Archive for the ‘Boceto de escritora’ Category

Dos horas muy padres

October 9, 2007

Odio el Autocad, hasta estoy de mal humor, pero no tengo ganas de limpiar mi restirador para ponerme –realmente- a dibujar. Escucho los pasos de papá que viene a mi estudio. Rechina la puerta. Ya está en mi espacio. Siempre entra sin tocar. Es el único de esta familia que se atreve a hacer eso. ¿Poca educación o es su forma sutil de recordarme que esta es su casa? Quizá por ahí viene la cosa, se trata de autoridad.

Grabo lo que he hecho. Viene a interrumpirme y seguro me entretendrá por un rato. Mande, le digo en automático con un tono áspero. ¿Me llevas a comprar la despensa mañana? Lo dice como sólo él sabe: parece que te pide un favor, pero en realidad te da una orden. ¿Mañana, a qué horas?, le pregunto sabiendo de antemano su respuesta. En la mañana. No puedo por la mañana, papá, vamos ahorita. Ahorita yo no puedo, hijita, dije mañana. Padre, padre padre. Pelón y con piojos. Viene a pedirme favores y encima establece sus horarios. No soy un taxi, papá. No soy chofer. No me diga hijita.

Continúo con mi dibujo dando por terminada la plática. Él sigue en mi estudio haciendo un inventario de los papeles sobre la mesa. Algo pasa en su cabeza y acepta mi propuesta. Vámonos, pues. Apago el monitor de la computadora y enciendo mi chip de hija menor.

El asunto divertido se instala apenas le abro la puerta del coche para que se suba. Mi humor cambia de inmediato. No sé cómo contarlo. Pero estas dos horas que siguen son mi tarea, pues se nos ha pedido relatar dos horas de nuestra vida. Quizá me ayudará poner en cursiva, todo lo que pienso pero no le digo. Quizá debiera empezar a practicar los diálogos.

Este coche no es como el de tu hermano. Mi padre insiste en comparar el Astra super equipado de Moisés contra mi Pointer austero. No tiene para agarrarse, no me quiero poner el cinturón. No le estoy preguntando. Qué bien suena el stereo, Sony, pura calidad. No, papá, sólo era el más barato. ¿Qué estamos escuchando? Miguel Bosé. Ni te atrevas, Polo, ni te atrevas a criticarlo. Hasta olvido el usted con el que mi madre nos ha enseñado a hablarle.

Camino al centro comercial vemos una ambulancia. ¿Te acuerdas? Sí, papá. Cómo olvidarlo. Nueve hijos, una esposa, ocho hermanos y allá voy sólo yo a cuidarlo. Me dormí en el piso helado de la Sala de Espera. A las seis de la mañana preguntaron por un familiar. Papá moribundo quería hablar conmigo, es decir, con alguien. Allá voy por la bendición y la herencia, corriendo apresurada. El señor sólo quería que le trajeran su radio. Cómo amaneciste, dormiste bien, no se le ocurrió ni siquiera preguntarlo.

Tengo un comentario listo para herirlo si se le ocurre sacarme plática. No lo uso pues quedamos en silencio. No tengo ganas de discutir con él. Además pienso en que no he escrito mi cuento. Fantástica para criticar pero débil para crear. Bien lo dice mi madre: Entre más larga la lengua más corta debes tener la cola.

Llegamos a la tienda. Mal me estaciono, él olvida pagar el taxi y dar las gracias. Solo se baja dando un portazo. Camina rapidísimo, hecho madre dirían los maleducados. Lo veo alejarse. Se ve super simpático. Parece que va a recoger un premio. Corre, Polo, corre, que no te vea Almohadóvar porque te hace película.

Termino de acomodar el coche. Subo el vidrio del copiloto, bajo el seguro, pongo la alarma, procurando no perderlo de vista. Luego me tranquilizo. Ya sé para donde va. Lo encuentro en las latas. Me pregunta que qué tanto escribo. Cosas, papá, cosas.

De lo que se pierden mis hermanos. Ir de compras con papá es tan divertido. Creo que así lo recordaré cuando ya no esté. ¿Porqué ni escrito me sale decirle mi papá? Siempre es papá, padre, el papá de todos, tu papá, pero nunca mío. Es una barrera del lenguaje. Porque lo que amamos lo consideramos nuestra propiedad, como dice Cortez. No seguiré este pensamiento, estoy en un taller de escritura no en Gestalt.

