Archive for the ‘Relatos’ Category

Manque me lleven los pingos

May 15, 2019

Si pude ver más lejos

fue porque me subí a los hombros de un gigante.

T. S. Eliot

Madre querida, madre adorada… no recuerdo exactamente en qué terminaba este verso. Recuerdo que muchos decían vamos al cine, tú pagas la entrada. A mí, por supuesto, no me hacía, ni me hace, gracia. Lo que sí recuerdo muy bien eran los festivales de la primaria donde estudiaba -la escuela 375 Aniversario de la Fundación de Monterrey-, para celebrar el Día de las Madres.

Siempre hacíamos alguna poesía, algún “cuadro plástico” para homenajear a nuestras madres. No obstante, el plato fuerte del festival era el poema que declamaría esa tarde el profesor Álvaro. Aunque lo intentáramos no había competencia posible. Ganaba por mucho su talento interpretativo. Ni la rifa que vendría después reunía tantas expectativas.

El profesor Álvaro pertenecía a la plantilla de maestros jóvenes de la escuela. Casi siempre era el maestro de ceremonias en las asambleas. Cuerpo esbelto y atlético, moreno aperlado,  alto, mirada pesada y animosa, en sus ojos brillaba un cometa. Imponía por su seriedad y su forma de ejercer disciplina sin castigar. Sabía ganarse el respeto y su presencia significaba silencio porque sabíamos que nos diría algo importante. Además de las cosas artísticas, también apoyaba en el equipo de volibol. Me gustaba, como seguramente sucedía con mis compañeras y tenía entre sus fans a mi madre. Discreto y elegante, su perfume era suave y masculino.

Lo anunciaban y subía al foro. Camiseta de planchado impecable, generalmente de colores claros, pantalón formal y zapatos boleados. Todo él presencia grata. Y, desde luego, su voz. Esa voz que enseñaba matemáticas y recitaba nombres históricos contenía en su espectro la ternura. En esas actuaciones podíamos asomarnos a su sensibilidad.

Recitaba el poema “Por qué me quité del vicio”. Comenzaba pausado, sintiendo cada palabra. Pronunciaba perfecto los arcaísmos que acompañan la composición. Conforme avanzaba su actuación, se transformaba. Desde los pupitres acomodados en el patio, las madres lo observaban y algunas derramaban lágrimas pues su acto era conmovedor. Tejía en el aire el poema, al tiempo que abrazaba un hijo imaginario que había tomado el refinado para encontrarse con su madre, como lo hacía su padre cuando tomaba. La reflexión se convertía en epifanía y un gran aplauso agradecía su entrega, pues la frase final la decía con la voz cortada por la emoción.

Así, lo recordé por varios años, cada 10 de mayo. Hace unos años pude encontrarlo en Facebook y me agradó comprobar que sigue guapísimo. El tiempo ha sabido recompensar su esfuerzo y actitud por conservarse jovial. Es maravilloso saber de su vida y su familia. Un regalo maravilloso platicar con él, después de treinta años de sólo recordarlo.

Hoy es día del Maestro y quiero agradecerle ese poema, porque gracias a esas declamaciones comprobé el poder de las palabras para conmover y transformar. No sé a cuántas personas haya tocado en toda su vida magisterial. Me enorgullece ser una de ellas.

Gracias, profesor Álvaro, por su vida, su voz, su dedicación y sus palabras.

Lorena Sanmillán

 

Advertisements

Aprende

February 9, 2019

Manuela me pregunta más de ocho veces a qué horas entro y cuánto dura mi clase. Más de ocho veces -con infinita paciencia- le contesto lo mismo. Tres o cuatro horas, mamá. La obligo a desafiar su casi nula memoria reciente. ¿A qué horas entro, Manuela? Pergeña en su mente. Al ratito, contesta. ¿A qué horas salgo, mamá? Batalla. Se enoja. Cambia el tema. Le repregunto: ¿a qué horas salgo, Manuela? Cuando aprendas algo, puntualiza y suelta la carcajada.

Lorena Sanmillán

Cucharada con guante blanco

February 3, 2019

Le doy de comer a Manuela en la boca. Con parsimonia tomo la cuchara y le platico. La entretengo para que coma. Suena mi celular, contesto. Suspendo el alimentarla. Manuela escucha la conversación. La veo de reojo tomando la cuchara y un pedazo de plátano. Batalla. Le tiemblan las manos. Suspendo la plática. Manuela levanta la cuchara. Me recrimino haberme distraído. Entre risas y reconcomios le pregunto si tiene mucha hambre. Dice que no y pone la cuchara con plátano en mis labios. “Le dijiste a tu amiga que no habías comido”. Ésa es mi madre.

