Archive for January, 2005

La venganza de los pilates

January 18, 2005

Obviamente, para Indira

Indira. Vaya nombrecito. Sólo he conocido tres y ellas son un muestrario de lo que un nombre puede ser. Indira, mi prima, que por sí sola se merece un comentario y un relato aparte; Claudia Indira, la morena hermosa de vida simple y desenfadada que insistía en que yo le gustaba para cuñada, ella me gustaba para otra cosa pero esos no son asuntos que se discuten cuando estás en secundaria. Y por último, Indira Gandhi, líder hindú asesinada por uno de sus escoltas. Aún recuerdo la noticia de su muerte cuando estaba en la primaria. Aún me pregunto qué pasó con la lealtad.

Deberías salir con tu prima Indira, dijo mi madre. El deberías por sí mismo ya es una obligación; la palabra, si viene de los labios de mi madre, se transforma en una obligación doble. Hay que hacerlo. Ojalá mi madre interviniera en mis citas con mujeres cuando me falta decisión. Si ella me dijera Deberías salir con … de inmediato yo sabría que la mujer en cuestión es la pareja que he buscado toda mi vida.
Cuando mi prima Indira tenía un año de nacida le hice lo peor que pudiera hacerle alguien jamás: nací. El caso es que ella y yo nacimos antípodas y nos convertimos en antipáticas mutuas. Me corresponde ser la hija menor del hijo mayor de mi abuelo mientras que ella es la hija mayor del menor de mis tíos paternos. Consciente o inconscientemente, mi abuelo estableció una rivalidad entre hermanos que nos salpicó y nos llenó de enemistad. La muñeca era para Indira, mientras que los carritos, los soldaditos, los luchadores y un sinfín de regalos eran para mí. El eterno debate del singular contra el plural, la dicotomía de cantidad y calidad. Y encima de todo esto, la nula posibilidad de jugar juntas porque Indira era muy particular.
Practicaba la cero tolerancia y el inexistente sentido del humor. Aún no entiendo por qué yo sí podía aceptar que mis luchadores se sentaran a jugar a las aburridas comiditas que ella convocaba mientras que ella no podía aceptar que yo tomase sus muñecas y las pusiera a jugar luchitas. Nunca ha sabido valorar mi creatividad: que yo tomase las cabezas de sus muñecas como pelotas de béisbol tampoco le hacía gracia alguna.
Crecimos inmersas en una competencia familiar que poco a poco nos envolvió y engendró aversión mutua. Supongo que lo más sencillo hubiera sido ignorarnos pero decidimos seguir el juego. Además, la presión familiar es más fuerte que una prensa de carpintero.
Indira estudiaba en colegio, yo iba a escuela pública. Ella iba a la Dirección de las escuelas a recibir premios, yo sólo acudía a recibir reprimendas. Indira estudiaría en una universidad privada, pagándole sus papás, yo obtuve una beca para universidad pública; Indira era la noticia, yo era la simple contraportada. A mí no me importaba, yo seguía mi vida –entonces y ahora- a mis anchas. Mi abuelo murió. La familia se desgranó. Parecía que la competencia había terminado.
¿De quién es esa invitación? Pregunté mientras veía encima del comedor de casa de mis papás el sobre que contenía la participación de una boda. Tu prima Indira se casa, respondió mi madre. Me asombré de que algún hombre soñase en casarse con ella. Ni hablar, para gustos hay sabores y si la Serrano se casó alguna vez, no veo porqué mi prima no pudiera realizar tal menester. Evité hacer algún otro comentario, bien sabía que las comparaciones comenzarían, inclementes, de nueva cuenta.
Así fue. Que el muchacho era la octava maravilla de la vida moderna. Que tenía dinero y además le gustaba trabajar. Que la respetaba y que la iba a dejar que terminara de estudiar. Fascinante, dije yo, fascinante. No manden los reflectores para mi lugar. Recién dejada –literalmente en la calle de la amargura- por mi último romance femenino. Siendo que nunca figuraron los masculinos, no sé porqué sigo especificando el género.
Tragedia de tragedias, la entrega de una maqueta frustró mis planes de asistir a la boda. Me perdí el evento del siglo. Lo cortés no quita lo cabrona y además seré todo lo que soy pero además soy hija obediente y atiendo las solicitudes de mi madre y por eso le llamé para felicitarle por su enlace. Supongo que notó lo forzado de mi tono y de inmediato contraatacó. ¿Y tú para cuándo…? dijo la consabida pregunta, pero la complementó con un sablazo espectacular, ¿Y tú para cuándo… piensas madurar? Qué linda, prima, sigues igual, nunca cambies, fue lo que acerté a decirle cuando pude volver a hablar. Tal comentario irónico se instaló en lo más profundo de mi corazón, en búsqueda de venganza, en búsqueda de revancha, desde entonces hasta hoy.
Deberías salir con tu prima…ya no es necesario que mi madre mencione el nombre, ya sé a quién se refiere…pobrecita, se acaba de divorciar. ¿A poco? Pregunto como si me importara. Mi madre encantada de contarme el asunto entero. No me hace feliz su divorcio, pero tampoco puedo decir que lo lamento. El fulano maravilla resultó ser un haragán, que sí que le gustaba el dinero, sobre todo el ajeno. Supongo que el fracaso de su matrimonio debió ser un duro golpe a su vanidad.