Hay que leerle todas las etiquetas. Una por una por una por una. Y no importa cuánto lea, siempre me falta un dato por ahí. Carbohidratos, grasas, sodio, calorías. Fechas de caducidad. Siempre queda insatisfecho. Me encantaría saber cuál es el dato que busca. No se lo pregunto, eso restaría mi diversión.

Recuerdo que necesito un cepillo de dientes. Más bien dos. No es que tenga boca o dientes dobles, pero sí compraré un par. En la farmacia recuerdo que me hace falta algodón, bueno, a mí no, a mi mamá. Revive mi obsesión de orden en los anaqueles. Todas las cosas acomodadas. Se ve muy bien todo uniforme. ¿Porqué no va alguien a acomodar así las cosas en mi estudio?

Regreso a las latas por papá. Ya no está. Voy a las frutas. Ahí lo encuentro. Examinando uno por uno por uno los aguacates. Lo ayudaré a escoger por descarte: todos los que yo le diga estarán en automático descalificados. Es tan predecible que resulta hasta fantástico. Polo, Polo, Polo, cómo eres necio, cómo nos parecemos.

Ya va una hora y se ha ido como agua. Frase hecha, lugar común. Esbozo el cuento de la tarea mientras papá selecciona unos duraznos.

Ahora vamos por el pescado. Nos falta escoger las toallas. Usa un plural que me desagrada. Me molesta porque en realidad no me incluye y me encabrona porque es el plural que usa mucha gente en su vivir. Como si fuéramos múltiples. ¿Porqué no nos hacemos responsables de nuestras decisiones? Escogí. Tomé. Primera persona del singular en tiempo presente que eso es lo único que hay. Escojo, tomo, decido, escribo.

Pasamos por las bebidas. El tema tan prohibido. Qué antojo de jamón serrano, qué rico estaba el que ofreció la Rubia. Papá busca y busca y busca salchichas de pollo. Que no papá, que aquí no las venden. Sigue buscando ignorando mi comentario. Búscame sodas verdes. Esa es su manera de responderme.Voy por las sodas verdes. Traigo todas las que encuentro sabiendo que ninguna le gustará. Las ve todas. Leo las etiquetas. Mejor traime coca lay. Ok. Regreso todas a su sitio muerta de la risa. Este es papá. Le llevaré cinco y querrá cuatro, y si le llevo cuatro querrá cinco, y así hasta la eternidad.

Ya va camino a la caja. No permite que empuje el carrito. Escoge la fila donde hay más gente. Me encantaría saber porqué hace eso. Seguro que toda la gente aquí piensa que soy una arrastrada. Pobre hombre con sus ochenta y seis años a cuestas y la hija que no le ayuda. En la banda corrediza lo veo batallar acomodando las cosas. Ahí sí lo hago a un lado. Permítame. Me queda claro de quién heredé la soberbia. Ojalá hubiera heredado más cosas de mi madre.

¿La tarjeta de puntos? Otra vez no la traje. Río porque me espera un regaño. Su rostro es la completa desaprobación. Ni sabemos para qué sirve, pero él quiere su tarjeta de las promociones. Hoy se contiene y decide orientar su furia contra la chamaca que empaqueta las compras. Algo le dice sobre que no revuelva las cosas, que use una bolsa para cada una. La niña se queda helada. Yo entiendo de donde heredo también las obsesiones. Volteo para todos lados para no soltar la carcajada. ¡Ay, papá, se la baña!

Saca la tarjeta y paga. Busca entre sus monedas para darle algo a la paquetera. Ni eso me deja hacer. Le da un peso. Me río. ¡Ay, papá!. Y sé que no es que sea tacaño, casi estoy segura que para él es mucho. A la gente hay que entenderla en su contexto. Cuando papá era niño, boleaba zapatos y hacía muchas cosas por y con un peso. Sin que se de cuenta le doy a la chica otra moneda, claro, de peso.

Por fin nos vamos a casa, empujo el carrito. Él se adelanta al Pointer. Veo el reloj. Ya me he pasado más de una hora del tiempo pedido. No será mi tarea, no cumplo quizá con lo requerido, pero tengo este momento, que ahora queda escrito. Subo las cosas a la cajuela. No las maltrates, acomódalas con cariño, como a ti no te costaron. Ya comienza papá de nuevo, quejándose en mi coche, yo manejo y sonrío.