Lorena Sanmillán

Al pie de un árbol

December 4, 2018

Ciudad de México. Entro a “La Parisina”, -en Monterrey no encuentro varias cosas para tejer, y me pongo a buscarlas. Chaparra como soy, de pronto casi se me destroza un oído porque un hombre encorvado -tal vez buscando escuchar mejor la llamada de su celular- (me) grita: “¿Pie? ¿Un pie de árbol? ¿Eso quieres que busque?” Su mirada es un laberinto cuando repite la indicación lentamente, en jerigonza paulino: “¿Un-pi-e-de-ár-bol ¿E-so-qui-e-res?-¿Se-gu-ra?” ¡Lo que daría porque en este momento se pudiera ver lo que piensa o imagina!

Lorena Sanmillán

Amor del bueno

September 4, 2018

Voy en el coche. Llevo a mis perras a ver a mamá, su abuela. Mientras manejo, pienso en los pendientes que tengo. El semáforo en rojo decreta una pausa en el trayecto. En la radio canta Reyli. Siento una mirada. Twitter aúlla, como lo hace cuando llama la atención e intenta comunicarse. La escucho en segundo plano. Sigo con mis pensamientos. Tantas cosas por hacer. Vuelvo a sentir la mirada sobre mí. Volteo hacia la derecha. Una familia nos saluda, están encantados con la perra. Sonrío y devuelvo el saludo. La conductora levanta sus pulgares, felicitándome. Verde. Avanzamos. Coincidimos de nuevo en el siguiente semáforo. Twitter aúlla más fuerte. Lakmé -antisocial- va echada en actitud de “No me molesten”. Bajo el vidrio para que vean mejor a la Twitter. La conductora baja el vidrio y yo hago lo propio. Nos saludamos. ¡Qué bonito! Es perra, le digo. ¡Qué bonita!, corrige, disculpándose. ¡Qué elegante! ¿Van de paseo? Sí, vamos a ver a mi madre. ¡Qué lindo! ¡Van con la abuela! La familia entera está conmovida con el animal que va en mi coche, la chulean, la piropean y la otra, nalgas prontas, sigue aullando, agradeciendo el detalle. Olvido los pendientes y me concentro en el momento, trémula de ternura. Verde otra vez. Nos despedimos sonrientes y canto con Reyli: Nadie le apostaba a que yo fuera tan feliz -con dos animales en mi coche- pero cupido se apiadó de mí.

Lorena Sanmillán

Cinco abuelos

August 29, 2018

Hoy es el día del adulto mayor. Día del abuelo.

Hoy recuerdo a mi abuelo Jesús, padre de mi padre. Ferrocarrilero, mujeriego e incansable narrador. Algún día escribiré sobre la anécdota de mi apellido paterno y las cosas que pasaban en el patio de maniobras de los trenes. Presumía conocer a Francisco Villa. Recuerdo mucho sus regalos. Especialmente el coche de bombero y de policía y ese Jeep amarillo que regaló mi padre.

No conocí a mi abuela paterna, María de la Luz. Nací en junio y ella murió en enero de ese mismo año. No sé más de ella que lo que cuenta mi madre. Sólo tengo en mi mente una foto que veo a diario. Nunca la he sentido cercana, y no la quiero.

Con mis abuelos maternos tuve más cercanía. Barbarita, madre de mi madre, me mostró lo que es cuidar a un enfermo. Yo la cuidaba, comenzaba mi adolescencia, ella respiraba y en cada respiro se le iba un poco su vida. Yo temblaba. Ella me regaló mi primera mascada. Ahora tengo colección.

Mi abuelo Eulogio, fue tanto para Manuela. Tenía talento para las letras. Escribía las cartas que los demás le dictaban. Murió muy joven, menos de cuarenta años, por su alcoholismo y supo sacar adelante a su familia. Emigró hacia donde estaba el trabajo para tener una mejor vida. 

