Archive for the ‘Relatos’ Category

Clase de baile II

November 27, 2019

Hoy se integró una mujer a la clase de baile, fuera de eso la sesión transcurrió sin novedad, sumando a la vida un episodio más de mis fracasos. No te asombre si te digo lo que fuistessss 🎼🎼🎼. La maestra marcó un nuevo paso complicado -como son todos los pasos para mí. Ven al frente, Lorena. Su mano extendida con gentileza tiene más fuerza que un chasquido de dedos. Su voz dulce es una orden marcial. Imposible desobedecerla. Tiembla que suda me coloqué al frente. Atenta. Tensa. Atenta. Tensa. Soy sólo una tabla que pretende bailar. Ella marca el paso lentamente y en silencio. 1. Derecha. Sencillo. 2. Izquierda. Sencillo. Adelante. Izquierda. Atrás. Desplante. Flexión. ¡Otra vez! Mira el espejo, no los pies, sugiere. En silencio, en el espejo danzan una elefanta y una campamocha, dignas de una escena de Fantasía 2019. El antípoda ejemplificado tiembla y suda. Detrás de nosotras está el resto de la clase. ¡Una vez más! No entiendo nada. Seguimos marcando los pasos en silencio. ¿Lista? Subo y bajo los hombros, indefensa. ¿Listas? ¡Va! Va. Va hacia el teléfono y pone la música. Va y es Madonna. ¡Va! Sonrío y aligero un poco la espalda. Repetimos los pasos silentes que se acomodan perfecto con los acordes de Medellín. Sonrío y pierdo la coordinación adquirida. Sonríe e indica paciencia-paciencia. Aunque la letra de la canción es una estafa, cuando coincido en la coreografía siento que triunfo en Wembley y bailo con Mi criatura; todos los reflectores están sobre nosotras. Pienso en esa posibilidad y todo brilla a mi alrededor. Por un instante me siento poderosa e ilimitada. Terminamos la canción, vuelvo a mi sitio y sé que podría exprimir mi camiseta varias veces y ni así le secaría el sudor. Termina la clase y la chica nueva dice tener dos pies izquierdos. Yo sigo intentándolo, consciente -muy consciente- de que tengo tres.

Lorena Sanmillán

La mera onda del parifay

June 15, 2019

Todo el día he escuchado el nuevo disco de Madonna en Spotify. Repeat mode on hasta el infinito del ad infinitum del pleonasmo. Escucho, analizo, disfruto, alabo, aplaudo, comparo… mientras Manuela sólo muestra desaprobación e infinita paciencia ¿Quién canta? , pregunta por vigésima vez, Madonna, contesto una vez más. Ah… sabe que tiene la batalla perdida; si me jala el hilo volveré a contarle que es Madame X, el disco nuevo, y no detendrá mi ponencia. Seguimos con la vida. Ella hace sopas de letras y yo limpio las figuras de cerámica. Madonna canta que canta. Llega el momento de pasar lista, cuando mi madre hace un recuento de los vivos y pide hablar con una prima. La comunico por el teléfono fijo. Imagino la pregunta del otro lado del auricular y escucho, -sonriente y triunfante-, la respuesta de mi Manuela presumida, genio y figura: Pues yo aquí en la mera onda, escuchando lo nuevo de Madonna en el parifay, no creas que namás escucho a Chelo Silva.

Lorena Sanmillán

Dreaming

May 29, 2019

Gran parte de la noche la pasé intercambiando mensajes por WhatsApp con Madonna. Ella con su poco español y yo con mi poco inglés nos decantamos por charlar en italiano. Lo mejor fueron los mensajes de audio. Encantadora cantó para mí Like a prayer, y yo le aplaudía hasta despellejar las palmas y la adoraba acercándola a través de los huecos en las persianas de mi ventana. Así pasamos una noche inolvidable. Desperté con una sonrisa infinita en el rostro, una paz deliciosa en la mirada y con mi celular en la mano. Quise contárselo a una amiga pero dice Telcel que mi saldo se ha agotado.

Lorena Sanmillán

Misión cumplida

May 18, 2019

Reconozco que me provoca una profunda envidia y admiración la gente que dice No tengo nada qué hacer. Dicen eso y de inmediato me imagino sus clósets acomodados, su ropa limpia y planchada, zapatos boleados, amistades visitadas, mamás atendidas, libros leídos, bufandas tejidas, recetas nuevas aprendidas, películas vistas, cuentas saldadas, basureros limpios, árboles podados, entrenamientos cumplidos previos al maratón; casas pintadas, cuatros de triques sin triques, poemas escritos, novelas terminadas, retretes limpísimos en los que se puede tomar agua, manteles desmanchados, música disfrutada, dulces probados, pasteles horneados, mascadas planchadas y acomodadas por colores, hijos educados, conflictos resueltos, heridas sanadas, pisos pulidos, plata bruñida, aspas de ventiladores limpísimas, vidrios transparentes, camas tendidas, peticiones complacidas, series revisadas, proyectos caminando, depresiones superadas, sobrepeso controlado, refrigerador sanitizado, patio reluciente; idiomas hablados, ciudades conocidas, tesis concluidas, bocetos pasados en limpio, bisagras aceitadas, barandales libres de polvo, rito de funeral resuelto, regalos escogidos y envueltos, llamadas contestadas, mails respondidos, mensajes con interacción, boletos vendidos, risas compartidas, cobijas de invierno lavadas, agendas con palomitas que indican que han cumplido todo lo pendiente… Sí. Siento una profunda envidia, proporcional a la admiración, por esa gente.