LSM; Febrero de 2006

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Volver a verte

August 14, 2007

Ayer te vi. Iba en mi coche, tú caminabas por la calle. Me pasé en ámbar por seguir tus pasos. Una mezcla violenta de miedo, desconcierto y alegría se alojó en mi pecho. Se me llenaron los ojos de lágrimas y la garganta de silencio. Toda saliva se fue de mi boca y todo aliento abandonó mis pulmones. Llevabas la misma ropa con la que te vi por última vez, ese, tu uniforme de guapo, como tú le decías.

Entraste a una zapatería ¿Tú, comprando zapatos? Me estacioné para no perder detalle de tus gestos. Pensé que te había confundido con alguien más, pero el tic que aparece en tu mejilla cuando gastas dinero en cosas innecesarias, tacaño irredimible, me confirmó que eras tú.

El momento ameritaba un cigarro. Busqué en mi bolsa, desviando la mirada de tu figura. Al volver la vista a la tienda, ya no estabas. Pregunté por ti, dijeron que no esperaste ni la feria y que aunque parecía que tus pies eran más grandes pediste un número más chico y te quedó perfecto. Me indicaron por donde te fuiste. Di varias vueltas a la manzana pero no pude encontrarte. Tal vez tomaste el primer taxi que viste. Tal vez cruzaste la calle.

Un encuentro común, nada digno de comentarse. Te veo, te pierdo de vista y de ello no hay nada rescatable. Así es y así sería, si no fuera porque hace un año, cubierto de nardos, en aquel cementerio te dijimos adiós, enterrándote descalzo.

Lorena Sanmillán; Febrero 2007

Relato finalista del Concurso Rodeo de palabras convocado por el periódico Expresso, de Sonora. Abril de 2007

Tercer Lugar del Concurso “Escrito en las estrellas” Convocado por la Revista “Yomujer” de Madrid.  Junio de 2007

Autoestima

July 17, 2007

Mis padres siempre dicen que muy apenas soy el milésimo borrador del boceto imperfecto de un pésimo intento de la falsa copia pirata del reflejo de una caricatura apócrifa vista a través de un empañado espejo, realizada por la mano derecha de un pintor zurdo que tiene los ojos vendados en plena oscuridad mientras bailotea un pincel calvo encima de acuarelas deshidratadas sobre un pasante de papel cebolla reciclado, corriendo de espaldas en el techo de un tren de alta velocidad que recién entra a un túnel a desnivel en curva.

De tal suerte, que lo único bueno que he hecho en toda mi vida ha sido participar del placer orgásmico que provocó la eyaculación en la cual fui concebida.

Y yo lo creo.

Minicuento premiado con el Segundo Lugar en el V Concurso Regional de Minicuentos convocado por el CRIPIL de la Casa de la Cultura de Monterrey, Nuevo León; en marzo de 2007

Autoestima

May 10, 2007
Mis padres siempre dicen que muy apenas soy el milésimo borrador del boceto imperfecto de un pésimo intento de la falsa copia pirata del reflejo de una caricatura apócrifa vista a través de un empañado espejo, realizada por la mano derecha de un pintor zurdo que tiene los ojos vendados en plena oscuridad mientras bailotea un pincel calvo encima de acuarelas deshidratadas sobre un pasante de papel cebolla reciclado, corriendo de espaldas en el techo de un tren de alta velocidad que recién entra a un túnel a desnivel en curva.
De tal suerte, que lo único bueno que he hecho en toda mi vida ha sido participar del placer orgásmico que provocó la eyaculación en la cual fui concebida.

Y yo lo creo.

LSM; Marzo de 2007

Autobiografía imaginaria

May 9, 2007

Tener sexo o armar un rompecabezas, eran las dos opciones que tenían mis padres esa noche de octubre de 1972. Con diez hijos a cuestas, eligieron lo segundo; sin embargo nací ocho meses después. A su edad, les costó trabajo, pero armaron el contorno. Llegaron mis hermanos y agregaron piezas de presente. Abuelos y tíos le pusieron de pasado.

Algunos primos colaboraron con fracciones de caos. Maestros de diversos grados hicieron lo propio con el segmento de educación; destacando algunos trozos de habilidades e incapacidades. Los amigos y sus valores formaron mi propia escala. Los amores colocaron lo mismo sonrisas que lágrimas. Mis sobrinos, con sus manos pequeñitas, situaron los milagros. La Muerte ha llenado mi espectro multicolor con profundos negros e intensos blancos.