Y me queda, don Gabriel, el segundo esposo de mi abuela, a quien nunca se me permitió decirle abuelo, pero de quien recibí tantos detalles, tanto amor. Algunas tardes de sábado, la mayoría, viene a mi memoria. Lo vuelvo a ver, caminando hacia la carnicería para comprar chicharrones de res, y a la tortillería. Regresaba. Mis hermanos y yo lo aguardábamos sentados en la banqueta. A cada uno nos daba una tortilla e iba poniendo un chicharrón de res, recién sacado del cazo. Nosotros comíamos, con un Grapette, que mi abuela había puesto en hielo, porque sabía que ese sábado la visitaríamos. Yo lo quería mucho y nunca se lo dije. Espero que lo haya sentido. Saber que lo quería lo supe en mi adultez, qué cabrona es la vida.

Yo no seré abuela de nadie.

Lorena Sanmillán

En una casa de empeños

August 12, 2018
Enrique Granier era un francés de gran corazón, y, sin embargo, se había establecido en México abrien­do una casa de empeños.
No quiere decir eso que yo juzgue hombres de malos sentimientos a los que tienen casas de empeños; pero hay, sin embargo, necesidad de tener un carácter especial para fundar la propia ganancia en la desgracia ajena; porque es seguro que solamente van a buscar el re­medio en el empeño los perseguidos de la suerte, y allí se apuran hasta los últimos recursos, y allí, tras lo superfluo, va lo necesario: después de la joya, llegan hasta el colchón y las prendas más indispensables.
Se encuentra allí, es cierto, la sal­vación del momento, pero se prepa­ra la angustia de lo por venir.
A pesar de eso, siempre el que sale de aquella casa muestra en el rostro algo de satisfacción; y es na­tural, pues si a dejar fue la prenda, sale con el dinero que remedia una necesidad o salva de un compromi­so; si a recuperarla fue, sale conten­to con ella, porque vuelve a recon­quistarla después de haberla creído perdida, y es ya un augurio de me­jores tiempos. Pero, a pesar de todo, es triste contemplar aquella multi­tud de objetos, cada uno de los cuales es el símbolo de una angustia, de un sacrificio, de un dolor, y cada persona de las que vienen sueña que lleva un objeto de gran valía, que simboliza para él la esperanza de salvación, y se encuentra con el frío razonamiento del comerciante, que no ve en aquello el último recurso de una familia sin pan, sino una prenda que definitivamente puede venderse para cubrir la suerte prin­cipal y el interés del préstamo.
Y yo le hacía todas estas re­flexiones a Granier, y él me con­testaba:
– Mire usted, en el fondo tiene usted mucha razón; pero en la lu­cha por la existencia los sentimien­tos románticos entran por muy poco en el cálculo. Además, el hombre se acostumbra a todo; se procura tratar a los clientes con la mayor benevolencia, y siempre viene con la reflexión este razonamiento: tie­nen que existir estas casas de empe­ños; y de no tenerlas yo, las tendría otro, que quizá fuera más rudo y sacrificara a los pobres.
– Tiene usted razón también; pero ahí, detrás de ese mostrador, habrá usted comprendido todas las miserias de la humanidad, habrá usted presenciado escenas conmovedoras.
– Sí, cosas terribles; oiga usted una historia muy sencilla, pero que a mí me conmovió profundamente.
– Cuéntemela usted.
*
Era una tarde del mes de diciem­bre; el tiempo estaba muy frío; os­curecía, y ningún parroquiano aso­maba por la puerta de la casa. Iba yo a cerrar para arreglar mis cuen­tas, cuando entró una niña peque­ñita, como de seis años, vestida muy pobremente, y que se acercaba como vacilando y con timidez al mostra­dor. Me causó compasión instintiva­mente, y como no alcanzaba para hablarme, me incliné sobre la mesa para verle la cara.
– ¿Qué quieres? -la pregunté.
– Nada.
– ¿Cómo nada? Pues entonces, ¿a qué vienes?
– Porque mi papá y mi mamá están enfermos en la cama, y no han comido en todo el día porque no tenemos, y yo vengo a empeñar.
– ¿Vienes a empeñar? ¿Qué traes para empeñar?
Y ella entonces sacó de debajo de un viejo y destrozado rebocillo con que se cubría un objeto pequeño, que me presentó con una especie de orgullo, al mismo tiempo que de dolor, y como quien sacrifica una riquísima alhaja, diciéndome:
– Pues vengo a empeñar mi rorro.
Era un rorro viejo y maltratado, que seguramente no valía dos cén­timos.
Comprendí todo lo que pasaba en el corazón de aquella niña; el va­lor tan grande que daba a su mu­ñeca; el doloroso sacrificio que ha­cía por sus padres al empeñarlo, y la esperanza tan lisonjera de obte­ner por él una gran suma.
– ¿Y qué hizo usted? -le pre­gunté a Granier.
– Pues sentí un nudo en mi gar­ganta, y, sin poder hablar, le di a la niña cinco duros y le devolví su rorro, y me quedé llorando como un tonto sobre el mostrador.
Vicente Riva Palacio