Lorena Sanmillán

Manque me lleven los pingos

May 15, 2019

Si pude ver más lejos

fue porque me subí a los hombros de un gigante.

T. S. Eliot

Madre querida, madre adorada… no recuerdo exactamente en qué terminaba este verso. Recuerdo que muchos decían vamos al cine, tú pagas la entrada. A mí, por supuesto, no me hacía, ni me hace, gracia. Lo que sí recuerdo muy bien eran los festivales de la primaria donde estudiaba -la escuela 375 Aniversario de la Fundación de Monterrey-, para celebrar el Día de las Madres.

Siempre hacíamos alguna poesía, algún “cuadro plástico” para homenajear a nuestras madres. No obstante, el plato fuerte del festival era el poema que declamaría esa tarde el profesor Álvaro. Aunque lo intentáramos no había competencia posible. Ganaba por mucho su talento interpretativo. Ni la rifa que vendría después reunía tantas expectativas.

El profesor Álvaro pertenecía a la plantilla de maestros jóvenes de la escuela. Casi siempre era el maestro de ceremonias en las asambleas. Cuerpo esbelto y atlético, moreno aperlado,  alto, mirada pesada y animosa, en sus ojos brillaba un cometa. Imponía por su seriedad y su forma de ejercer disciplina sin castigar. Sabía ganarse el respeto y su presencia significaba silencio porque sabíamos que nos diría algo importante. Además de las cosas artísticas, también apoyaba en el equipo de volibol. Me gustaba, como seguramente sucedía con mis compañeras y tenía entre sus fans a mi madre. Discreto y elegante, su perfume era suave y masculino.

Lo anunciaban y subía al foro. Camiseta de planchado impecable, generalmente de colores claros, pantalón formal y zapatos boleados. Todo él presencia grata. Y, desde luego, su voz. Esa voz que enseñaba matemáticas y recitaba nombres históricos contenía en su espectro la ternura. En esas actuaciones podíamos asomarnos a su sensibilidad.

Recitaba el poema “Por qué me quité del vicio”. Comenzaba pausado, sintiendo cada palabra. Pronunciaba perfecto los arcaísmos que acompañan la composición. Conforme avanzaba su actuación, se transformaba. Desde los pupitres acomodados en el patio, las madres lo observaban y algunas derramaban lágrimas pues su acto era conmovedor. Tejía en el aire el poema, al tiempo que abrazaba un hijo imaginario que había tomado el refinado para encontrarse con su madre, como lo hacía su padre cuando tomaba. La reflexión se convertía en epifanía y un gran aplauso agradecía su entrega, pues la frase final la decía con la voz cortada por la emoción.

Así, lo recordé por varios años, cada 10 de mayo. Hace unos años pude encontrarlo en Facebook y me agradó comprobar que sigue guapísimo. El tiempo ha sabido recompensar su esfuerzo y actitud por conservarse jovial. Es maravilloso saber de su vida y su familia. Un regalo maravilloso platicar con él, después de treinta años de sólo recordarlo.

Hoy es día del Maestro y quiero agradecerle ese poema, porque gracias a esas declamaciones comprobé el poder de las palabras para conmover y transformar. No sé a cuántas personas haya tocado en toda su vida magisterial. Me enorgullece ser una de ellas.

Gracias, profesor Álvaro, por su vida, su voz, su dedicación y sus palabras.

Lorena Sanmillán

 

Aprende

February 9, 2019

Manuela me pregunta más de ocho veces a qué horas entro y cuánto dura mi clase. Más de ocho veces -con infinita paciencia- le contesto lo mismo. Tres o cuatro horas, mamá. La obligo a desafiar su casi nula memoria reciente. ¿A qué horas entro, Manuela? Pergeña en su mente. Al ratito, contesta. ¿A qué horas salgo, mamá? Batalla. Se enoja. Cambia el tema. Le repregunto: ¿a qué horas salgo, Manuela? Cuando aprendas algo, puntualiza y suelta la carcajada.

Lorena Sanmillán

Cucharada con guante blanco

February 3, 2019

Le doy de comer a Manuela en la boca. Con parsimonia tomo la cuchara y le platico. La entretengo para que coma. Suena mi celular, contesto. Suspendo el alimentarla. Manuela escucha la conversación. La veo de reojo tomando la cuchara y un pedazo de plátano. Batalla. Le tiemblan las manos. Suspendo la plática. Manuela levanta la cuchara. Me recrimino haberme distraído. Entre risas y reconcomios le pregunto si tiene mucha hambre. Dice que no y pone la cuchara con plátano en mis labios. “Le dijiste a tu amiga que no habías comido”. Ésa es mi madre.