Persona a persona se forma mi esencia, pues de cada una que conozco extraigo una pieza. De aquélla inteligencia, de la otra ternura, de alguien más neurosis y de aquél paciencia. Entre los fragmentos de ellos va surgiendo un todo absurdo y polifacético. Pues cada vez soy más yo, al mismo tiempo que voy siendo un poco de todos ellos.

Arquitecta, escritora, diseñadora, cocinera. Hija, tía, amiga, sobrina, nieta. Ignorante, desquiciada, sarcástica, soberbia. Creativa, culta, arrogante, débil, etérea, imperfecta. Cada día le sumo piezas a mi vida. Y a mis treinta y tres años, cada noche duermo con el temor de no encontrar más piezas y transitar por la vida eternamente incompleta.

Lorena Sanmillán

Vuela, vuela, vuela…

February 1, 2007
La semana que estuviste de visita se esfumó del calendario como el fijador de los perfumes baratos.
Desde mediodía comencé a buscarte para aprovechar el tiempo esa última tarde que podíamos compartir en mi ciudad.
Haciendo malabares entre el trabajo y la rutina, cinco días no habían bastado para sacarle jugo a tu intempestivo viaje y aún nos quedaban muchas cosas por hacer.
Todavía tenía planes para llevarte a recorrer mis sitios favoritos, ir a comer y que probaras algunas de aquellas cosas que te había comentado en Madrid, presentarte a mi madre, a mis amigos más íntimos, retomar aquella conversación pendiente, regalarte música.
Más de veinte veces te marqué pero no pude encontrarte.
Tenías mi número de celular y tú podías buscarme mas no sé porqué no lo hiciste, porqué esperaste tanto tiempo, dejando en manos ajenas el final de nuestro reencuentro.
Tú me esperabas a mí, yo aguardaba por tu llamada, pero ignorábamos cómo las líneas de nuestros destinos eran trazadas: convergentes estuvieron y de nuevo la divergencia dominaba hasta convertirlas en paralelas intactas.
Sin llamada de por medio, decidí aventurarme y buscarte donde te hospedabas.
Eran las siete y cuarenta cuando por fin te encontré y tu avión salía a las nueve y media.
A esas horas, Gonzalitos, Constitución y Ruiz Cortines no eran siquiera una opción.
No sabía por donde irme desde Valle Verde hasta el aeropuerto y pretendiendo tomar un atajo opté por la ruta equivocada. Pecaré de inexperta, pero iba bien intencionada.
Hice más grande mi error gastando el poco tiempo que nos quedaba hablándote de la mala vialidad, de las horas pico, de los segundos pisos en las avenidas, de mi ciudad con sus muy bellas montañas y te quejabas del clima y de todo y de nada.
El Cerro de la Silla recordó que era anfitrión y se portó maravilloso dándote un excelente paisaje como despedida cuando para recibirte ofreció un domingo nublado.
Al llegar a Miguel Alemán manejé a ciento veinte kilómetros por hora comprobando que la velocidad y la prisa no son algo que yo disfrute. Muerta de miedo y sumida en la responsabilidad de llevarte a tiempo, recorrí lo que restaba del camino en silencio.
Se volvió a marcar, en la palma de mi mano izquierda, el callo que tengo de lo tensa que me pongo al manejar.
En mi coche sin clima, sentía el sudor, de nervios y calor, bañando mi espalda y la tensión en mis piernas, en mis brazos, en mis nalgas.
Llegamos al aeropuerto justo a las nueve de la noche, con el tiempo exacto para bajar tu maleta y dejarte en la herradura exclusiva para bajar pasaje.
Quería una despedida cinematográfica, un beso tierno en los labios -como el que me diste tres años antes en Barajas- un abrazo cálido y hablarte de nuevo de mis buenos deseos para la consolidación de tus planes, agradecerte la visita y que supieras que para mí eres importante.
Pero nada, el tiempo cobra los errores, toda cobardía tiene consecuencias y muy apenas si nos dijimos adiós.
No hubo abrazo ni contacto físico alguno, pues tenía mi cuerpo, desde la frente hasta el tobillo, tenso y cubierto de agrio sudor.
Hinojosa; Mayo de 2006