Así que le llamo. Dentro de una fría cordialidad establecemos una cita más a fuerza que por ganas. No se ha dejado vencer por la adversidad, se ha separado y tiene su propio negocio donde distribuye no sé qué cosas de belleza, un asunto por demás ajeno a la carrera que estudió, pero el caso es que le va muy bien. Además, me dijo, está haciendo pilates y ha recobrado (¿es que tuvo?) su belleza (¡ah, pero insiste!) de mujer. Camino a su oficina, mientras manejo, pienso en que este puede ser un buen momento para conocernos y disfrutarnos como primas que somos. Se supone que ya hemos crecido y que podemos dejar las rivalidades infantiles en el recuerdo y posteriormente, en el olvido.
Pero todo es vernos y atacarnos. La aversión fluye tan natural como en otras personas ocurre el amor. ¿Así que tenías libre cualquier tarde? No has de tener mucho trabajo. Así de cordial me recibió en su oficina. No es tu asunto, le contesté en silencio, mientras sólo sonreía, esperando que terminara su conferencia telefónica. ¿Terminaste tu carrera? ¿Qué estudiaste? Soy arquitecta (y no lo dejé a medias por casarme). Es que, ¿sabes?, NO, NO SABES, tengo muchos clientes. Insistía en molestarme, continuaba su plática. La úlcera iba reapareciendo en mi estómago.
¿Éste es tu coche? Dijo mirando con displicencia mi pointer. Sí, dije orgullosa de mi adquisición. Mi Xtrail está en mantenimiento, usemos tu carrito. Mi carrito…mi carrito, si no ando en Waltmart para usar carrito. Le abro la puerta y le bajo el vidrio, sonrío diciéndole que esa es la forma de prender el clima. ¿No tiene clima? No. ¿Tampoco tiene radio? No, es un coche sin distracciones, para disfrutar a la gente que llevas contigo platicando con ellos. Seguro no subes mucha gente. No contesto. Presiento que este es un café que no disfrutaré.
Así fue. Ninguna de mis opciones para tomar café la convenció. Ajena al mundo bohemio intelectual, y por lo tanto de presupuesto limitado, su elección fue el Chili’s. Ni hablar. ¿Te importaría apagar tu celular? ¿Nadie te busca, no eres necesaria, puedes estar media hora sin usar el tuyo? Sí, aún soy dueña de mi tiempo y esta tarde es para ti (no porque lo merezcas, sino porque ya he venido hasta aquí). Pues no, no lo puedo apagar; va a hablar un proveedor, un cliente para aprobar un presupuesto, ya sabes, NO NO SABES lo que es esto.
Mis intenciones de establecer una plática humana y cordial se diluyen con sus estocadas. ¿Cuántos años me llevas? Tú me llevas un año a mí (¿Qué no te acuerdas?) Ah, es que te vi y me pareciste más mayor, sólo de aspecto, porque sigues llevando tu mismo estilo de vida. Ya sabes a qué me refiero.¿Qué me dijiste que estudiaste? Ah, sí, arquitectura. Seguro ya tienes tu buffete. No. Ves, sigues igual. Decía al momento que tomaba otra llamada. Eres mujer de muchos talentos…casi le agradezco el comentario, cuando agrega…todos desperdiciados. Puf.
Hacemos corte por toda la familia. Evitando hablar de nosotros. Elude hablar de su divorcio. Intuyo que el asunto le ha calado hasta sus más profundos interiores. Para todos y para todo lo demás tiene opinión y solución. Al mencionar mi viaje a Europa, igual que todos los envidiosos pregunta ¿Y ya conoces México? Yo, primero mi país y luego el resto del mundo. Tercermundista resentida, digo para mis adentros, eso es como comparar a los Rayados con el Realmadrid. Nada que ver.
Terminamos el café que me sabe amarguísimo. ¡Ay, madre, cómo te quiero! De regreso a su oficina, insiste en el bombardeo. Que si no sé manejar, que cómo es posible que no entre a Gonzalitos, que si es bien fácil meter la reversa, que no debe tener licencia quien no sabe manejar, que no deben venderle un coche a cualquiera. Todo suena sensato excepto porque es demasiado personal. Mi tolerancia me sorprende, quizá porque la veo vulnerable; soy méndiga pero una cosa es eso y otra ser miserable.
No, mi coche tampoco tiene espejo de vanidad, le contesto mientras busca tal accesorio queriéndose maquillar. Vanidad de vanidades, todo es vanidad. He dado al clavo a su lado flaco. ¡Ja!
Se baja de mi coche –sin clima, sin radio y sin espejo de vanidad- nos despedimos de mano, sin beso ni abrazo fingidos ni fuera de lugar. Busco la última frase para coronar la tarde. Ahora el silencio será de su parte, ya lo tuve de mi lado gran parte de la obligada velada, aguanté vara como dice la raza, ahora toca la de al revés. “Por eso te dejaron”, la frase me pica en la lengua, pero es demasiado cruel dado el momento que atraviesa.
La inspiración llega viéndola maquillarse a prisa, pongo cara de interrogación mientras le pregunto como si me interesase: Oye, Indira, ¿dejaste los pilates? Su rostro se le cae a pedazos mientras se queda con la interrogante. No le doy tiempo de nada. Huyo porque quiero carcajearme. Me subo al coche y me alejo, triunfante. La venganza, en frío, qué rico sabe.
Lorena Sanmillán; Noviembre de 2004
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Amor, amor… III

January 18, 2005
Amor, amor…III

Viernes, sábado y domingo levantándome temprano. No sé a dónde irá a parar mi vida. Entre las dificultades sobre el proyecto con Pedro y la falta de dinero, además me estoy levantando temprano para que me sucedan cosas.