Siempre

August 2, 2018

1989. Domingo por la tarde. Mis hermanos salían, la casa estaba en calma. Nada qué hacer. Sólo pensar en ella. Otra vez, como cada domingo, descolgar el teléfono, levantar el auricular y marcar en el disco los seis dígitos que me separaban de su voz. Ya tenía lista la grabadora y el cassette de Mijares -su favorito- para ponerle la canción que le dedicaba, desde mi cobarde valentía. No existían los identificadores de llamadas, así que permaneceré en el anonimato hasta el día que lea este texto. El teléfono timbraba. Agitada, apenas contenía la respiración. Ella respondía “Dígame…” y en ese momento yo accionaba el botón de play que lanzaba  mi flecha sonora a sus oídos. Ella escuchaba en silencio hasta el final. Así, cada domingo, y el lunes la saludaba como sin nada en la preparatoria. Sin saberlo hicimos un ritual que ese día ella decidió romper. Manuelito cantaba el coro y yo silente me desgranaba con él: Tengo amor que llora triste / porque no te puedo amar… En ese justo momento ella preguntó al teléfono vacío ¿Por qué no? Asustada, colgué. El lunes dibujé un laberinto entre sus pasos y mis pasos para evitar encontrarnos. Nunca más volví a ponerle esa canción.

Lorena Sanmillán

A cuentagotas

July 28, 2018

Gotera

ritmo pautado del infinito

infinito

ocho, galaxia, galería, eclipse

eclipse

ausencia de protagonismo

protagonismo

narciso urbano que baila flamenco

flamenco

vanidoso plumaje iridiscente abanico

abanico

imprescindible extensión corporal en la canícula

canícula

alfombra de las Perseidas

Perseidas

lágrimas de san Lorenzo, lejanos alfileres en el manto del cielo

cielo

límite etéreo bajo el cual todo sucede

sucede

sucedes, eres, existes, ignoras, dueles.

Lorena Sanmillán

 

 

Canción de tumba. Julián Herbert. I

June 17, 2018

Hace mucho que compré el libro, por recomendación de Jorge Castillo, pero no había tenido el tiempo ni las ganas de leerlo. Es uno de los libros que están en la fila y en la cual cada tanto se cuelan los libros avanzosos que llegan sin turno y devoran mi tiempo. Ahora lo tengo en mis manos, he decidido leerlo. Dice la computadora que el respaldo del teléfono se tardará una hora, así que decido tener esta hora de lectura mientras mi teléfono hace lo que necesita hacer cibernéticamente.

Este libro ha ganado diversos premios. XXVII Premio Jaén de Novela. Dice la computadora que si acepto no sé qué cosa. Interrumpo la lectura.

Lo dedica a Mónica. ¿Quién será? Mientras pienso en este dato personal de Herbert también pienso en su salud. ¿Cómo seguirá? No lo conozco, pero por alguna razón me cae bien, lo siento cercano. Espero que se haya mejorado y que la colecta que se inició haya tenido éxito.

No tengo a la mano Post It y no quiero rayarlo. Sigo simplemente observándolo, oliéndolo. Hojeándolo. Se trata de una historia contada en 206 páginas. Dividida en tres partes:

I.- I don´t fucking care about spirituality

II.- Hotel Mandala

III.- La vida en la tierra

Uno de los apartados se llama Jirafa de Lego. Me sigue cayendo muy bien este autor. Leo un poco de su biografía. Escritor y poeta, dice una de las páginas. ¿Los poetas no son escritores?  Tengo muchísimo calor y la computadora no deja de preguntarme cosas. Creo que leer no es una buena opción. No me puedo concentrar. Sólo lo observaré, dándole la bienvenida a mis horas.

Comienza con un epígrafe de Armando J. Guerra “Madre sólo hay una. Y me tocó”. Pienso en José Martí: “Hay un sólo niño hermoso en el mundo y cada madre lo tiene”, y pienso también en una apropiación para Manuela: “Sólo hubo una Manuela en el mundo y yo la he tenido como madre.” Cursi, copiado, lugarcomuneado, pero mío. Manuela también me habla desde su cama, algo quiere comentarme. Lo dicho, este momento no era para leer.

Lorena Sanmillán