Lorena Sanmillán

Al pie de un árbol

December 4, 2018

Ciudad de México. Entro a “La Parisina”, -en Monterrey no encuentro varias cosas para tejer, y me pongo a buscarlas. Chaparra como soy, de pronto casi se me destroza un oído porque un hombre encorvado -tal vez buscando escuchar mejor la llamada de su celular- (me) grita: “¿Pie? ¿Un pie de árbol? ¿Eso quieres que busque?” Su mirada es un laberinto cuando repite la indicación lentamente, en jerigonza paulino: “¿Un-pi-e-de-ár-bol ¿E-so-qui-e-res?-¿Se-gu-ra?” ¡Lo que daría porque en este momento se pudiera ver lo que piensa o imagina!

Lorena Sanmillán

Amor del bueno

September 4, 2018

Voy en el coche. Llevo a mis perras a ver a mamá, su abuela. Mientras manejo, pienso en los pendientes que tengo. El semáforo en rojo decreta una pausa en el trayecto. En la radio canta Reyli. Siento una mirada. Twitter aúlla, como lo hace cuando llama la atención e intenta comunicarse. La escucho en segundo plano. Sigo con mis pensamientos. Tantas cosas por hacer. Vuelvo a sentir la mirada sobre mí. Volteo hacia la derecha. Una familia nos saluda, están encantados con la perra. Sonrío y devuelvo el saludo. La conductora levanta sus pulgares, felicitándome. Verde. Avanzamos. Coincidimos de nuevo en el siguiente semáforo. Twitter aúlla más fuerte. Lakmé -antisocial- va echada en actitud de “No me molesten”. Bajo el vidrio para que vean mejor a la Twitter. La conductora baja el vidrio y yo hago lo propio. Nos saludamos. ¡Qué bonito! Es perra, le digo. ¡Qué bonita!, corrige, disculpándose. ¡Qué elegante! ¿Van de paseo? Sí, vamos a ver a mi madre. ¡Qué lindo! ¡Van con la abuela! La familia entera está conmovida con el animal que va en mi coche, la chulean, la piropean y la otra, nalgas prontas, sigue aullando, agradeciendo el detalle. Olvido los pendientes y me concentro en el momento, trémula de ternura. Verde otra vez. Nos despedimos sonrientes y canto con Reyli: Nadie le apostaba a que yo fuera tan feliz -con dos animales en mi coche- pero cupido se apiadó de mí.

Lorena Sanmillán

Cinco abuelos

August 29, 2018

Hoy es el día del adulto mayor. Día del abuelo.

Hoy recuerdo a mi abuelo Jesús, padre de mi padre. Ferrocarrilero, mujeriego e incansable narrador. Algún día escribiré sobre la anécdota de mi apellido paterno y las cosas que pasaban en el patio de maniobras de los trenes. Presumía conocer a Francisco Villa. Recuerdo mucho sus regalos. Especialmente el coche de bombero y de policía y ese Jeep amarillo que regaló mi padre.

No conocí a mi abuela paterna, María de la Luz. Nací en junio y ella murió en enero de ese mismo año. No sé más de ella que lo que cuenta mi madre. Sólo tengo en mi mente una foto que veo a diario. Nunca la he sentido cercana, y no la quiero.

Con mis abuelos maternos tuve más cercanía. Barbarita, madre de mi madre, me mostró lo que es cuidar a un enfermo. Yo la cuidaba, comenzaba mi adolescencia, ella respiraba y en cada respiro se le iba un poco su vida. Yo temblaba. Ella me regaló mi primera mascada. Ahora tengo colección.

Mi abuelo Eulogio, fue tanto para Manuela. Tenía talento para las letras. Escribía las cartas que los demás le dictaban. Murió muy joven, menos de cuarenta años, por su alcoholismo y supo sacar adelante a su familia. Emigró hacia donde estaba el trabajo para tener una mejor vida. 

Y me queda, don Gabriel, el segundo esposo de mi abuela, a quien nunca se me permitió decirle abuelo, pero de quien recibí tantos detalles, tanto amor. Algunas tardes de sábado, la mayoría, viene a mi memoria. Lo vuelvo a ver, caminando hacia la carnicería para comprar chicharrones de res, y a la tortillería. Regresaba. Mis hermanos y yo lo aguardábamos sentados en la banqueta. A cada uno nos daba una tortilla e iba poniendo un chicharrón de res, recién sacado del cazo. Nosotros comíamos, con un Grapette, que mi abuela había puesto en hielo, porque sabía que ese sábado la visitaríamos. Yo lo quería mucho y nunca se lo dije. Espero que lo haya sentido. Saber que lo quería lo supe en mi adultez, qué cabrona es la vida.

Yo no seré abuela de nadie.

Lorena Sanmillán