No es muy inteligente escribir una larga carta hasta altas horas de la noche si al otro día tienes el compromiso de estar temprano en el aeropuerto. Ni modo. El despertador sonó, inclemente a las 7 de la mañana. Como todo buen ser humano, lo ignoré, di la media vuelta en la cama y continué durmiendo. A las 7:30 mi conciencia dijo, ya basta, y me bañé. Desayuné solitaria sintiendo un poco de lástima de mí hasta que recordé las palabras de mi amigo el fan de las Digestives: Lo peor que te puede pasar es sentir lástima de ti misma. Así que a sonreír, lavar los trastes y enfilar hacia el aeropuerto.
Mi afán empresarial –medio frustrado ahora- hace un nuevo plan: El kit dominguero regio: un kilo de barbacoa, cebolla picadita y cilantro, El Norte, una coca, jugo de naranja, tostadas y tortillas y salsa verde “Del Primo” y unas glorias de Linares. Deberían venderlo todo junto. El Norte debería incluirlo en la suscripción: barbacoa gratis los domingos a los equis primeros suscriptores. Ay esta gente que no se les ocurre nada y yo que tengo ideas no tengo lana para llevarlas a cabo.
Para manejar, todos los días deberían ser domingo. Qué rico. Sin problemas. Llegué al aeropuerto, llena de recuerdos y de mejor humor. Encontré a mi amigo. Platicamos. Hablé ayer con ella. ¿Sí? Pasamos juntos toda la tarde. Coincidimos. Ven, acompáñame, vamos a hablarle por teléfono. Me dijo que era difícil venir a despedirme, pero deja le llamo.
Habló con ella. No, que no venía, que era difícil. Una fría despedida telefónica lo acompañaría. A veces así son las cosas. Pasamos juntos el resto del tiempo antes de su partida. Nos abrazamos en la puerta de embarque.
Que te vaya bien, buen viaje, cuídate. Te quiero; yo también. Saludos a todos, estamos en contacto. Nos veremos por allá, claro, claro. Soltamos el abrazo y se despide de su familia. Camina hacia su futuro y su destino dándole la espalda a los que se quedan. Así son las despedidas, cada quien sigue con su vida aunque por distinto camino. Los lazos son los que unen por eso hay que cultivarlos.
Una chica abraza a su novio llena de llanto. No lo quiere dejar ir. Supongo que la escena lo llena de melancolía y envidia. Pero no es su momento, los ve y se aleja.
Comienza a bajar por la escalera eléctrica. Tiene la ventaja de ser alto, así que los que nos quedamos lo podemos ver por un poco más de tiempo. Su mano dice adiós y su cabeza comienza a ser un recuerdo por su cabello siempre bien peinado y su sonrisa hermosa. De pronto alguien se para junto a mí preguntando si ya se fue. Es la chica enigma. Gritamos el nombre de quien parte. Voltea, la ve. Sabemos que regresará por la otra escalera. Quisiera poder describir la emoción que lo embargaba cuando bajaba los escalones y cuando subió a encontrarse con ella. Supongo que el tiempo se le hizo eterno y los escalones inmensos.
Se encuentran. Se abrazan. Se miran a los ojos. Tiemblan. Se dicen cosas que sólo ellos escuchan y sólo a ellos les interesan. Se besan. Se abrazan. Se despiden. Tiemblan. Ninguno llora. Ambos se quedan con ese recuerdo bello en su existencia.
Él se va, ella se queda. La historia empieza a dibujar su estela. Qué afortunado es de llevarse consigo la esencia de quien quiere sobre su piel. Que le dure siempre lo que siente ahora. Yo congelo el recuerdo de este abrazo intenso y todo se reviste de coherencia, cambio las lágrimas de ayer por las sonrisas de ahora y siento que todo ha valido la pena, hasta la levantada tempranera. Una lágrima cae, pero no me duele, porque estoy segura que ésta es de felicidad.
Lorena Sanmillán; Octubre de 2004

Amor, amor II

January 18, 2005
Amor, amor … II

Mi viernes negro continuaba, parecía que nunca iba a terminar. Todavía tenía pendiente asistir a una reunión. Aunque a Roz le apetezca paladear una pastilla tic-tac de menta al tiempo que se fuma un Viceroy, no es muy inteligente lavarse los dientes y acto seguido tomar café. Eso hice, y luego cuestiono a los que se suicidan. Todos tomamos nuestras decisiones y hacemos nuestras combinaciones de eventos.

Luego del café, había que lavarse los dientes de nuevo; pero me había maquillado. Eso quiere decir que me había pintado los labios. Dos acciones no muy inteligentes en un tiempo récord. Lucida estaba, pero la vida me iba a regalar un momento mágico.

No tengo cigarros. Chin. Lo menos que puedo hacer en una reunión en donde sólo conozco a una persona es llevar cigarros. Evitan platicar y sin embargo puedes aparentar estar atento a la conversación. Ni modo, en el camino pararé a comprar algunos.

¡El croquis! ¿El croquis? Na…sí sé llegar, ya he ido varias veces. Lavar los dientes de nuevo. ¡No! ¡No ensucies la mascada… la pasta es difícil de quitar! Ok. Me quito la mascada y la dejo sobre el restirador. Cuánta falta me haría después. Vámonos, le digo a mi esquizofrenia.

Me llevo la imagen de mi amiga, Lady Enamorada, en el aeropuerto. Qué rico. Ya deben estar juntas.

Se me pasan todos los Super 7 de camino a casa de mi cuate. Uy. Aquí en la esquina es la vuelta. Bien, buscaré la calle. Ahí hay un Oxxo, paro por los cigarros. Oiga, conoce la calle…¡cómo se llamaba la calle? La memoria me juega una mala pasada. Una triste lógica me lleva a recorrer las calles: viendo los nombres me acordaré.