Hastío

February 1, 2007
Me despertó la alarma pero me negué a hacerle caso. Después insistió un mensajito en el celular. Los sonidos invitaban a sumarme a la vida. Pero no tenía ganas. Amanecí harta de todo. Harta. Harta hasta rabiar.
Harta de recibir mensajes en el celular. Harta de responder. Harta de bañar mi cuerpo con agua caliente. Harta de vestirme con la misma ropa de trabajo. Harta de usar mis botas. Harta de buscar una gorra. Harta del café con leche por las mañanas, esta vez no me supo a nada.
Harta de las noticias en la tele. Harta de la violencia. Harta de los llamados por la paz. Harta del reloj en la escalera que me recuerda mi prisa y mi tiempo mal empleado. Harta de ser puntual. Harta del tráfico. Harta de los vendedores en los cruceros. Harta de casi chocar con un camión urbano.
Harta de abrazar amigos. Harta de hacer planes. Harta del sol. Harta de la comezón en la piel. Harta de mis anteojos sucios. Harta de batallar para estacionar el coche. Harta de buscar un sobre para enviar una carta. Harta de no poder imprimir porque se acabó la tinta.
Harta de la tela y las hilazas de bordar. Harta del tejido. Harta de buscar hilos. Harta de dar raid. Harta de comer. Harta de fumar. Harta de tomar una siesta. Harta de trabajar en una maqueta que aún no puedo terminar. Harta de no concretar las cosas. Harta de tener compromisos.
Harta de no tener tiempo. Harta de saberme capaz pero no avanzar. Harta de hablar por teléfono. Harta de ser discreta. Harta de contar chismes. Harta de estar contenta. Harta de estar triste. Harta de tener calor. Harta de tener frío.
Harta de meterme en muchas cosas. Harta de esperar un mail. Harta de mirar aparadores. Harta de esperar gente impuntual. Harta de leer textos de mis compañeros. Harta de armar el programa de mis clases. Harta de no actualizar mi blog. Harta de respirar. Harta de no cenar.
Harta de vivir. Harta de soñar. Harta de existir. Harta de fracasar. Harta de proponer. Harta de provocar. Harta de asumir consecuencias. Harta de escribir. Harta de sumarme a esfuerzos. Harta de apoyar ideas. Harta de permanecer al margen. Harta de callar. Harta de gritar. Harta de mí.
Harta de tener conciencia. Harta de no saber dónde estoy. Harta de deber tanto. Harta de agradecer. Harta de maldecir. Harta de agradar. Harta de la edad. Harta de la incertidumbre. Harta de las costumbres. Harta de la ansiedad. Harta de rascarme la cabeza hasta llenarme las uñas con sangre de mis heridas. Harta del insomnio. Harta de las noche. Harta de los días.

Harta del hartazgo de hartarme con mi hastío.

Lorena Sanmillán; Enero de 2007

Sola

December 14, 2006
Hoy amanecí con angustia, prisionera de un silencio absurdo que me atosiga con su reclamo. Una punzadita incómoda instalada en el pecho. Llena de soledad en irónico antónimo sin aceptar que estoy vacía.
Es media tarde y aún no sé bien qué podría servir de alivio. Un abrazo se perfila como una buena idea, pero nadie tiene la empatía para ofrecerlo ni yo poseo la humildad para pedirlo.
Anoche tuve dolor de cabeza. Dos aspirinas, friega con alcohol en las sienes, masaje en los párpados. Nada funcionó. Me adormecí en medio del malestar frotando un clítoris inexistente, entumecido y desconectado del placer que se supone debe provocar. Eso podría hacerme olvidar.
Tengo el alma deshilvanada y el corazón pespuntado, yo que me sentía filigrana bordada a mano. No encuentro paz. Además me autoflagelo. Aviento sobre mí un tropel de reproches por cobarde. ¿Cómo se me ocurrió volver a enamorarme?
Ya lo sabía. No debo reclamar. Ojalá pudiera llorar, decir algo, quejarme. Camino cual faquir sobre cristales punzantes que parecen gelatina, pues no agregan dolor a mi angustia.
Contemplo expectativas rotas a jirones después de haber librado batallas contra el egoísmo sórdido, ciego y cruel de quien no supo amarme como yo lo merecía.
Quiero volver a donde estaba. Sería bueno dejar de sentir, despertar sola y no encontrar a nadie, no escuchar nada, no tener que contarles, no enfrentar el desolador proceso de mi reconstrucción. Así conservaría mi corazón intacto.
Aquí sólo quedo yo. En este pueblo no se admite a nadie que pueda romper mi corazón.
Lo más incomprensible de perderte es que el error fue amarte. Me regreso a mi ciudad interna a reencontrarme conmigo, estaré derrotada pero no me he rendido. Es demasiado homenaje escribirte una cuartilla, sin embargo en cada letra te expulso de mi vida ya que te rehusaste a salir con el tequila.
Sanmillán; Diciembre 2006

