Ernesto Canto.

La medalla de oro estuvo expuesta en el extinto Salón de la Fama de Monterrey en las instalaciones de la Cervecería Cuauhtémoc, es decir, frente a mi casa. Iba mucho ahí, al Museo de Monterrey y de pasaba me colaba a ver la medalla y creo recordar que también estaba el uniforme y los tenis. ¿Dónde estarán ahora que lo han cerrado?

El gran momento dramático fue para Gabrielle Andersen, atleta Suiza. Era la primera vez que se correría el maratón femenino. Llegó al estadio y el público la recibió de pie, aplaudiendo su esfuerzo, su determinación. Así la acompañaron en la agónica vuelta que dio con pasos erráticos, cansada, deshidratada, desorientada,  acalambrada, pero con la firme convicción de terminar la prueba. Desfalleciéndose cruzó la meta. Se lo propuso y lo consiguió.

Gabrielle Andersen Maratón de LA ’84

Andersen, a sus 39 años, nunca se rindió, a pesar de que varias veces le dijeron que lo hiciera. “Esta es mi única y última oportunidad. Continuaré corriendo hasta terminar” repetía para sí misma, mientras sus músculos apenas le respondían, dando un paso tras otro encaminándose hacia la meta. Llegó en el lugar 37 de 44 participantes. Gracias a este suceso se adaptó el reglamento con un artículo que lleva su nombre para que los atletas puedan recibir atención médica sin ser descalificados.

En aquél momento no comprendí la magnitud de aquello. No sabía lo es correr ni por un minuto, mucho menos por varias horas. Hoy la vuelvo a ver con una óptica distinta. Hoy soy capaz de comprender todo el esfuerzo que hay detrás de ello. Y sé que yo también puedo hacerlo. Yo quiero correr un maratón. Yo voy a correr un maratón. Después me pondré la meta de correr en Marathon. El gran sueño sólo se consigue si todos los días trabajas para él y nunca te rindes.

Lorena Sanmillán

Moscú ’80: Misha

July 27, 2016

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Para los Juegos Olímpicos de Moscú tenía yo siete años. Ya agarraba más la onda, ya entendía un poco más de qué iba el asunto y creo que ya teníamos televisión de colores. Me desconcertaba -sigue desconcertándome- que sólo duraran algo así como dos semanas. Se me hacía muy poquitito tiempo. Las emociones intensas son así, duran muy poco. Con las cápsulas culturales que presentaban se intensificó en mí el deseo de viajar. No tenía la menor idea cuán lejos estaba Rusia.

De Moscú ’80 recuerdo la forma en que Nadia volvió a la pantalla. Creo que fue el momento en que se cayó de las barras asimétricas. Esta vez ganó menos medallas. Pierdo entre relojes el nombre de los demás atletas, aunque estuve muy pegada a la televisión viendo las repeticiones de las competencias. Después organizaba miniolimpiadas con los chavillos del barrio.

No comprendía mucho acerca de lo que hablaban los adultos refiriéndose a una “Guerra Fría” y el por qué Estados Unidos y muchos otros países no habían participado. El mismo Sol, el mismo cielo, la misma Luna nos cubre y, sin embargo, seguimos separados por estúpidas fronteras. Aprendí en ese momento lo que eran los husos horarios y me fascinó conocer el globo terráqueo que mis hermanos me explicaron por medio de una naranja. Después me regalaron el que ahora tengo en mi consultorio, comprado, por supuesto, en Selecciones.

Clausura de Moscú ’80. Despedida de Misha

Sin embargo, el recuerdo más vívido que tengo es la Ceremonia de Clausura. La belleza de la música, los mosaicos humanos formados por las personas en las gradas que me parecían el no va más de la creatividad. De pronto entró Misha, la mascota de los Juegos. Llevaba unos globos de Helio en sus garras. Empezó la despedida, dio una vuelta olímpica al estadio y con ello di rienda suelta a mi llanto. En un momento dado la soltaron, y comenzó a volar por el cielo. Cuando se perdió en la inmensidad, salí al patio de mi casa: quizá pasaría por ahí y podría verla. Estuve horas, muchas horas,  oteando el cielo de la Colonia Obrerista buscándola. Misha podría pasar en cualquier momento y yo no quería perdérmelo.

Ahora vuelvo a llorar, enternecida. También sonrío. Extraño mucho a esa niña y su inocencia infinita.  ¿Dónde estará? Quizá comparte el mismo cielo en el que vuela Misha. La fantasía permite volar alto, muy alto. La fantasía es un pasaporte expedito hacia esa eternidad que no precisa banderas ni requiere pasaporte.

Lorena Sanmillán

 

Montreal ’76: Nadie como Nadia.

July 27, 2016

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Nadie como Nadia

Los Juegos Olímpicos de 1976 fueron los primeros que tuve oportunidad de ver. Obviamente no los recuerdo mucho, tenía sólo tres años. Sin embargo, aún tengo muy presente la sensación de unidad que había en mi casa, pues todos juntos nos sentábamos frente al único televisor que teníamos a ver no sé qué cosa. En aquél tiempo yo no entendía nada. Mis hermanos se la pasaban callándome, pues yo reclamaba su atención.

Al pasar del tiempo, cuando vuelvo a Montreal ’76 lo resumo en una sola palabra. Nadia.

Gracias a las repeticiones en televisión pude volver a ver esos momentos en que el diez perfecto sucedía. Por mucho tiempo no comprendí exactamente lo que significaba, pero aplaudía la gracia con que Nadia participaba. Y era sólo Nadia, porque a los famosos, cuando los consideramos cercanos, les llamamos por su nombre de pila.

Mi hermano Daniel, aficionado a la radio de onda corta, escribió a Radio Rumania y me enviaron una fotografía autografiada de Nadia Comaneci cuando recibió su medalla. Los ojos de la gimnasta viendo su bandera me impresionaron mucho. Ansié vivir esa emoción por algo. Las miradas de los apasionados son arrebatadoras e indescriptibles. Esa fotografía es uno de mis recuerdos que atesoro. Narcisa desde siempre, por mucho tiempo creí que el número 73 lo usaba por ser el año de mi nacimiento.

Nunca he tenido la gracia ni el cuerpo para hacer gimnasia. Mi coordinación no es ni de broma compatible con la perfección. Admiro el cuerpo humano y las enormes capacidades que tiene para aquellos que están dispuestos a pagar el precio por ello. Es menester la disciplina, la constancia, la dedicación, el sacrificio, la convicción, la pasión. Además de todo lo objetivamente necesario para lograr la meta llámese entrenamiento, alimentación, entrenador, gimnasio, apoyos, etcétera.

Nadie como Nadia, decían los periódicos cuando pude aprender a leer. Bendito sea el español que permitió hacer lo que hoy sé que se llama aliteración. Una aliteración que además me encanta y es un retrato sin filtro de la verdad: Nadie como Nadia. Así recuerdo Montreal ’76, cuarenta años después.

Lorena Sanmillán