Varios minutos, vueltas y kilómetros después yo seguía sin encontrar la dichosa calle. Buscaba la “Sultana” pero no la encontraba. No sé cómo demonios se les ocurrió apagar el letrero justo cuando yo lo necesitaba encendido. Encontré la nevería pero la calle no me decía nada.

Sí. Podía llamar a la casa del sujeto en cuestión pero mi orgullo me lo impedía. Esa iba a ser la última opción. Un repartidor de pizza detuvo su moto delante de mi coche. Me acerqué a él y como por arte de magia el sublime esfuerzo de mi memoria fotográfica hizo su aparición. Recordé el nombre de la calle al evocar una carta escrita por él. Seguí las indicaciones del motociclista y llegué justo a tiempo para coger el mejor sitio para estacionarme: frente a su casa y sin estorbar a nadie.

Se veía feliz, a pesar de que la tarde anterior había intentado hablarle de su sentir a una enigmática mujer que no soltaba prenda sobre su correspondencia de sentimientos. Buena pareja, ella misteriosa, cautelosa y discreta y él tímido, cauteloso y sensible.

Me senté en una mesa donde no coincidía casi con nadie. Sentí el peso de la edad y la falta de empatía. La noche estaba preciosa, acompañaba a mi cuate y eso era lo principal. De pronto, la chica enigma hizo su aparición. Él –anfitrión- iba y venía intentando convivir con todos. Yo hacía mi lío en la cabeza, suponiendo que feliz nos cambiaría por quedarse a solas con ella.

Eso no sucedió. Llegaron más amigos y amigas. Me dio gusto saberlo tan querido. Sentí nostalgia y comencé a extrañarlo. En vez de eso decidí disfrutarlo el tiempo que restaba de esa noche. Eso implicaba involucrarme en las pláticas de los demás. No, el sentido del humor ácido no parece pegar. Chin. Y yo que no sé ser de otra manera. Entonces escucharé, practicaré la tolerancia que dice Grace que tanta falta me hace.

Mi primera lección de tolerancia debió haber sido algo de kinder, algo light, pero no, la vida decidió que si iba a hacer la prueba, que empezara por el doctorado. Junto a mí se sentó una chica que lo único que tenía en la cabeza era su cabello planchado. Hablaba de casarse y yo la veía incrédula pensando en quién podría pensar en casarse con ella. Mi flojera ha traído consigo algo de sobrepeso, por eso, evito ponerme algunas blusas que le darán a mi figura calidad de embutido. Mejor algo flojito, total, para esas nenas no aplico. Pero a la chica en cuestión nadie le avisó que se puso la blusa de su hermana menor y que sus pechos casi salían del mini sostén que usaba. Eso hubiera sido muy bueno, excepto porque sus pechos mostraban estrías.

Su léxico reducido era insultante. Impactaba por el arte de hablar sin parar y no decir nada. Yo pensé que eso sólo se veía en Big Brother, pero no, la tenía en cuerpo real junto a mi sentada. Tomé el tiempo, en 3 minutos, dijo 35 veces wey. Lo único sensato que dijo fue que no quería tener hijos. La chica enigma en algún momento abandonó la mesa y la reunión.

Lady Hueca hablaba con desparpajo de una bolsa Louis Vuiton que se compró en USA al mismo tiempo que se terminaba mis cigarros. Podría haberle callado la boca diciéndole que yo me compré una en París, en la tienda original sobre los Campos Eliseos, pero no le vi el caso de entrar en una discusión tan estéril. Sólo la escuchaba, deseando tener mi mascada para colocársela en su cuello. Como dijo aquel que dijo: “Señor, ilumínala o elimínala”. Pero eso no pasaba. De pronto sonó mi ladricel. Mi celular contrastaba con las miniaturas tecnológicas de las presentes pero no me importó. Vi en el identificador un número conocido, me puse mis anteojos para verificarlo: era el dueño de la casa con una llamada que le agradeceré toda mi vida. “Puedo percibir lo incómoda que estás, vente para la sala”.

Ya en la sala, le agradecí el detalle con un abrazo silencioso donde le refrendaba mi afecto. Me quedé un rato más. Luego me despedí. Tenía planeado ir al aeropuerto aunque no era seguro, así que había que tomar la despedida como la verdadera.

Me acompañó a mi coche. Entonces habló: Me costó mucho despedirme de Lady Enigma. ¿No va a ir al aeropuerto? No y mañana no nos vamos a ver. Lo lamento. Sí, pues ni hablar. Te quiero. Yo también.

Regresé a casa con las dos partes de una historia. Con mi viernes negro medio diluido por el sábado que iniciaba. Él estaba triste por su despedida, Lady Enamorada seguramente estaba en esos momentos haciendo el amor con su mujer, yo estaba sola con todo lo que soy. Antes de dormir, leí un poco del libro de “La Cultura: todo lo que hay que saber” pues me perseguía la amenaza y el pánico de ser tan hueca como aquella otra mujer.