En el Zurich

October 23, 2006
Se sentó en la mesa. Por fin un sitio amigable después de toda esa mañana viendo extraños. Hojeó el menú. Nada se le antojaba, pero sabía que tenía que comer algo.
Recién había dejado su equipaje de nada en un hostal de tercera, compartiendo habitación con un francés, un hindú y un marroquí.
Contaba las horas para que fuera mediodía y poder así hablar al otro lado del mundo a que le giraran dinero y que de su agenda le dieran varios teléfonos.
A lo lejos, la Cruz de Calatrava, monumento insulto a su fe extraviada. Plaza Catalunya hirviendo en el sol de verano; ni una nube en el cielo azul cobalto, y a la derecha Las Ramblas.
Habían robado su equipaje la noche anterior en el trayecto Madrid-Barcelona. Parada en Zaragoza. Vio que se llevaban una maleta negra. Sí. Igual a la de ella, pero no le dio importancia. Sonrió.
Antes del llegar al Zurich había caminado desde Plaza Colón. Acarició con sus pisadas el mural adoquinado de Miró. Gaudí en los vitrales, fachadas, azulejos y chocolates. Dalí en los arbotantes.
Recordó las enseñanzas de su madre. “No hay mal que cantar no sane”. Se entona y lo intenta. Canta en su definición, se reafirma ante su falta de talento. Alguien se acerca. ¿Pero es que usté quiere que llueva? Atónita, nada contesta. Es que acá, en mi pueblo, cuando alguien canta así de desafinada como usté, decimos que va a llover.
Se le hace un nudo en la garganta. Recuerda otra vez el comentario hecho sin saña. Siente lástima de sí misma. No tiene ni un euro para ordenar. Cerró el menú y empezó a llorar.
Hinojosa; Octubre 22 de 2006

Pues nada

March 15, 2006

El asunto siempre es renegar. Me enojé las veces pasadas con los temas que escogieron para escribir. Ahora tengo tema libre y es la misma cosa y no sé cómo empezar. ¿No era esto lo que quería?

La hoja blanca sigue siendo un reto. El lápiz quieto es el enemigo. Necesito un plotter y un USB debajo de la nuca para imprimir mis pensamientos así tal cual como van surgiendo. Arrancarle a lo efímero un pedacito de materia.

No le encuentro el hilo a esto de escribir. Todo empezó por no querer olvidar las cosas que me pasaban. Algún día las compartí, halagaron mi vanidad y seguí abriendo mi vida a los demás. Pero no siento tener técnica, ni me importa si son redondos o reiterativos, lo que sí me gusta y mucho es sentarme a escoger palabras para contar lo que me pasa.

También me gusta dibujar mi letra. Narcisa terrible. Me encierro en mí para salir más tarde. Algo qué contar, una anécdota nueva. ¿Cuál? Si todo lo que me pasa es para mí importante.

Mamá y su pierna enferma; papá y sus corajes; los líos en los que me metía teniendo al mismo tiempo pareja, movida y amante; los mensajitos encendidos en el celular; cicatrices por explicar; proyectos de negocio; sobrepeso, desempleo. Los pagos del coche, las pláticas en el taxi, los pleitos del bar, relatos de vida, relatos de amigas. Víctor, mi sobrino, cree que come caldo de Pterodáctilo y es tan feliz por ello; esos ojos verdes que me roban el alma, que no sé cómo domarlos y me derrito al mirarlos. Todo lo que me pasa lo quiero platicar.

Jorge insiste, sin saberme explicar, que soy muy descriptiva y poco narrativa. ¿Qué es eso? Ni él que lo dice me lo puede esclarecer. ¿A quién le importa? ¿Cuántos recuerdos pueden revivir con mis líneas? ¿Cómo se escoge un sólo tema siendo tan fascinante mi vida?

Sobrevivirme es un viaje emocional. De mí no me puedo ocultar. Me transparento en letras que denuncian esa he sido, esa soy. Así me comparto. Me releo en mi soledad. Y entonces concluyo que no tengo herramientas, ni técnica, ni escuela, ni tema para escribir, pero eso sí, me encanta poner en letras mi vida. Y nada más.

Hinojosa; Marzo 15 de 2006