Lorena Sanmillán; Octubre de 2004

Amor, amor I

January 18, 2005
Amor, amor… I

Levantarse temprano no es buena idea. El mundo diurno no parece ser para mí. Desde el despertar, todo este viernes me había salido mal. Ya para la tarde, las cosas iban componiéndose. Trabajo en mi estudio sobre un proyecto. Una casa habitación para una amiga. Tiene pareja. Viene a verla este fin de semana. Me gusta el arte de crear el espacio para ella y aún siendo cursi me da un poco de reserva aventurarme a crear un nido para las dos. Me decanto por la corriente individualista y funcionalista. Que le sirva a ella y que la otra chica se adapte a lo que se le ofrece. Sin embargo, saber que van a verse, me hace apresurarme para entregarle un boceto que vean las dos para hacer las correcciones necesarias según el gusto de ambas. Pensar en pareja es determinante para cuestiones de futuro. Ilusa de mí que pienso que con un fin de semana para verse tendrán tiempo de ver un plano cuando lo que quieren es amarse.
Dibujo líneas que algún día serán paredes. Quizá sobre ellas haya un beso furtivo a media luz. Quizá alguna lágrima caiga por ahí. Más que arquitecta me siento escenógrafa. Y dentro de mi soberbia hasta quisiera escribirles el guión. Pero eso no me toca. Esa es su vida y ahí no me debo meter.
Suena el teléfono. Que nos vamos a ver, pero no en el estudio sino en una librería. Compartiremos un café. Ya no hay tiempo para terminar el plano, sólo me llevo los bocetos de trabajo.
Mi coche necesita gasolina. Una chica se acerca a mi ventana. Bonita y dulce me ofrece un lubricante Akron o algo así. No, chiquita, (con una criatura como tú) no lo necesito. La dama ignora mi albur de tercer nivel mientras asumo que su agudeza sobre el lenguaje anda por el sótano. Además, ella anda ocupadísima queriendo incrementar las ventas, mientras yo busco con quien abandonar mi estatus de autosexual. Lo del paréntesis se queda en el silencio de mi sonrisa que teje fantasías.
El tráfico está terrible. Viernes. Seis de la tarde. Quincena. Ni modo. Pasar por esto vale la pena para ver a las amigas. No llega. Contrario al D.F., Gandhi no me trae buenos recuerdos en Monterrey. La espero mientras curioseo en los estantes, pienso en mis proyectos literarios no terminados, me entero de las novedades, escucho buena música y recuerdo una vez más el triste momento de una salida intempestiva y poco decorosa. Siempre hay un tiempo para hacer el ridículo. Quizá todos lo olvidan pero si te sientes humillada siempre lo recordarás. El viernes negro seguía siendo tal.
Llegó, apresurada. De siempre es leve y práctica. Ahora venía estresada. Válgame, pensé, este viernes nos ha cargado a todos. Nos sentamos a platicar mientras compartíamos un café. Me sentí en sitio seguro y casi le contaba mis tragedias, pero no era el momento. Además las lágrimas amenazaban con traicionarme.
Vimos el plano. No le gustó lo mismo que a mí. Necesito esforzarme más pues es su casa. Me gustó exponerle el plan maestro para ella y con virtud de compartirlo con la otra chica. Sonrió. Luego vino el asunto de la lana. Soñar no cuesta nada, lo que cuesta es construir los proyectos. La cruz no pesa, lo que cala son los filos, dice el Charro Avitia.
Escogimos un libro para una amiga suya. Tropezamos con una curiosidad que podría gustarle a su mujer. Lo compró. En su coche traía un ramo de tulipanes amarillos. Tal cual lo dije en las instrucciones de CK ONE. Tenía ilusión en la mirada y por contagiarme de esa emoción había valido la pena verle.
Nunca se ha destacado por ser tierna, tiene cierta dificultad para la expresión, sin embargo, sin empacho alguno y soportando mi carrilla escribió una dedicatoria sencilla y sensible para su mujer. Delicadamente femenina sugería su deseo y afirmaba su amor. Sus ojos brillaban, su cuerpo delataba su nerviosismo. Nos despedimos, pues iba al aeropuerto a recibirla y a mi me esperaba una última reunión con un amigo que partiría a estudiar al extranjero.
El tráfico de nuevo estaba imposible. En mi coche sin radio y sin seguros eléctricos pensaba en su emoción conduciendo hacia el aeropuerto. Llegué a mi casa. Suspiré por el amor de los que conducen y me dispuse a contarle mis penas a mi sutil confidente. No había sido un viernes sencillo y quería ser escuchada por alguien que me comprendiese.
Mi celular sonó. Era de nuevo mi amiga enamorada. Camino al aeropuerto, en su coche con estéreo, disfrutó un cd que le regalé con una selección de mis canciones favoritas. Así me gusta compartirme, a través de historias contadas que me hubiera gustado escribir, a través de amores que me gustaría vivir. A través de pasiones que me encantaría volver a sentir.
Me dio gusto acompañarla. Me dio gusto escucharla tan emocionada. Hablamos de nuestro cariño mutuo. Colgamos. Seguí contando mis penas, buscando soluciones e imaginándola esperanzada en su presente, dispuesta a darle a su mujer ese abrazo lleno de todo lo que puedes sentir cuando tienes la certeza de que todo lo que has deseado lo tienes en ese momento en tus brazos.

Lorena Sanmillán; Octubre de 2004

Martini

January 18, 2005

Martini

Si supiera su nombre

le pondría que está dedicado a ella.

Nos saludamos en el vestíbulo del barco. A pesar de que las dos íbamos hacia la cubierta, decidimos subir cada quien por una escalera distinta, para volver a coincidir en la puerta que delimitaba exterior con interior, paisaje natural con paisaje artificial, muchedumbre con soledad, seguridad con incertidumbre. Le cedí el paso y además le abrí la puerta. Sonrió, agradeciéndome el detalle. Llevaba una mascada preciosa atada a su cuello por demás hermoso, gafas oscuras y un rostro bellísimo. Ansié la mascada, sobre todo porque yo no había podido comprarla. Ignoraba aún mis dotes innatas para el regateo y me había quedado con las ganas. Me gustaba mucho la prenda y me gustaba aún más la percha.

Subí a la cubierta egoísta, para buscar en mi soledad un momento para mí, lejana de mis compañeras de viaje y en comunión con el Nilo que se desplegaba majestuoso delante de mis ojos. Se sentó cerca de mí y aunque la cubierta no tenía dueño, sentí un poco invadido mi espacio personal así que me moví un poco alejándome de ella. La cámara fotográfica en la mano fue mi pretexto, aunque no tenía porqué darle ninguna clase de explicaciones acerca de mi repentino cambio de ubicación. Sonrió. Sonrió como dándome permiso. Me sentí extraña y observada. Congelé el Nilo en un dispositivo digital del que aún no comprendo su funcionamiento pero estoy maravillada por las imágenes que me permite recrear para siempre en la pantalla de mi computadora y compartirlas con mis amigos ya sea impresas o por correo electrónico.

Me quedé pensativa e hipnotizada viendo el río ancestral, lleno de agua, palmeras, falukas e historia, cuando de pronto interrumpió mi silencio con su cercanía y su frase. Que sí que hay que tener miedo de lo que dice tu boca, puesto que si que es verdad que tienes cada ocurrencia. Reí ante su comentario, volteando a verla, recordando que durante las visitas de toda esa mañana me había portado especialmente simple, desesperando hasta al guía con mis comentarios irónicos sobre asuntos trascendentes al mismo tiempo que mis compañeros del viaje se partían de la risa compartiendo el momento hilarante. Aihmed, el guía, estrenó la frase que sería icónica para referirse a mí: Que vaaamos aaa haaacer contigo.

Su intromisión a mi intimidad me molestó, ¿es que no sabe que si estoy aquí, sola, es precisamente porque quiero estar sola?, pero al mismo tiempo me alegró la posibilidad de entablar conversación con ella. Alburéala, Lorena, me dijo el polo vengativo que existe en mi, alburéala, que bien que ha interrumpido tu momento de introspección.

No sólo debes tener cuidado con lo que dice mi boca, sino también con lo que sabe hacer. Abrió los ojos enormes, encantada del albur, rió, levantó las cejas en un movimiento a la vez elegante y seductor, al mismo tiempo que se le subió el color al rostro. Inauguramos una burbuja de complicidad navegando por Egipto. ¿Inauguramos? Más bien debería decir que la continuamos.

La noche anterior en el bar, yo pasaba por su mesa y me detuvo pidiéndome que le tomara una foto con sus amigos. Accedí entendiendo que es la dinámica de comportamiento en los grupos de turistas. Hoy tomo fotos para ti y tú mañana tomas fotos para mí. Se comparten puntos de vista literal y metafóricamente de tal manera que al término del viaje, no sólo tenemos nuestros momentos captados en nuestra cámara y memoria, sino que además nos quedan los que los demás nos han dado. Es tan simbólico el momento en que te ponen la cámara en la mano y te conviertes en protagonista de su recuerdo. Viene además la responsabilidad de tomar bien la foto, pues podrían recordarte siempre como la persona que no supo usar bien la cámara y arruinó la fotografía. En fin. Al entregarle su cámara me preguntó si la acompañaba a la barra a pedir una bebida. No me gusta el asunto multitudinario, pero su sonrisa era tan espontánea que no tuve más remedio que volver a decir que sí.

Mientras preparaban su bebida, lanzó un comentario estilo curricán. Parece que en el grupo sólo hay parejas de recién casados y lesbianas, ¿ya te fijaste que todas las demás somos pares de mujeres? dijo como si cualquier cosa aunque mi paranoia percibió cierto retintín. Reí con pose de monalisa, mientras quería decirle ¿dónde! ¿dónde para ligarlas!. Ofreció invitarme una bebida. Yo, que ya había leído la carta de bebidas y me había enterado de los precios, altísimos por ser un país donde las bebidas alcohólicas no son costumbre, decidí que no era el momento de ser aprovechada y de que bien podía pedir algo que no viniera en la carta y así salvaba el momento, ella quedaba bien ofreciendo y yo aceptando. Aunque me sonaba raro el papel de invitada me escuché decir Te acepto un martini.

El barman ofreció disculpas por no tener Martini. Mi estrategia funcionó. ¿Algo más que se te apetezca?, preguntó en el mejor tono seductor que encontró. Tú, dije para mis adentros pero me lo callé y armé una frase artificial aunque de algún modo verdadera. Soy de gustos definidos, si no hay lo que quiero, prefiero no tomar nada. Sopesó el albur de mi frase, sosteniendo la mirada. Nos estábamos descarando de una manera inconfundible. Lenta quizá, pero inconfundible.

Y ahora ahí estaba a un lado mío, observando el atardecer navegando, cayendo el sol sobre su piel morena. Me gustaba su cabello ondeando al viento. ¿De qué historia vendría ella? ¿cuántas anécdotas le habían dado vida a su sonrisa? ¿cuáles vivencias habrían hecho rodar lágrimas por sus mejillas? Qué más me da, dije para mi. Qué me interesa. Sólo quiero que me deje sola con este atardecer. Pero no se iba y platicaba cosas que yo no escuchaba. Entonces pensé que estaba siendo injusta puesto que ella me escuchaba a mi sin opción, aunque con derecho de silenciarme, durante las visitas que inevitablemente teníamos que hacer juntas.

Así que puse la cámara a un lado y me senté junto a ella a ver el atardecer mientras dejé fluir mi vena sensible y le conté lo emocionada que estaba viendo ese paisaje desde ese sitio. Me escuchaba y sonreía. Se dejaba observar y también fluía. Era la hora del té y la cubierta se estaba poblando de los demás turistas. ¿Vas a tomar té o seguirás buscando Martini?, preguntó con sorna. Sé lo que deseo tomar y por cierto no lo ofrecen en este barco, respondí a mi vez, a ser posible, con más sorna que ella.

Durante el resto de la travesía, coincidíamos de cuando en cuando en el desayuno y nos dábamos, cordiales, los buenos días, o bien, en la comida y bromeábamos con los postres. ¡Qué rico bizcocho! ¿Se te antoja? ¿Se puede probar? ¿Me dejas probar? Por supuesto, también la veía durante las visitas, donde intercambiábamos cámaras fotográficas y comentarios chuscos. Mi fama de negociante con los mercaderes egipcios se extendió por el barco y me pidió que la acompañara de compras porque quería unas blusas y no se las bajaban de precio. Yo te bajo lo que quieras, le respondí tomándola de la mano.

Las palabras estaban acercándonos. Los albures se convirtieron en una espada de tres picos, que hacía las veces de sombrero para cubrir las veladas intenciones. Sonreíamos en los pasillos. Levantábamos las cejas. ¿Ya conseguiste Martini?, me preguntaba burlona cada que podía. En el bar no hay martini, ¿qué me ofreces tú? No me gusta quedarme con las ganas de lo que deseo.

Sorpresivamente, nos encontramos una tarde en el mercado. Me sumé a su excursión solitaria y la acompañé de compras. Quería unas blusas. No tengo la menor idea de cómo hablar árabe, pero yo hacía la negociación mientras ella se dedicaba a escoger la ropa que quería. Hablando con el egipcio, me dijo que era más conveniente que se comprara una talla más grande, porque según él le iban a quedar muy justas por la cuestión de los pechos, e hizo un ademán tan gracioso y simpático para que no me quedara duda de lo que estaba diciéndome. Aproveché la ignorancia y la distracción de mi acompañante para hacer la traducción a mi manera: dice el señor que te debo tocar en los pechos para ver cómo te quedan. Se le subió el color al rostro una vez más y dijo que prefería no comprar ahí. Reí a carcajadas y no sé si el dueño de la tienda también entendía un poco el español, pero de cualquier modo nos acompañó con nuestras risas. Finalmente, los gestos son universales.

Seguimos en el inmenso y colorido mercado; mientras se probaba una blusa, con un bordado a la altura de los pechos, le toqué uno de sus pezones a través de la tela para darle a entender que le quedaba bien. Qué bonita blusa, le dije, mientras le acariciaba el pezón sin recato y la seducía con una mirada de intenciones inequívocas. Junté mis labios y lancé un beso al aire en línea recta imaginaria hacia su boca. Más claro ni el agua de Nubia. Nos separamos después de sus compras.

Oye, ¿tú sabes para qué es esa especie azul? Me dijo de nuevo cuando volvimos a encontrarnos un poco más tarde. A mí también me había llamado la atención pero no me había atrevido a preguntar para qué era. Su duda me llenó de valor. No lo sé, le dije, pero ahora mismo lo investigo. Así que me planté frente a un puesto de especies, preguntando todas las dudas que ella tenía. Servida, señorita, a sus órdenes para resolverle todas sus dudas. ¿Le puedo servir en alguna otra cosa? Por respuesta, jugueteó con su lengua en el borde de sus labios, agregando, ¿cómo se lo puedo agradecer? Consígame un martini, le dije, y me di la vuelta y me fui caminando en dirección opuesta. Ahora sabía para qué servían las especies, pero no era algo que me importara. Ahora sabía que había un coqueteo recíproco… y eso sí me importaba.

Nos encontramos más tarde en la fiesta de disfraces. El espectáculo de la danza del vientre robó mi total atención y mi casi inexistente prudencia. Me quedé absorta observando a la bailarina, hasta que sentí unos ojos sobre mí. Me sentí descubierta en mi travesura, vi expuesta mi lujuria y sólo acerté a sonreír comprometidamente cuando topé con su mirada. Levantó la copa y brindó al aire. Nos tomamos una foto de grupo y no sé cómo fue que quedó a un lado mío. ¿Me cuidas mi copa para acomodarme la shilaba? Te cuido las dos copas, si te hace falta, que tengo dos manos y no sé dónde colocarlas.

Partimos hacia el Cairo y ahí tomé conciencia de que eran los últimos días que convivíamos y de que aún no sabía su nombre. Cada que me refería a ella le cambiaba el apodo, le llamé Esfinge, Hatchepsut, Nefertari, Nefertiti, Iris, Isis, siempre volteaba, sabía que me refería a ella. Era como nuestro código para comunicarnos. Tramamos una dinámica doble: con el grupo muy propias y cuando nos topábamos a solas nos afloraba la seducción y el coqueteo.

La perdí de vista en las pirámides de Giza. De pronto, al entrar en Micerinos, me tomó del brazo y me pidió que tomara unas fotos en el interior. ¿No te vas a meter? ¿Quieres que me meta? Basta que te metas tú. Gracias a esos comentarios con la mirada entornada sentí electricidad fluir a través de la cámara que me extendía. Un silencio, una mirada y ¿deseo?. Salí de la pirámide con su cámara fotográfica en la mano y exigiéndole una pluma y un papel para anotarle mi dirección. ¿Vives en Madrid? Sí. ¡Yo también! ¿Por cuál rumbo? Cerca de la Plaza de Lavapiés. No me digas, yo vivo cerca de Atocha. Te llamo y quedamos para algo. Un martini, si te apetece. ¿Vale? Sale y vale. Tantos países, tantas ciudades, tantas colonias y resulta que vive cerca de mi casa.

Nos despedimos con un par de besos después de las pirámides. Te llamo y quedamos para algo, recuérdalo. Sí. Perfecto. Le dije mientras cruzaba la calle para seguir mi camino sobre El Cairo. Y aún no sé su nombre. ¡Adiós, Martini! Le dije desde el extremo de la calle. Volteó, sonrió, de sobra sabía que me refería a ella.

Nos pusimos en contacto ayer. Reconocí su voz de inmediato. Las palabras fueron grandes aliadas para jugar con los significados y con las intenciones. Ya en mi casa, me tomaba un martini mientras platicaba con ella. Reíamos. Es tan fácil escudarse detrás de una bebida. El martini me suelta la lengua. ¿y qué hace tu lengua si se suelta?; Descúbrelo. Suena interesante. Te conviene. ¿Cómo sabes que me conviene? Lo sé porque sé que te gusta lo bueno. ¡Ah! Dijiste que eras arquitecta, no psicóloga. Puedo ser y hacer lo que necesites. Eres presuntuosa. Soy, simplemente soy. ¿Qué vaaaaaaaaaaamos aaaaaaa haaaaaaaacer contigo? Me dijo, imitando al guía. ¿Qué quieres hacer conmigo? Yo a todo me amoldo. Entre cada par de frases desdibujábamos la línea entre el atreverse y quedarse en el límite. Las bordeábamos, coqueteamos con la posibilidad de una verdad en medio de tantas frases sueltas.

Entre broma y broma, la verdad se asoma. ¿Qué tanto haces? Nada especial, pero tengo ocupadas las manos. Déjate ahí. No puedo hacer lo que piensas, tengo muy largas las uñas. Cuéntame cómo fue tu primer orgasmo. ¿Eh? ¿De dónde salió esa pregunta? ¿Con quién? ¿En dónde? ¿Cómo? ¿Cuántas veces? ¿Te gustó? ¿Cuándo?¿No me vas a decir cómo se llamaba? Las damas no tenemos memoria. Mencionar los nombres, por mi parte, hubiera puesto en la mesa la carta que deseaba esconder por lo menos hasta que ella se atreviera a destapar la suya. Continuamos las preguntas íntimas y si bien no evidenciábamos la orientación sexual con adjetivos en femenino al mismo tiempo la dejábamos entrever al usar los indefinidos.

El martini se te ha subido. Pues sí, mejor se sube el martini antes que subirte tú. ¿Subirme a dónde? ¿A dónde te quieres subir? Te podría llevar hasta el cielo si me dejaras reinventarme con algunas caricias sobre tu cuerpo moreno. Calla, que no es eso lo que quiero, se te sube el martini y te pones de incoherente. No se me ha subido nada. ¿Te da miedo sentir que eres deseada? Lo que acabas de mencionar está fuera de lugar. Se defendía como podía y aunque ya estaba vencida no era fácil acorralarla. Estaba nerviosa, su voz la delataba.

Necesitaba escapar del juego de palabras que terminó por aprisionarla y excitarla y de pronto dijo que ya estaba cansada. Pues bien, si ya estás cansada, vete a dormir, ¡hala!. No me quiero ir a dormir. ¿Preferirías dormir acompañada? Quédate, que puedo transformar tu noche. ¿Qué propones? ¿Qué propones tú? Se me hace que todo lo que dices son puras promesas. Sé cumplir promesas. Mejor ya me voy. Tú te la pierdes. Me pierdo ¿qué? Una experiencia intensa. A ver, me interesa, que de todo hay que probar. No soy algo que se prueba. Sería mi primera vez. El diablo que te lo crea. Es mi fantasía. ¿Así, de buenas a primeras? Sí. ¿Y porqué conmigo? ¿Y porqué no? Me inspiras confianza por lo auténtica. Más vale arrepentirse de lo que haces que de lo que no haces. No me convence ese argumento gastado aunque tenga su parte de sensato. No me importa, sólo vivámoslo. ¿Fantasía o curiosidad? Un poco las dos cosas. Ya, di que sí, deja de pensarlo. Me lo estás poniendo difícil. Es bien fácil, lo tengo claro.

Comenzamos a bajar las defensas. Cambiamos el tono de la voz y la respiración se transformó más que un suspiro en un anhelo. Ya no sé qué decirte. Sólo déjate fluir. No se me ocurre nada. Sólo deja caer como fluyan las palabras. Cierra los ojos, siente mi abrazo. Recibe sobre tu piel el beso más tierno que nunca te hayan dado. Imagina mis manos y llévalas donde tú quieras. Basta ya, que me calientas. Precisamente, esa es la encomienda. Me prendes. Me desconciertas. Me humedeces. Me desesperas. Yo estoy empapada. Me excita que te pongas guarra. Quiero arañarte la espalda. Quiero lamer tu cuello. Quiero renacer en tu cuerpo. Quiero morder tus hombros. Quiero besar tu vientre. Quiero recorrerte entera. Me gusta tu perfume. Lo usaré cuando suceda. Me gustaría despacito. Será como tú lo quieras. Ya, por favor, basta. ¿En tu casa o en la mía? Vale, vale, donde sea.

Y colgamos el teléfono, excitadas, descubiertas, citándonos en Chueca. Relatar nuestro encuentro me sirve para ocupar los minutos de la espera. Va llegando ya; Martini, Martini Rosso, dice la botella que en las manos lleva. Y lo que suceda después, puede ser y será más que un poema en mi existencia, pero eso no lo escribiré, porque esas cosas, definitivamente, no se cuentan.

Lorena Sanmillán; Febrero 23 de 2003